CIMARRON (1931). EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN CONTADO A TRAVÉS DE UNA VIDA



CIMARRON (1931).

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN CONTADO A TRAVÉS DE UNA VIDA

REPARTO: RICHARD DIX, IRENE DUNNE, ESTELLE TAYLOR, WILLIAM COLLIER JR., NANCE O’NEIL, EDNA MAY OLIVER, DENNIS O’KEEFE, ROSCOE ATES, GEORGE E. STONE, STANLEY FIELDS, ROBERT McWADE, JUDITH BARRETT

DIRECTOR: WESLEY RUGGLES 

MÚSICA: MAX STEINER 

PRODUCTORA: RKO RADIO PICTURES 

DURACIÓN: 124 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS

El estruendo de miles de caballos lanzándose sobre un territorio todavía virgen, las carretas avanzando a toda velocidad y una multitud dispuesta a conquistar en unas horas lo que durante generaciones había permanecido fuera de su alcance. Cimarrón comienza con una de esas imágenes capaces de explicar por sí solas la ambición del cine de los primeros años treinta. Wesley Ruggles convierte la novela de Edna Ferber en un western de grandes dimensiones que utiliza la expansión hacia el Oeste para contar también la historia de una pareja condenada a enfrentarse a un país que cambia constantemente bajo sus pies.

Richard Dix interpreta a Yancey Cravat, un hombre impulsivo, aventurero y profundamente convencido de que la vida siempre está esperando al otro lado del horizonte. Irene Dunne encarna a Sabra Cravat, su esposa, y su interpretación constituye uno de los grandes atractivos de la película. Sabra comienza siendo una mujer vinculada a una existencia relativamente cómoda y termina atravesando décadas de transformaciones sociales, familiares y personales que la obligan a descubrir una fortaleza que inicialmente ni siquiera sabe que posee.

La película arranca con la famosa carrera por la conquista de Oklahoma, una secuencia espectacular para su época y todavía capaz de transmitir una enorme sensación de movimiento. Cientos de colonos corren hacia las tierras disponibles mientras cada uno intenta adelantarse a los demás para reclamar su futuro. Ruggles filma aquella estampida como un acontecimiento casi mítico. El territorio se convierte en una promesa y, al mismo tiempo, en una amenaza.

Yancey se siente atraído por esa posibilidad de comenzar de nuevo. Sabra, en cambio, contempla el mundo desde una perspectiva mucho más prudente. La relación entre ambos se convierte en el corazón de la película porque sus personalidades representan dos maneras muy diferentes de entender la existencia. Él necesita avanzar. Ella necesita construir. Él persigue nuevas fronteras. Ella intenta mantener un hogar unido mientras las circunstancias se empeñan en deshacerlo.

Irene Dunne realiza una interpretación magnífica porque permite contemplar la transformación de Sabra sin necesidad de convertirla en un personaje completamente diferente de una escena a otra. La actriz consigue que cada etapa de su vida deje una huella visible. La joven que llega a Oklahoma junto a Yancey va adquiriendo experiencia, seguridad y autoridad hasta convertirse en una mujer capaz de ocupar un lugar propio dentro de una sociedad que durante buena parte del metraje parece diseñada para hombres.

Esa evolución proporciona a Cimarrón una dimensión mucho más interesante que la aventura puramente fronteriza. La película habla de tierras, petróleo, periódicos, negocios y política, pero debajo de toda esa actividad existe una historia íntima sobre el paso del tiempo. Yancey representa la obsesión por el movimiento. Sabra representa las consecuencias de ese movimiento.

Richard Dix dota a Yancey de una energía desbordante. El personaje posee virtudes evidentes, pero también una tendencia casi irresistible a marcharse cuando la vida comienza a exigirle responsabilidades. Su espíritu aventurero resulta atractivo y frustrante al mismo tiempo. Es un hombre que parece necesitar siempre una nueva frontera porque permanecer en un lugar significa enfrentarse a aquello que ha dejado atrás.

La película también aborda cuestiones relacionadas con la construcción de Estados Unidos y con las contradicciones de aquella expansión. En su retrato de Oklahoma aparecen diferentes comunidades, tensiones sociales y conflictos derivados de la llegada masiva de colonos. Vista desde el presente, algunas de sus representaciones requieren una mirada crítica debido a los prejuicios propios de la época y a la manera en que Hollywood abordaba determinadas culturas y conflictos históricos.

Ese aspecto convierte también a Cimarrón en una película interesante desde una perspectiva histórica. Su visión del Oeste pertenece claramente a 1931 y refleja una determinada idea del nacimiento de la nación estadounidense. La grandeza de la epopeya convive con una mirada que en ocasiones simplifica acontecimientos y personajes.

Uno de los elementos más fascinantes es la sensación de tiempo que atraviesa el relato. Los años pasan, las ciudades crecen, aparecen nuevas industrias y las pequeñas comunidades se transforman en núcleos urbanos. El paisaje que al principio parecía infinito comienza a llenarse de edificios, calles y actividad económica. El Oeste deja de ser una frontera y se convierte en una sociedad moderna.

En ese proceso, Sabra adquiere cada vez mayor protagonismo. Irene Dunne consigue que el personaje evolucione sin perder su humanidad. Sus decisiones, sus decepciones y sus momentos de felicidad construyen el verdadero recorrido emocional de la película. Cuando llega el momento de mirar atrás, comprendemos que la gran aventura no ha sido conquistar un territorio, sino sobrevivir al paso de las décadas.

La puesta en escena de Wesley Ruggles tiene una escala considerable. Las escenas multitudinarias, los desplazamientos de las caravanas y la reconstrucción de las ciudades transmiten una sensación de espectáculo que explica perfectamente por qué Cimarrón fue una de las grandes producciones de su tiempo. La fotografía y los decorados contribuyen además a crear un Oeste que parece estar siempre en proceso de transformación.

Cimarrón posee inevitablemente el aroma del Hollywood clásico en su etapa más temprana, cuando el cine comenzaba a descubrir hasta dónde podía llegar el sonido y las grandes producciones buscaban historias capaces de abarcar décadas enteras. Algunas escenas tienen una teatralidad evidente y determinados diálogos han perdido parte de su naturalidad, pero existe una energía narrativa que mantiene vivo el conjunto.

Y queda Irene Dunne, auténtica columna emocional de la película. Su Sabra termina imponiéndose desde la serenidad, desde la resistencia y desde una evolución que convierte al personaje en el verdadero testigo de una época.

Cimarrón es una película sobre la conquista de un territorio, pero también sobre lo que cuesta construir una vida en un mundo que nunca deja de cambiar. Bajo sus grandes estampidas, sus ciudades en expansión y sus paisajes abiertos late una historia profundamente humana: la de dos personas que recorren caminos diferentes mientras una nación entera se transforma a su alrededor.

Más de nueve décadas después, la película conserva la fuerza de su ambición y el interés de contemplar cómo el Hollywood de 1931 imaginaba el nacimiento de una sociedad. Una epopeya de frontera en la que el verdadero viaje termina siendo el de Sabra Cravat, una mujer que aprende a avanzar incluso cuando el hombre que ama siempre está buscando un nuevo horizonte.

Autor: Don Hollywood



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