MARIANO VIDAL MOLINA, UN ACTOR ARGENTINO QUE ENCONTRÓ EN ESPAÑA SU SEGUNDO HOGAR

 


MARIANO VIDAL MOLINA, UN ACTOR ARGENTINO QUE ENCONTRÓ EN ESPAÑA SU SEGUNDO HOGAR

Nacimiento: 23 de octubre de 1925, Buenos Aires, Argentina.
Fallecimiento: 20 de febrero de 1996, Madrid, España, a los 70 años.
Causa de la muerte: no consta públicamente una causa de fallecimiento confirmada.

Mariano Rodolfo Vidal Molina perteneció a esa extensa y valiosa generación de intérpretes argentinos que encontraron en el cine español una segunda oportunidad profesional y terminaron formando parte, muchas veces desde posiciones secundarias, de algunas de las producciones más populares rodadas en España durante las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Actor de carácter, galán en sus primeros años y rostro especialmente reconocible dentro del cine de aventuras y de género, desarrolló una carrera considerablemente más amplia de lo que hoy permite recordar su nombre.

Nacido en Buenos Aires el 23 de octubre de 1925, Vidal Molina comenzó su trayectoria artística en Argentina durante los años cincuenta. Su presencia física y su elegancia le permitieron desenvolverse tanto en papeles protagonistas como en personajes secundarios, alternando el cine con otros medios que por entonces gozaban de una enorme popularidad. Participó en radionovelas y fotonovelas publicadas en revistas como Nocturno y Anahí, formatos que constituían una auténtica cantera de intérpretes y que le proporcionaron una temprana popularidad entre el público argentino.

Su carrera cinematográfica arrancó en los primeros años de aquella década. Entre sus trabajos argentinos aparecen títulos como El pecado más lindo del mundo y El vampiro negro, ambos de 1953, La calle del pecado y Mujeres casadas, de 1954, El juramento de Lagardere y La noche de Venus, de 1955, además de Las campanas de Teresa, Amor prohibido y La venenosa. Su actividad en el cine argentino se prolongó durante buena parte de los años cincuenta y principios de los sesenta, aunque su futuro profesional acabaría encontrándose lejos de su país natal.

Vidal Molina poseía un físico que el cine comercial sabía aprovechar. Tenía una presencia elegante, una mirada firme y una apariencia que podía funcionar tanto para personajes aristocráticos como para militares, aventureros, hombres de acción o villanos. Esa versatilidad sería especialmente útil cuando comenzó a trabajar en producciones internacionales y, sobre todo, en el cine español de género.

Durante la década de los sesenta su trayectoria comenzó a abrirse hacia producciones internacionales. En esos años participó en películas vinculadas al cine de aventuras y al emergente fenómeno del western europeo, un territorio que acabaría siendo fundamental en su filmografía. También trabajó en producciones realizadas fuera de Argentina y llegó a utilizar diferentes nombres profesionales. Entre ellos figura Tom Griffith, denominación de resonancias anglosajonas que aparece asociada a parte de sus trabajos. En otras ocasiones los créditos simplemente recogían el nombre de Vidal Molina.

Su establecimiento profesional en España se produjo en la década de los sesenta, y allí encontraría un territorio cinematográfico especialmente fértil. El cine español vivía entonces una extraordinaria actividad industrial y Madrid se había convertido en escenario habitual de coproducciones internacionales. Los estudios y localizaciones españolas recibían producciones de Italia, Alemania, Francia, Reino Unido y Estados Unidos, y necesitaban intérpretes capaces de desenvolverse en repartos internacionales.

Vidal Molina supo aprovechar aquella circunstancia.

El western europeo se convirtió en uno de sus terrenos predilectos. Su aspecto físico encajaba perfectamente en un género que necesitaba constantemente rostros capaces de transmitir autoridad, peligro o experiencia. A lo largo de los años sesenta y setenta intervino en numerosas películas de aventuras y westerns, hasta el punto de que algunas fuentes especializadas sitúan en torno a dieciséis sus apariciones dentro del denominado spaghetti western.

Entre los títulos asociados a esta etapa aparecen Fuerte perdido, Los cinco de la venganza, Un colt por cuatro cirios, La muerte busca un hombre, Robin Hood, el arquero invencible y otras producciones que formaban parte de aquella prolífica industria de cine popular que convirtió a España en uno de los grandes platós europeos de la época.

Su presencia no quedó limitada al western. Vidal Molina transitó con absoluta naturalidad por diferentes géneros, desde la aventura hasta el terror, el thriller, el cine erótico y las películas de acción. Participó, por ejemplo, en El secreto del capitán O'Hara, producción de Arturo Ruiz Castillo, y en La corrupción de Chris Miller, dirigida por Juan Antonio Bardem en 1973 y protagonizada por Jean Seberg, Marisol y Barry Stokes.

Precisamente los primeros años de la década de los setenta representan uno de los periodos de mayor actividad de su carrera. En 1973 apareció en La isla misteriosa, producción internacional inspirada en la obra de Julio Verne, donde interpretó a Bob Harvey. El título tuvo además diferentes versiones y formatos, y se convirtió en uno de los trabajos por los que actualmente resulta más sencillo identificar al actor.

Ese mismo periodo le permitió coincidir con algunos de los nombres más conocidos del cine español y europeo. Su actividad era constante y su rostro comenzó a resultar familiar para un público acostumbrado a encontrarle en papeles secundarios de películas de muy distinta naturaleza.

