LAS CALLES DE LA CIUDAD (1931). GARY COOPER ENTRE EL AMOR, EL CRIMEN Y LA LEY DEL SILENCIO
LAS CALLES DE LA CIUDAD (1931).
GARY COOPER ENTRE EL AMOR, EL CRIMEN Y LA LEY DEL SILENCIO
REPARTO: GARY COOPER, SYLVIA SIDNEY, PAUL LUKAS, WYNNE GIBSON, WILLIAM BOYD, GUY KIBBEE, STANLEY FIELDS, PAULETTE GODDARD, BETTY SINCLAIR
DIRECTOR: ROUBEN MAMOULIAN
MÚSICA: KARL HAJOS, GERARD CARBONARA, RALPH RAINGER
PRODUCTORA: PARAMOUNT PICTURES
DURACIÓN: 83 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
La ciudad parece respirar peligro en cada esquina. El humo, los callejones, los locales nocturnos y ese ambiente cargado de secretos convierten Las calles de la ciudad, dirigida por Rouben Mamoulian en 1931, en una pequeña joya del cine criminal de los primeros años del sonoro. Gary Cooper y Sylvia Sidney encabezan una historia de amor, delincuencia y lealtades rotas que avanza con la tensión de quien sabe que cualquier paso en falso puede tener consecuencias irreversibles.
Gary Cooper interpreta a The Kid, un joven que trabaja en una atracción ambulante y que vive al margen de los grandes negocios criminales que dominan buena parte de la ciudad. Su personaje posee esa mezcla de ingenuidad, orgullo y seguridad física que Cooper manejaba con una naturalidad extraordinaria. The Kid no parece destinado a convertirse en héroe. Simplemente intenta ganarse la vida y mantenerse alejado de problemas que sabe que pueden terminar muy mal.
Todo cambia cuando entra en escena Nan, interpretada por Sylvia Sidney. La joven se encuentra atrapada en un mundo criminal al que no pertenece por voluntad propia. Su padre, Pop Cooley, está relacionado con una organización dedicada al tráfico ilegal de alcohol y termina pagando las consecuencias de enfrentarse a quienes controlan el negocio.
Nan es enviada a una prisión para mujeres después de asumir la responsabilidad de un delito que realmente no ha cometido. Desde ese momento, The Kid se ve obligado a actuar. El amor se convierte en la fuerza que le empuja a introducirse en un universo que hasta entonces había procurado mantener a distancia.
Mamoulian utiliza esta premisa para construir una película en la que el romance y el cine de gánsteres avanzan constantemente unidos. La historia de amor proporciona el corazón emocional, mientras el mundo criminal aporta la tensión. El resultado posee un ritmo muy particular, propio de una época en la que Hollywood todavía estaba descubriendo las posibilidades narrativas del sonido.
Uno de los aspectos más interesantes de Las calles de la ciudad es precisamente la dirección de Mamoulian. El cineasta tenía una sensibilidad visual extraordinaria y buscaba maneras de utilizar la cámara para transmitir emociones. Los movimientos de cámara, los encuadres y determinados efectos sonoros ayudan a crear una atmósfera mucho más dinámica de la que podría esperarse de una película rodada hace casi un siglo.
Mamoulian entiende además que el sonido puede convertirse en parte de la narración. Los disparos, las voces, los vehículos y los ruidos de la ciudad construyen un paisaje acústico que refuerza la sensación de peligro. El espectador no contempla simplemente una ciudad dominada por el crimen: prácticamente puede escucharla.
Gary Cooper aporta su habitual sobriedad al protagonista. The Kid no necesita largos discursos para expresar sus emociones. Cooper consigue que una mirada, un gesto o una pausa tengan suficiente peso dramático. Su físico encaja perfectamente con el personaje, especialmente cuando la película comienza a acercarlo a situaciones cada vez más peligrosas.
Sylvia Sidney, por su parte, ofrece una interpretación llena de vulnerabilidad. Nan es una mujer atrapada en circunstancias que no controla y Sidney transmite tanto su fragilidad como su capacidad de resistencia. La relación entre ambos personajes funciona porque existe una diferencia interesante entre ellos: The Kid descubre el peligro a medida que intenta salvarla, mientras Nan ya conoce las consecuencias de vivir demasiado cerca del mundo criminal.
El argumento está profundamente vinculado a la época de la Prohibición estadounidense. El tráfico ilegal de alcohol alimenta una red de delincuencia en la que la violencia y la corrupción forman parte de la vida cotidiana. Las calles de la ciudad aprovecha ese contexto para construir una historia de persecuciones, amenazas y negocios clandestinos, aunque su auténtico centro emocional continúa siendo la relación entre The Kid y Nan.
La película también posee una interesante dimensión moral. El protagonista comienza intentando mantenerse alejado de los delincuentes, pero el amor le obliga a entrar en su territorio. Cada decisión le acerca un poco más a un mundo en el que las reglas son completamente diferentes. La cuestión no consiste únicamente en escapar del peligro, sino en descubrir hasta dónde está dispuesto a llegar alguien cuando la persona que ama se encuentra en peligro.
El paso del tiempo ha dejado algunas huellas evidentes. Ciertos diálogos poseen una teatralidad característica del primer cine sonoro y el ritmo puede resultar irregular para el espectador acostumbrado al lenguaje cinematográfico actual. Sin embargo, esa misma condición histórica le proporciona un atractivo especial.
Rouben Mamoulian demuestra que incluso dentro de las limitaciones técnicas y narrativas de aquel momento existía una enorme voluntad de experimentar. La película posee imágenes de gran fuerza y una puesta en escena que anticipa recursos que se convertirían en habituales dentro del cine negro.
Las calles de la ciudad puede contemplarse hoy como una pieza de transición entre el melodrama criminal de los primeros años treinta y el cine de gánsteres que alcanzaría su madurez durante la década siguiente. Su argumento mezcla romance, violencia, corrupción y aventura, pero su verdadero interés está en la atmósfera que consigue construir.
Gary Cooper y Sylvia Sidney sostienen la historia con dos interpretaciones que todavía conservan fuerza. Él representa al hombre que entra en un mundo peligroso por amor. Ella, a la mujer que intenta sobrevivir dentro de ese mismo mundo. Alrededor de ambos, Mamoulian levanta una ciudad donde cada calle parece esconder una amenaza.
Las calles de la ciudad permanece así como una película especialmente interesante para comprender los primeros pasos del cine criminal sonoro. Una historia de amor atrapada entre gánsteres, alcohol clandestino y códigos de silencio, rodada con una elegancia visual que demuestra que el Hollywood de 1931 ya estaba buscando nuevas maneras de hacer que la ciudad también se convirtiera en protagonista.
Autor: Don Hollywood


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