BETTE DAVIS Y JOAN CRAWFORD: UNA RIVALIDAD LEGENDARIA QUE HOLLYWOOD JAMÁS OLVIDARÁ

 


BETTE DAVIS Y JOAN CRAWFORD: UNA RIVALIDAD LEGENDARIA QUE HOLLYWOOD JAMÁS OLVIDARÁ

Pocas rivalidades han dejado una huella tan profunda en la historia de Hollywood como la que protagonizaron Bette Davis y Joan Crawford. Dos estrellas inmensas, dos personalidades completamente opuestas y una relación marcada por los celos, las heridas personales y una competencia que terminó convirtiéndose en uno de los episodios más fascinantes del viejo Hollywood. Durante décadas, sus nombres estuvieron asociados a una enemistad feroz que alcanzó su momento más célebre cuando ambas compartieron pantalla en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), una película que convirtió sus diferencias personales en auténtico material cinematográfico.

El origen de aquella guerra tenía nombre y apellido: Franchot Tone. En 1935, Davis coincidió con el actor durante el rodaje de Peligrosa y quedó profundamente enamorada de él. La relación parecía avanzar favorablemente hasta que Crawford comenzó a acercarse a Tone. La maniobra terminó con una boda entre ambos, celebrada apenas unos meses después. Para Davis, aquello fue una traición imperdonable. Siempre sostuvo que su rival había actuado deliberadamente para arrebatarle al hombre que amaba y hacerle daño. Desde entonces, la animadversión entre las dos intérpretes adquirió una dimensión mucho más personal.

El matrimonio de Crawford y Tone tampoco tuvo un recorrido precisamente feliz. Durante sus tres años juntos aparecieron los problemas, las discusiones y los enfrentamientos. El actor, acostumbrado a desarrollar su carrera teatral con cierto prestigio, comenzó a sentirse desplazado por la enorme popularidad de su esposa. La prensa llegó a referirse a él como «el señor Crawford», una etiqueta que reflejaba hasta qué punto su identidad profesional había quedado eclipsada. En 1938, Joan solicitó el divorcio, alegando crueldad mental, agresiones físicas e infidelidades. Davis, que nunca perdió la oportunidad de lanzar una pulla contra su adversaria, interpretó aquella ruptura como otra maniobra destinada a perjudicarla.

Para comprender el alcance de aquella rivalidad conviene retroceder a los años treinta, cuando ambas actrices disfrutaban de una posición privilegiada dentro de la industria cinematográfica. Entre 1930 y 1935, Bette Davis había participado en 28 películas, mientras que Joan Crawford sumaba 17. La primera pertenecía al universo de Warner Bros., y la segunda era una de las figuras destacadas de Metro-Goldwyn-Mayer.

Aunque apenas se llevaban dos años de edad, sus trayectorias y temperamentos eran muy diferentes. Davis destacaba por su inteligencia, su cultura y una personalidad directa. Prefería los personajes complejos, incluso aquellos que exigían renunciar a cualquier atractivo convencional, y sentía escaso interés por cultivar una imagen pública artificial. Crawford, por su parte, había construido cuidadosamente una figura de elegancia y sofisticación. Procedía de una familia humilde y estaba especialmente preocupada por ocultar las dificultades de sus primeros años, dedicando enormes esfuerzos a mantener una imagen de estrella glamurosa.

La década terminó favoreciendo especialmente a Davis, que encadenó interpretaciones memorables en títulos como El bosque petrificado, La mujer marcada, Jezabel, La vida privada de Elizabeth y Essex, Amarga victoria y La carta. Crawford continuó trabajando, aunque sus películas se movían con frecuencia por los terrenos de la comedia romántica y el melodrama, con producciones como La espléndida descarada, Maniquí y Mujeres.

El gran acontecimiento que volvió a reunirlas profesionalmente llegó en 1962. Ambas atravesaban una etapa complicada dentro de Hollywood. La industria había cambiado, las nuevas generaciones ocupaban los primeros puestos y sus oportunidades comenzaban a reducirse. En ese contexto apareció Robert Aldrich con una propuesta que terminaría haciendo historia: ¿Qué fue de Baby Jane?