En 1974 participó en El mariscal del infierno, película de aventuras y terror protagonizada por Paul Naschy, y también apareció en Una chica y un señor y Una libélula para cada muerto. La variedad de estos títulos refleja bastante bien el tipo de carrera que había construido: un intérprete capaz de pasar de una producción internacional de aventuras a una película española de género sin necesidad de ocupar siempre el centro de la pantalla.

Su filmografía continuó creciendo durante la segunda mitad de los setenta. Trabajó en El valle de las viudas, Las protegidas, Los locos del oro negro, Masacre en Condor Pass y Juventud drogada, entre otras producciones. En 1979 intervino en Una sombra en la oscuridad, prolongando una trayectoria que ya superaba ampliamente las décadas de actividad.

Los años ochenta tampoco supusieron una retirada. Vidal Molina siguió encontrando trabajo en un momento en el que el modelo industrial que había alimentado buena parte del cine de género español comenzaba a cambiar. Participó en Asalto al casino, Los cántabros, La casada divertida, Matad al buitre, Perdidos en el tiempo y Tunka el guerrero. Esta última, estrenada en 1984, es otro de los títulos por los que aparece identificado en las bases de datos cinematográficas actuales, donde interpretó a Gorgo.

También se dejó ver en producciones de carácter internacional como Guerra sucia y Historia de O (II parte), demostrando que continuaba siendo un intérprete solicitado para repartos de películas de género.

La televisión ocupó igualmente un lugar importante en la última etapa de su carrera. Trabajó en producciones como La isla misteriosa, Los libros, Curro Jiménez, El gran secreto, La huella del crimen y Historias del otro lado. En España, donde había desarrollado buena parte de su carrera madura, la televisión le permitió mantener una presencia constante incluso cuando el cine de género que había marcado sus mejores años comenzaba a perder protagonismo.

Su relación con la televisión española resulta especialmente significativa porque participó en algunas de las series que forman parte de la memoria audiovisual del país. En Curro Jiménez, una de las grandes series de aventuras producidas por la televisión española durante los años setenta, encontró un espacio natural para un actor acostumbrado a los escenarios de western y a los personajes de acción.

Durante los ochenta siguió trabajando prácticamente sin descanso. En 1986 apareció en Banter y también participó en Romanza final (Gayarre). Posteriormente llegó El aullido del diablo, producción vinculada al cine fantástico español, y Hot Blood, donde figuró como Manucé.

Su último periodo profesional estuvo marcado cada vez más por la televisión y por intervenciones cinematográficas de menor entidad. Entre sus últimos trabajos figuran Solo o en compañía de otros, Crónicas del mal, La huella del crimen 2 e Historias del otro lado, algunas de ellas pertenecientes ya a los primeros años de la década de los noventa. Las bases de datos sitúan su última actividad profesional alrededor de 1991.

Cuando falleció en Madrid el 20 de febrero de 1996 tenía 70 años. Sobre las circunstancias de su muerte existe muy poca información pública y las fuentes biográficas consultadas no ofrecen una causa confirmada. Por ello, cualquier versión concreta sobre una enfermedad, accidente o circunstancia determinada debe considerarse no acreditada.

Mariano Vidal Molina dejó detrás una filmografía extensa y especialmente representativa de una época en la que las fronteras cinematográficas europeas eran mucho más permeables. Su carrera conecta dos cinematografías, la argentina y la española, y atraviesa además buena parte de los géneros populares que dominaron las pantallas durante varias décadas.

Quizá nunca disfrutó del reconocimiento reservado a las grandes estrellas, pero esa circunstancia dice poco de su importancia como profesional. Fue uno de esos actores cuya presencia ayudaba a construir el mundo de una película. Podía ser un pistolero, un militar, un aristócrata, un policía, un aventurero o un personaje siniestro; aparecía en producciones de gran ambición internacional y en películas realizadas con presupuestos mucho más modestos, y siempre aportaba una presencia física perfectamente reconocible.

Su trayectoria constituye también el retrato de una generación de intérpretes que hicieron posible la enorme producción cinematográfica española de los años sesenta, setenta y ochenta. Actores como Vidal Molina viajaron de un rodaje a otro, compartieron pantalla con estrellas nacionales e internacionales y participaron en películas que, aunque muchas veces fueran consideradas productos de entretenimiento, hoy permiten reconstruir una parte fundamental de la historia del cine popular europeo.

Mariano Vidal Molina murió lejos de Buenos Aires, la ciudad en la que había nacido y donde había comenzado su carrera, después de más de cuatro décadas dedicadas a la interpretación. Para entonces había dejado un rastro considerable en el cine argentino, español e internacional, con decenas de películas y numerosas apariciones televisivas. Su nombre permanece especialmente ligado a aquella edad dorada del cine de aventuras, del western europeo y de las coproducciones, una época irrepetible en la que España se convirtió en escenario de historias procedentes de todos los rincones del mundo.

Y quizá ese sea el mejor modo de recordar a Mariano Vidal Molina: como uno de aquellos rostros que el espectador podía reconocer inmediatamente aunque no siempre recordara su nombre. Un actor de oficio, perteneciente a una estirpe de intérpretes capaces de enriquecer una película desde un segundo plano y cuya carrera, vista hoy en perspectiva, constituye un pequeño capítulo de enorme interés dentro de la historia del cine español y argentino.

Autor: Jordi Quesada Galdeano


Comentarios

  1. Lo recuerdo sobretodo de El mariscal del infierno, pero también lo he visto en films como El secreto del capitán O'Hara, La isla misteriosa, El padre Manolo. El retorno a Walpurgis, La corrupción de Chris Miller, La muerte busca a un hombre, Una libélula para cada muerto, y tantas y tantas otras, casi siempre en papeles de villano y en multitud de géneros.

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