EL PUENTE DE WATERLOO (1940). UN AMOR MARCADO POR LA GUERRA
EL PUENTE DE WATERLOO (1940).
UN AMOR MARCADO POR LA GUERRA
REPARTO: ROBERT TAYLOR, VIVIEN LEIGH, LUCILLE WATSON, VIRGINIA FIELD, MARIA OUSPENSKAYA, C. AUBREY SMITH, LEO G. CARROLL, JANET SHAW
DIRECTOR: MERVYN LeROY
MÚSICA: HERBERT STOTHART
PRODUCTORA: METRO GOLDWYN MAYER
DURACIÓN: 109 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Estrenada en 1940 y dirigida por Mervyn LeRoy, El puente de Waterloo es una de esas películas capaces de demostrar que un gran melodrama puede alcanzar una fuerza extraordinaria cuando detrás de la historia de amor existe un mundo entero a punto de venirse abajo. Robert Taylor y Vivien Leigh forman una pareja protagonista cuya química sostiene buena parte de una película construida sobre la fragilidad, la incertidumbre y el peso implacable de las circunstancias.La historia comienza en un momento de aparente calma, aunque desde las primeras imágenes sabemos que esa tranquilidad pertenece al pasado. Roy Cronin, interpretado por Robert Taylor, regresa a Londres y visita el puente de Waterloo. Ese lugar despierta en él el recuerdo de Myra Lester, una joven bailarina con la que vivió una historia de amor durante la Primera Guerra Mundial. A partir de ahí, la película retrocede en el tiempo para reconstruir aquella relación y conducirnos hacia un romance condenado desde el principio por el conflicto bélico.
Vivien Leigh encuentra en Myra un personaje especialmente complejo. Es una mujer joven, sensible y llena de ilusiones, pero también alguien que se ve obligada a enfrentarse demasiado pronto con una realidad que destruye cualquier posibilidad de vivir el amor con normalidad. La guerra irrumpe en su vida cuando todavía está intentando descubrir quién quiere ser. Su trabajo como bailarina en un espectáculo londinense forma parte de ese mundo juvenil que poco a poco queda arrasado por los acontecimientos.
Robert Taylor, por su parte, interpreta a Roy con una mezcla de elegancia y vulnerabilidad que encaja perfectamente con el tono de la película. Su personaje pertenece a una clase social acomodada y disfruta de una vida que parece tener un futuro perfectamente trazado. El encuentro con Myra modifica todos sus planes. Entre ambos surge una relación inmediata, romántica y profundamente sincera, pero la guerra introduce una separación que convierte cada instante compartido en algo precioso.
Uno de los mayores aciertos de Mervyn LeRoy consiste precisamente en no convertir el conflicto bélico en un espectáculo. La guerra permanece como una presencia constante que condiciona las decisiones de los personajes. Las noticias, las despedidas, los uniformes, los trenes y las incertidumbres forman parte de un paisaje emocional en el que cualquier promesa puede desaparecer de un momento a otro. El romance queda atrapado dentro de una época en la que nadie puede sentirse completamente dueño de su destino.
La película posee además una atmósfera extraordinariamente melancólica. Londres aparece como una ciudad romántica, elegante y al mismo tiempo amenazada. El famoso puente de Waterloo se convierte en mucho más que un escenario. Es el punto de encuentro entre el recuerdo y el presente, el lugar donde el pasado permanece suspendido y donde una historia de amor adquiere una dimensión casi fantasmal.
La relación entre Myra y Roy avanza con una delicadeza que permite que el espectador comprenda rápidamente la importancia que ambos adquieren en la vida del otro. La película dedica especial atención a los pequeños momentos: una conversación, una mirada, una despedida, un paseo. Ese tipo de detalles son los que hacen que el drama posterior tenga verdadero peso emocional.
También resulta interesante la forma en que El puente de Waterloo aborda la caída de Myra. La guerra transforma radicalmente sus circunstancias y la coloca en una situación social cada vez más difícil. Su trayectoria adquiere entonces un carácter profundamente trágico, porque muchas de las decisiones que toma están condicionadas por la necesidad y por un sentimiento de culpa que termina dominando su existencia.
Vivien Leigh está magnífica en esos momentos. Su interpretación consigue que Myra conserve dignidad incluso cuando su vida parece desmoronarse. Hay una enorme expresividad en su rostro y en sus silencios. La actriz transmite el sufrimiento sin necesidad de recurrir constantemente a grandes gestos, y esa contención hace que determinados momentos resulten todavía más dolorosos.
Mervyn LeRoy maneja el melodrama con una elegancia muy propia del Hollywood clásico. La fotografía, la música y la puesta en escena trabajan juntas para crear una sensación de destino inevitable. Todo parece conducir hacia un desenlace que el espectador quizá pueda intuir, pero que aun así conserva una considerable capacidad para conmover.
También destaca la manera en que la película utiliza el recuerdo. El puente de Waterloo representa la memoria de un amor que ha quedado detenido en el tiempo. Cuando la narración vuelve al presente, comprendemos que aquello que para Myra fue una experiencia decisiva forma parte de un pasado que Roy ha conservado durante años. La estructura de la película refuerza así una sensación de pérdida que se extiende mucho más allá de la historia romántica.
Vista hoy, El puente de Waterloo puede parecer perteneciente a una época cinematográfica mucho más sentimental que la nuestra, pero su núcleo emocional continúa funcionando. La película habla de personas separadas por acontecimientos que están muy por encima de sus deseos y de la dificultad de recuperar una vida que parecía destinada a ser feliz. Esa dimensión humana es la que mantiene viva su capacidad para emocionar.
Robert Taylor y Vivien Leigh encontraron en sus personajes dos oportunidades magníficas para trabajar el romanticismo desde registros diferentes. Él aporta serenidad y nobleza; ella, una intensidad emocional que va creciendo a medida que la historia avanza. Juntos construyen una pareja cuya felicidad resulta tan luminosa que precisamente por eso duele contemplar cómo se va apagando.
El puente de Waterloo pertenece a ese Hollywood que sabía convertir una historia sencilla en una experiencia sentimental de gran alcance. Su argumento gira alrededor de un amor, una guerra y un lugar concreto, pero su verdadero tema es el tiempo: aquello que vivimos, aquello que perdemos y aquello que permanece en nuestra memoria incluso cuando nuestra vida ha tomado otro camino.
Cuando llegan los créditos finales, el puente deja de ser simplemente un espacio de Londres. Se transforma en el símbolo de una historia que quedó atrapada entre dos épocas. Y quizá ahí resida la verdadera fuerza de la película: en conseguir que un lugar concreto termine representando todo aquello que alguna vez perdimos y que, pese a los años, seguimos siendo incapaces de olvidar.
Autor: Don Hollywood


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