ROJO Y NEGRO, LA PELÍCULA FALANGISTA QUE FRANCO MANDÓ RETIRAR DE LOS CINES
ROJO Y NEGRO, LA PELÍCULA FALANGISTA QUE FRANCO MANDÓ RETIRAR DE LOS CINES
La historia del cine español está llena de películas que, con el paso del tiempo, han adquirido una dimensión legendaria por circunstancias ajenas a su estreno. Algunas fueron perseguidas por la censura, otras desaparecieron durante décadas y unas pocas terminaron convirtiéndose en auténticos enigmas. Entre estas últimas ocupa un lugar muy particular Rojo y negro, el largometraje dirigido por Carlos Arévalo que llegó a las salas madrileñas en mayo de 1942 y fue retirado por orden del propio régimen franquista apenas unas semanas después. Su desaparición alimentó durante décadas una historia tan insólita como reveladora de las contradicciones de la España de posguerra.
Protagonizada por Conchita Montenegro e Ismael Merlo, la película nació con una intención propagandística evidente. Su título remitía directamente a los colores de la bandera de Falange Española y su argumento se desarrollaba en el Madrid republicano de los primeros meses de la Guerra Civil. La narración seguía a Luisa y Miguel, dos jóvenes enamorados que se conocían desde la infancia, pero cuyas convicciones políticas los situaban en campos enfrentados. Ella militaba en Falange; él ocupaba el puesto de comisario del Partido Comunista. A pesar de la fractura ideológica que los separaba, ambos intentaban preservar sus sentimientos y protegerse en medio de una ciudad dominada por el miedo, las persecuciones y la violencia.
La propuesta encajaba, en principio, dentro del cine político que impulsaba el nuevo Estado. Producciones como Raza, Sin novedad en el Alcázar, Los últimos de Filipinas o Escuadrilla habían contribuido a construir una imagen heroica de quienes combatieron en el bando vencedor. Sin embargo, Carlos Arévalo eligió un escenario y unos personajes que proporcionaban a su película una personalidad diferente. En lugar de concentrarse en las gestas militares del frente, se adentraba en la vida cotidiana de una ciudad dividida, donde las lealtades políticas podían destruir amistades, separar familias y convertir el amor en una experiencia trágica.
La Comisión de Censura Cinematográfica autorizó el proyecto y permitió su estreno en el cine Capitol de Madrid el 18 de mayo de 1942. Todo parecía indicar que Rojo y negro estaba destinada a desempeñar su papel dentro del discurso oficial. Sin embargo, la película escondía elementos que terminarían provocando una reacción inesperada entre los responsables del régimen.
El principal problema residía en la manera de representar a Miguel. Aunque era comunista y pertenecía al bando considerado enemigo, el personaje aparecía como un hombre íntegro, capaz de cuestionar la violencia y atormentado ante la posibilidad de matar injustamente. Aquella caracterización otorgaba al adversario una profundidad moral que resultaba incómoda para una cinematografía empeñada en establecer una separación tajante entre héroes y enemigos. El relato, además, concedía al amor de los protagonistas una fuerza que trascendía sus respectivas militancias y conducía a una reconciliación trágica difícil de encajar en los esquemas propagandísticos dominantes.
También contribuía a su atmósfera inquietante la representación de las checas madrileñas, entre ellas las de Fomento y las Adoratrices, así como las alusiones a torturas y violaciones. El resultado se alejaba del tono triunfalista habitual y ofrecía una visión sombría de la retaguardia, marcada por el sufrimiento y la degradación humana. Incluso dentro de una película favorable a Falange, aquella oscuridad y la complejidad de sus personajes podían suscitar interpretaciones que escapaban al control de sus promotores.
Según los testimonios y las investigaciones históricas que han reconstruido el caso, Francisco Franco contempló la película en una proyección privada y mostró su profundo desagrado. El 14 de junio de 1942, las autoridades ordenaron retirar las copias de los cines e incautar el negativo original, depositado en los laboratorios de CEPICSA. La prohibición impidió tanto las exhibiciones comerciales como las proyecciones privadas en España. Así, una obra que había recibido el visto bueno de la censura acabó convertida en una película proscrita por el mismo aparato político que había autorizado su estreno.
Las consecuencias alcanzaron también a su director. Carlos Arévalo había logrado reconocimiento con ¡Harka!, pero el episodio de Rojo y negro perjudicó seriamente su trayectoria profesional. Aunque todavía llegaron a estrenarse Arribada forzosa y Su última noche, dos películas que ya había terminado, su carrera perdió impulso y quedó apartado de la primera línea cinematográfica durante más de una década.
Mientras tanto, el largometraje se desvaneció de la memoria pública. Como no se había decretado oficialmente la destrucción del negativo, cabía la posibilidad de que sobreviviera en algún archivo o depósito olvidado. Durante años, sin embargo, se consideró perdido. La sorpresa llegó en 1996, cuando la Filmoteca Española localizó una copia en soporte de nitrato dentro de una lata guardada en un altillo, entre otros materiales incautados. El hallazgo permitió recuperar una obra que llevaba más de medio siglo envuelta en el misterio.
La restauración devolvió a Rojo y negro parte de su calidad visual y sonora, facilitando que historiadores y especialistas pudieran estudiar una pieza excepcional de la cinematografía española. Su recuperación abrió nuevas perspectivas sobre las relaciones entre cine, propaganda y poder durante los primeros años del franquismo.
Hoy, la película conserva su interés precisamente por esa trayectoria tan contradictoria. Nació para contribuir a la legitimación de un régimen, pero terminó siendo víctima de sus propias autoridades. Su historia demuestra hasta qué punto una obra cinematográfica puede adquirir significados incómodos incluso para quienes la impulsaron. Y, gracias a su recuperación, Rojo y negro dejó de ser una leyenda de la posguerra para convertirse en un testimonio singular de una época en la que el cine también podía inquietar al poder que pretendía utilizarlo.
Autor: Django il bastardi

Pues no la he visto, y me gustaría ver la visión hoy día que le dan a la pelicula. Puede que el mejor retrato que se ha hecho de la guerra civil española, nunca ha sido una pelicula española, sino una norteamericana, El ángel vestido de rojo.
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