CUANDO HARRISON FORD OCUPÓ EL PAPEL QUE JOHN WAYNE NO PUDO INTERPRETAR
CUANDO HARRISON FORD OCUPÓ EL PAPEL QUE JOHN WAYNE NO PUDO INTERPRETAR
Resulta difícil imaginar a Harrison Ford entrando en un wéstern para ocupar el lugar que había dejado libre John Wayne. A finales de los años setenta, sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió. Ford acababa de convertirse en una estrella internacional gracias a Star Wars, mientras el legendario Duque atravesaba la última etapa de su carrera. Una película titulada El rabino y el pistolero terminó convirtiéndose en el inesperado punto de encuentro entre dos generaciones del cine estadounidense.
La historia comenzó bastante antes, cuando un guion conocido como No Knife llevaba años circulando por Hollywood. El proyecto había despertado el interés de distintos cineastas y actores, pero nadie conseguía ponerlo definitivamente en marcha. Roger Ebert llegó a describir aquella situación con una frase reveladora: el guion parecía pertenecer a una película que, en realidad, no era de nadie.
Cuando finalmente arrancó la preproducción, el proyecto ya tenía nuevo título y un protagonista asegurado. Gene Wilder fue elegido para interpretar a Avram Belinski, un rabino polaco recién salido de la yeshivá que se embarca en un accidentado viaje por Estados Unidos. Para acompañarlo en aquella aventura hacía falta un personaje con suficiente presencia como para convertir el recorrido por el Oeste en un auténtico wéstern.
La primera opción fue prácticamente una elección de ensueño: John Wayne.
El director Robert Aldrich fue quien propuso al Duque. Wayne leyó el guion, mostró interés y aceptó inicialmente interpretar a Tommy Lillard. Para Gene Wilder, la posibilidad de compartir película con una figura de semejante dimensión resultaba especialmente atractiva. El actor estaba convencido de que la presencia de Wayne ayudaría a que la película fuera recibida como un wéstern con una historia particular, y no simplemente como una producción centrada en cuestiones culturales o religiosas.
El entusiasmo, sin embargo, duró poco.
El principal obstáculo apareció cuando hubo que cerrar las condiciones económicas. John Wayne quería un millón de dólares, además de un porcentaje importante de los beneficios. La producción no estaba en condiciones de asumir aquella inversión durante el tiempo que necesitaba tener al actor contratado. La situación se complicó todavía más cuando un ejecutivo de Warner Bros. intentó negociar a la baja con Wayne.
El enfrentamiento terminó provocando la salida del actor.
Así desapareció del proyecto una de las mayores leyendas del wéstern justo cuando parecía destinada a protagonizarlo. Gene Wilder recordaría posteriormente en su autobiografía cómo, después de perder a Wayne, comenzó inmediatamente la búsqueda de un nuevo compañero de reparto. Y entonces apareció un nombre que, aunque todavía no tenía la dimensión mítica que alcanzaría posteriormente, estaba a punto de convertirse en otra de las grandes estrellas de Hollywood: Harrison Ford.
Ford había pasado años trabajando como actor secundario y apareciendo en televisión, con numerosos papeles relacionados con el universo del Oeste. Aquella experiencia previa con caballos, revólveres y paisajes fronterizos encajaba perfectamente con Tommy Lillard. Pero su situación profesional había cambiado radicalmente gracias a Star Wars.
Después del éxito de la película de George Lucas, Ford dejó de ser un rostro relativamente desconocido para convertirse en una de las nuevas grandes promesas del cine estadounidense. Cuando le propusieron El rabino y el pistolero, aceptó con entusiasmo. Además, el rodaje se realizaría en Estados Unidos, algo que resultaba especialmente atractivo para un actor que había pasado buena parte de sus primeros años profesionales aceptando trabajos muy distintos para abrirse camino.
La elección tenía una curiosa ironía. Harrison Ford había sido contratado para sustituir a John Wayne, un actor que llevaba décadas encarnando al vaquero americano y que había convertido su forma de caminar, hablar y mirar en parte del imaginario colectivo. Ford tenía apenas unos 35 años. Wayne superaba los 70.
El cambio representaba también un relevo simbólico entre dos generaciones.
Pero la sombra de Wayne no desapareció cuando Ford llegó al rodaje. Según los testimonios recogidos posteriormente sobre aquella producción, el ambiente alrededor del nuevo protagonista no siempre fue sencillo. Robert Aldrich, director de la película, mantenía una relación complicada con Ford y las comparaciones con Wayne terminaron convirtiéndose en una especie de broma recurrente.
Brad Duke explicó posteriormente que Ford tenía la sensación de estar compitiendo constantemente con el actor al que había sustituido. La situación tenía una lógica evidente: Aldrich había imaginado a Wayne en el papel y, cuando dirigía determinadas escenas, parecía imposible que no tuviera presente cómo las habría interpretado el Duque.
El productor Mace Neufeld describió una sensación parecida. Según su recuerdo, Ford podía percibir que Aldrich lo miraba y veía en él la imagen de John Wayne. Aquella circunstancia habría convertido parte del rodaje en una experiencia bastante incómoda para el joven actor.
Pese a todo, Ford salió adelante y El rabino y el pistolero quedó como una de las primeras películas de su nueva etapa como protagonista. También dejó una curiosidad histórica difícil de pasar por alto: uno de los mayores iconos del cine moderno terminó ocupando el lugar que había sido concebido para uno de los mayores iconos del wéstern clásico.
La carrera de Ford demostraría posteriormente que aquella relación con el género estaba lejos de ser circunstancial. Aunque su nombre quedó definitivamente ligado a Han Solo e Indiana Jones, regresaría al Oeste en diferentes momentos de su trayectoria. Cowboys & Aliens le permitió enfrentarse de nuevo a los códigos del wéstern, esta vez mezclados con la ciencia ficción, mientras que décadas después volvió a los paisajes del Oeste en 1923, precuela televisiva de Yellowstone.
John Wayne, por su parte, ya se encontraba en la recta final de su carrera cuando recibió aquella propuesta. La película que podía haber reunido al veterano Duque con Gene Wilder terminó encontrando en Harrison Ford una inesperada alternativa. El resultado fue una de esas decisiones de reparto que, vistas con perspectiva, parecen casi imposibles de imaginar de otra manera.
Porque si Wayne hubiera aceptado definitivamente aquel papel, la historia del cine habría conservado una película completamente distinta. Harrison Ford habría llegado igualmente a ser Han Solo e Indiana Jones, pero su relación con el wéstern habría comenzado bajo otra circunstancia.
En cambio, El rabino y el pistolero acabó convirtiéndose en el curioso escenario donde un gigante del viejo Hollywood cedió su sitio, por una mezcla de dinero y desencuentros, a un actor que acababa de aterrizar desde una galaxia muy, muy lejana.
Y el reemplazo terminó siendo Harrison Ford.
Autor: Django il bastardi

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