EL GRAN DICTADOR (1940). CUANDO LA RISA SE CONVIERTE EN UN ACTO DE REBELDÍA

 

EL GRAN DICTADOR (1940).

CUANDO LA RISA SE CONVIERTE EN UN ACTO DE REBELDÍA



REPARTO: CHARLES CHAPLIN, PAULETTE GODDARD, JACK OAKIE, REGINALD GARDINER, HENRY DANIELL, CARTER DE HEAVEN, GRACE HAYLE, MAURICE MOSKOVITCH, BILLY GILBERT

DIRECTOR: CHARLES CHAPLIN

MÚSICA: CHARLES CHAPLIN, MEREDITH WILSON

PRODUCTORA: UNITED ARTISTS

DURACIÓN: 125 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS

 Resulta difícil imaginar hoy el valor que tuvo El gran dictador cuando Charles Chaplin decidió enfrentarse desde la pantalla a Adolf Hitler, al nazismo y a la maquinaria de propaganda que estaba extendiendo el horror por Europa. En 1940, cuando la Segunda Guerra Mundial apenas comenzaba y el futuro del continente era una incógnita aterradora, Chaplin estrenó una película que utilizaba la risa como arma y que, detrás de sus caricaturas, escondía una preocupación profundamente humana.


Chaplin interpreta aquí dos personajes separados por un abismo de circunstancias y unidos, paradójicamente, por el rostro. Por un lado está Adenoid Hynkel, dictador de Tomania, un personaje inspirado de manera evidente en Hitler y construido a partir de gestos exagerados, discursos incomprensibles y una megalomanía que convierte el poder en un espectáculo grotesco. Por otro aparece un humilde barbero judío que ha pasado años alejado de su hogar después de combatir en la Primera Guerra Mundial.

El juego de identidades permite a Chaplin construir una de las grandes sátiras políticas de la historia del cine. Hynkel vive rodeado de uniformes, banderas, desfiles y una escenografía diseñada para alimentar su ego. El barbero, en cambio, pertenece al mundo de las pequeñas cosas: una barbería, una calle, una comunidad y unos vecinos que intentan sobrevivir mientras el régimen va estrechando el cerco sobre ellos.

La película encuentra buena parte de su fuerza en esa oposición. Chaplin ridiculiza al dictador hasta convertirlo en un payaso, pero nunca pierde de vista aquello que existe detrás de la caricatura. La persecución de los judíos, la violencia política, el miedo y la deshumanización aparecen bajo el envoltorio de una comedia que poco a poco va adquiriendo una gravedad inesperada.

Resulta memorable la manera en que Chaplin utiliza el cuerpo para desmontar la solemnidad del poder. Hynkel puede presentarse como un líder omnipotente ante miles de seguidores, pero basta con dejarlo solo en una habitación para que aparezca el hombre ridículo que se esconde detrás de la uniformidad y los símbolos. La famosa escena en la que juega con un globo terráqueo resume perfectamente esa idea: el mundo entero convertido en un juguete para alguien que sueña con poseerlo.

También existe una enorme riqueza en las escenas compartidas por Hynkel y sus colaboradores, especialmente Benzino Napaloni, interpretado por Jack Oakie. La relación entre ambos dictadores transforma la rivalidad política en una competición infantil de egos, con Chaplin y Oakie entregados a una sucesión de gestos, miradas y desplantes que todavía conservan una extraordinaria capacidad cómica.

Pero El gran dictador cambia de temperatura cuando abandona las grandes ceremonias y se acerca a las víctimas del régimen. Paulette Goddard interpreta a Hannah, una mujer judía cuya presencia introduce una dimensión emocional que impide que la película quede reducida a una simple colección de caricaturas. Las calles dejan de ser un escenario para la comedia y se convierten progresivamente en un espacio dominado por la amenaza.

Chaplin demuestra además una valentía extraordinaria al colocar el lenguaje en el centro de la sátira. Hynkel pronuncia discursos interminables en una especie de alemán inventado, una sucesión de sonidos furiosos que imitan la teatralidad de la oratoria totalitaria. La voz deja de transmitir ideas y se convierte en una herramienta de intimidación. El resultado es cómico, pero también inquietante.

Y entonces llega el famoso discurso final.

Después de haber pasado buena parte de la película ridiculizando al dictador, Chaplin abandona durante unos minutos la máscara del cómico y habla directamente al espectador. El tono se vuelve solemne y el humor prácticamente desaparece. Su defensa de la libertad, la solidaridad y la dignidad humana posee una fuerza que explica por qué aquella escena ha quedado grabada en la memoria cinematográfica.

Quizá El gran dictador no sea una película perfecta. Algunas escenas prolongan su comicidad más de lo necesario y determinados recursos pertenecen claramente a la tradición del cine de Chaplin. También puede percibirse cierta irregularidad entre la sátira disparatada y el drama que aparece en su tramo final. Sin embargo, esas imperfecciones quedan empequeñecidas ante la ambición de la propuesta.

Chaplin rodó una película que se atrevió a reírse de uno de los personajes más peligrosos de su tiempo cuando todavía no se conocía la dimensión completa de los crímenes que su régimen terminaría cometiendo. Esa circunstancia proporciona hoy a la película una dimensión histórica difícil de separar de su valor cinematográfico.

Más de ocho décadas después, Hynkel continúa resultando ridículo, pero el mundo que lo rodea sigue provocando escalofríos. Esa combinación es precisamente lo que hace tan poderosa a El gran dictador. Chaplin consigue que la carcajada y la indignación compartan espacio, que una escena pueda provocar una sonrisa y la siguiente dejar un nudo en la garganta.

La película permanece viva porque habla de algo mucho más amplio que un dictador concreto. Habla del poder convertido en espectáculo, de la propaganda, del odio utilizado como herramienta política y de la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse a la crueldad. Y frente a todo ello coloca a un personaje diminuto, armado únicamente con su humanidad.

El gran dictador es cine político, comedia, melodrama y declaración de principios. Sobre todo, es una película que demuestra que un cómico puede enfrentarse a los monstruos de su tiempo utilizando aquello que mejor conoce: una cámara, un personaje y una risa. Chaplin consiguió que aquella risa atravesara las décadas. Y todavía hoy, cuando Hynkel juega con el mundo entre sus manos, resulta imposible no entender la advertencia que escondía aquella pelota convertida en planeta.

Autor: Don Hollywood




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