La película presentaba a dos hermanas que habían conocido la fama durante su infancia, aunque sus destinos posteriores habían sido muy distintos. Jane Hudson, interpretada por Davis, había terminado convertida en una mujer desequilibrada y resentida, mientras que Blanche, a quien daba vida Crawford, había alcanzado el éxito como actriz adulta antes de quedar paralítica tras un accidente. Obligadas a convivir bajo el mismo techo, la relación entre ambas se transformaba en una pesadilla de humillaciones, crueldad y terror psicológico.

La elección de las protagonistas fue una auténtica bomba publicitaria. Todo el mundo conocía sus enfrentamientos y la posibilidad de verlas interpretando a dos hermanas enfrentadas despertó una enorme expectación. Durante el rodaje circularon historias sobre discusiones, provocaciones y supuestos episodios de agresividad física. La prensa encontró un filón extraordinario y la película se benefició de aquella atención mediática.

El resultado fue un éxito rotundo. Davis consiguió una nominación al Oscar a la mejor actriz por su extraordinaria composición de Jane Hudson, mientras que Crawford quedó fuera de las candidaturas. Aquella decisión le sentó especialmente mal y encontró una oportunidad para devolver el golpe durante la ceremonia. Cuando Anne Bancroft ganó el premio por El milagro de Ana Sullivan y no pudo acudir a recogerlo, Crawford se encargó de subir al escenario en su nombre. Davis, que también aspiraba a la estatuilla, tuvo que contemplar cómo su rival disfrutaba de un protagonismo que ella consideraba una provocación.

Todavía hubo un intento de repetir la experiencia en 1964 con Canción de cuna para un cadáver (Hush… Hush, Sweet Charlotte). Sin embargo, Crawford abandonó el rodaje después de unos pocos días alegando problemas de salud. Su salida obligó a modificar los planes de producción y Olivia de Havilland terminó ocupando su lugar. Davis, que nunca se caracterizó por medir demasiado sus comentarios, se burló de la retirada de su antigua compañera.

La muerte de Crawford, en 1977, puso fin a una rivalidad que había sobrevivido a varias décadas de cambios en Hollywood. Davis reaccionó con una de sus habituales declaraciones mordaces: «No se debe hablar mal de los muertos y Joan Crawford ha muerto… ¡Qué bien!». Una frase que parecía resumir perfectamente la animosidad que todavía conservaba hacia ella.

Sin embargo, la historia reservaba un último capítulo bastante más inesperado. En 1978 apareció Queridísima mamá, el libro escrito por Christina Crawford, hija adoptiva de Joan, en el que describía una infancia marcada por los abusos, los malos tratos y un comportamiento materno profundamente destructivo. Las revelaciones provocaron un enorme escándalo y dañaron considerablemente la imagen pública de la actriz fallecida.

En aquel momento, Bette Davis sorprendió con una reacción que contrastaba con los años de insultos y desprecio que había dedicado a Crawford. Aunque jamás ocultó su antipatía personal, rechazó las acusaciones publicadas en el libro y defendió la memoria profesional de su antigua rival. «Nunca fui la mayor admiradora de la señora Crawford, pero, bromas aparte, respetaba y respeto su talento. No se merecía ese libro detestable», declaró.

Aquella respuesta tuvo un significado especial. Después de tantos años de enfrentamientos, Davis fue capaz de separar sus diferencias personales del respeto que sentía por el trabajo de una actriz con la que había compartido una época irrepetible. Dos mujeres que se habían convertido en enemigas legendarias, que hicieron de su rivalidad un espectáculo para Hollywood y que terminaron protagonizando juntas una de las grandes películas del cine de terror psicológico. Una historia de celos, ambición, talento y orgullo que todavía hoy sigue alimentando la fascinación por la edad dorada de Hollywood.

Autor: Django il bastardi


Comentarios

  1. Entre ambas siempre hubo una rivalidad profesional, ambas fueron unas divas del drama en los años 30 y 40; y ambas fueron unas excelentes actrices.

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