EL FUERA DE LA LEY, EL WÉSTERN QUE PREPARÓ EL CAMINO PARA SIN PERDÓN

 


EL FUERA DE LA LEY, EL WÉSTERN QUE PREPARÓ EL CAMINO PARA SIN PERDÓN

Antes de que Clint Eastwood firmara Sin perdón, la película que revisó para siempre la imagen del pistolero del Oeste, ya había comenzado a desmontar los viejos códigos del género. Lo hizo en 1976 con El fuera de la ley, un wéstern sombrío, marcado por la pérdida, la venganza y las heridas que deja la violencia. Aquel título pasó relativamente desapercibido en su estreno, pero con el tiempo adquirió una importancia especial dentro de la filmografía del cineasta. En sus imágenes se encontraba buena parte de la mirada que Eastwood desarrollaría dieciséis años después en su obra más celebrada.

La relación entre ambas películas va mucho más allá de sus paisajes polvorientos y sus protagonistas solitarios. Las dos cuestionan la figura del héroe armado que había dominado tantas historias del Oeste, ese hombre que imponía su ley a golpe de revólver y cuya victoria solía cerrar el relato con una sensación de justicia cumplida. Eastwood empezó a preguntarse qué quedaba después del disparo, qué ocurría con quienes empuñaban las armas y hasta qué punto una vida construida alrededor de la violencia podía encontrar alguna salida.

En El fuera de la ley, el actor y director interpreta a Josey Wales, un granjero confederado cuya existencia queda destruida cuando unos guerrilleros vinculados a la Unión asesinan a su familia y arrasan su hogar. A partir de ese momento, la venganza se convierte en el motor de su vida. Su viaje está marcado por el rencor, la desconfianza y una sucesión de encuentros que revelan la crudeza de una frontera donde sobrevivir exige aprender a convivir con el peligro.

Eastwood evita convertir a Wales en una figura heroica de contornos impecables. Su personaje puede despertar compasión, pero también arrastra una violencia difícil de justificar. Es un hombre destrozado por la guerra que intenta seguir adelante sin saber muy bien qué significa recuperar la paz. La película combina esa dureza con una puesta en escena de gran sensibilidad visual, capaz de detenerse en los silencios, los rostros cansados y la inmensidad de unos paisajes que parecen guardar las cicatrices de quienes los habitan.

La idea de la supervivencia ocupa un lugar fundamental en el relato. La guerra ha terminado para algunos, pero sus consecuencias siguen persiguiendo a quienes participaron en ella. Josey Wales encarna esa contradicción: continúa vivo, aunque una parte esencial de su existencia haya quedado atrás. Su recorrido está atravesado por la pérdida de la inocencia y por la dificultad de construir un futuro cuando el pasado continúa reclamando sangre.

Eastwood llegó a esta película después de una larga relación con el wéstern. Sus primeros pasos en el género estuvieron ligados a la televisión, con Rawhide, y su consagración internacional llegó gracias a la trilogía que rodó con Sergio Leone: Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. Aquellas películas consolidaron su imagen de pistolero lacónico, dueño de una mirada penetrante y de una habilidad letal con el revólver.

Tras regresar de Italia, continuó explorando el género con títulos como Cometieron dos errores, Dos mulas y una mujer, Joe Kidd e Infierno de cobardes. También amplió su experiencia detrás de las cámaras, hasta llegar a El fuera de la ley, su quinta película como director. Allí comenzó a distanciarse con mayor claridad de los mecanismos tradicionales del wéstern y a desarrollar una visión más amarga de sus personajes.

La recepción comercial de la película no estuvo a la altura de sus ambiciones. Durante los años setenta, el wéstern atravesaba una etapa complicada y su presencia en las preferencias del público había disminuido. Eastwood dejó descansar el género durante un largo periodo, aunque aquellas preocupaciones permanecieron en su cine. Cuando recibió el guion de Sin perdón, escrito por David Webb Peoples, a mediados de los años ochenta, decidió esperar. Quería alcanzar una edad y una experiencia vital que le permitieran interpretar a su protagonista desde el cansancio, las contradicciones y el peso acumulado de los años.

La espera terminó dando sus frutos en 1992. Con casi 62 años, Eastwood dirigió y protagonizó Sin perdón, una película que convirtió el paisaje del Oeste en el escenario de una reflexión sobre la culpa, la muerte y las consecuencias de una existencia violenta. William Munny, el antiguo pistolero al que da vida, intenta alejarse de su pasado y sacar adelante a sus hijos, pero una nueva oportunidad de ganar dinero lo empuja de regreso a un mundo que creía haber abandonado. Cada paso que da vuelve a ponerlo frente al hombre que fue y a las consecuencias de sus antiguos crímenes.

La película desmonta la mitología del Oeste con una contundencia extraordinaria. Sus personajes envejecen, sienten miedo y descubren que matar tiene un coste que no desaparece cuando el adversario cae al suelo. El territorio fronterizo aparece como un espacio de brutalidad y desolación, construido sobre enfrentamientos, abusos y una justicia que con frecuencia depende de quién tiene más fuerza. La leyenda del pistolero queda expuesta en toda su crudeza.

En ese sentido, Sin perdón prolonga las inquietudes que Eastwood había explorado en El fuera de la ley. El propio cineasta reconoció la importancia de aquella película en su evolución como director y en su manera de entender la violencia cinematográfica. El cambio fundamental consistió en dejar atrás la idea de que eliminar al villano resolvía todos los conflictos. En el universo de Josey Wales, la violencia ya empezaba a destruir por dentro a quienes la ejercían; en el de William Munny, esa devastación alcanza una dimensión todavía más profunda.

La conexión entre ambas obras permite contemplar la evolución de Eastwood a lo largo de su carrera. El joven pistolero que conquistó al público con su rostro impenetrable terminó convirtiéndose en un cineasta dispuesto a examinar las consecuencias morales de sus propios mitos. Su interpretación en Sin perdón posee una gravedad especial porque parece reunir décadas de experiencia delante y detrás de la cámara.

Aunque la película de 1992 alcanzó un reconocimiento crítico y una repercusión muy superiores, El fuera de la ley conserva un valor decisivo para comprender su nacimiento artístico. Es una obra áspera, contemplativa y profundamente humana, con momentos de violencia seca y una sensibilidad que asoma en medio de la devastación. Su protagonista todavía busca una forma de reconciliarse con el mundo, aunque apenas sepa cómo hacerlo.

Vista hoy, El fuera de la ley funciona como una pieza esencial en el recorrido que condujo a Sin perdón. Una abrió el camino hacia un Oeste menos romántico y más consciente de sus heridas; la otra llevó esa mirada hasta sus últimas consecuencias. Entre Josey Wales y William Munny se dibuja la transformación de un cineasta que terminó encontrando en el wéstern una manera de hablar sobre el paso del tiempo, la responsabilidad y la imposibilidad de escapar por completo de aquello que hemos sido.

Autor: Django il bastardi


Comentarios

  1. El único punto en comun era que los dos personajes que interpreta Eastwood, eran dos granjeros, que por circunstancias le obligan a echar mano de los revolveres, por el resto nada que ver. El fuera de la ley es un estupendo western y Sin Perdon el peor western de la carrera de Eastwood.

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