BILLY WILDER Y FRED MacMURRAY: DOS PELÍCULAS QUE CAMBIARON PARA SIEMPRE LA CARRERA DEL ACTOR
BILLY WILDER Y FRED MacMURRAY: DOS PELÍCULAS QUE CAMBIARON PARA SIEMPRE LA CARRERA DEL ACTOR
Pocos directores supieron descubrir las posibilidades ocultas de sus intérpretes con la inteligencia y la precisión de Billy Wilder. El cineasta austriaco tenía la costumbre de repetir con determinados actores cuando encontraba en ellos una combinación de talento y personalidad capaz de enriquecer sus historias. Jack Lemmon fue su colaborador más habitual, con siete películas juntos, mientras que William Holden participó en cuatro de sus producciones. Walter Matthau, Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Marlene Dietrich, Ray Milland, Erich von Stroheim, Shirley MacLaine y Fred MacMurray también formaron parte de ese grupo de intérpretes con los que Wilder compartió algunos de sus mejores trabajos.
En el caso de MacMurray, la relación profesional con el director dejó una huella extraordinaria. Dos películas, separadas por quince años, bastaron para demostrar que aquel actor de sonrisa amable y apariencia respetable podía desenvolverse en terrenos mucho más oscuros. Las dos interpretaciones modificaron su imagen pública y ampliaron considerablemente las posibilidades de su carrera.
La primera de ellas fue Perdición, estrenada en 1944 y convertida con el paso del tiempo en una de las grandes obras del cine negro. MacMurray interpretó a Walter Neff, un agente de seguros que termina atrapado en una peligrosa trama criminal después de dejarse seducir por Phyllis Dietrichson, una mujer decidida a deshacerse de su marido. El personaje exigía mostrar la ambición, la debilidad y la frialdad de un hombre corriente que acaba cruzando una frontera de la que difícilmente podrá regresar.
Para el actor, semejante propuesta suponía un salto al vacío. Hasta entonces había construido su popularidad gracias a comedias románticas y películas en las que encarnaba a hombres simpáticos, atractivos y de conducta intachable. Había trabajado con figuras como Madeleine Carroll, Paulette Goddard, Rosalind Russell, Joan Crawford, Claudette Colbert y Dorothy Lamour, consolidando una imagen que el público identificaba fácilmente con el entretenimiento ligero.
Por eso, cuando Wilder le ofreció el papel de Walter Neff, su reacción fue rechazarlo. MacMurray temía que interpretar a un asesino destruyera la confianza que los espectadores habían depositado en él. Durante años recordó el miedo que le produjo abandonar su habitual registro cómico para convertirse en un criminal capaz de actuar con sangre fría. Wilder, sin embargo, tenía una idea muy clara de lo que buscaba y no estaba dispuesto a renunciar a su candidato. Insistió hasta conseguir que aceptara.
El resultado justificó aquella obstinación. MacMurray ofreció una interpretación contenida y perturbadora, alejada de cualquier tentación melodramática. Su personaje conservaba los modales y la apariencia de un hombre respetable, lo que hacía todavía más inquietante su progresiva caída moral. La crítica advirtió inmediatamente el cambio. La revista Time destacó su capacidad para abandonar la sonrisa habitual y dar vida a un individuo cuya debilidad terminaba conduciéndolo a la destrucción.
Aunque el éxito artístico de Perdición no transformó su trayectoria de la noche a la mañana, debido a los compromisos profesionales que todavía tenía pendientes, sí abrió una puerta decisiva. Durante los años siguientes, MacMurray comenzó a explorar otros géneros, desde el wéstern hasta el cine bélico y las aventuras. Su participación en El motín del Caine (1954), dirigida por Edward Dmytryk, figura entre los trabajos destacados de aquella etapa.
También colaboró con cineastas como Jean Negulesco, George Marshall, Douglas Sirk y Rudolph Maté. Su imagen fue adquiriendo nuevos matices y el actor que durante los años cuarenta había representado al hombre cordial de Hollywood empezó a mostrar una faceta más severa, endurecida por personajes y situaciones de mayor complejidad.
Cuando Wilder volvió a llamarlo en 1959, la propuesta resultó todavía más comprometida. El director preparaba El apartamento, una película que mezclaba humor, romance, soledad y una mirada bastante amarga sobre las relaciones personales y la vida en las grandes empresas. Quería que MacMurray interpretara a Jeff Sheldrake, un ejecutivo casado que utiliza su posición para mantener relaciones extramatrimoniales y se aprovecha de la buena voluntad de sus subordinados.
Habían transcurrido quince años desde Perdición, pero el actor volvió a mostrarse reticente. A sus cincuenta años acababa de firmar un contrato con Disney para protagonizar tres películas familiares: Un sabio en las nubes, Los conflictos de papá y El sabio en apuros. Aceptar el papel de Sheldrake podía poner en peligro aquella nueva imagen, especialmente porque el personaje representaba una forma de hipocresía muy reconocible: la del hombre respetable en público que utiliza a los demás para satisfacer sus deseos privados.
MacMurray dudó durante semanas. Wilder, fiel a su método, volvió a insistir hasta que logró convencerlo. El cineasta sabía que la apariencia afable del actor podía jugar a favor de la historia. Sheldrake debía resultar creíble precisamente porque no tenía el aspecto de un villano convencional. Era un hombre de negocios integrado en la sociedad, acostumbrado a obtener lo que quería y perfectamente capaz de justificar sus propias miserias.
En El apartamento, MacMurray construyó un personaje cínico, calculador y profundamente egoísta. Su interpretación aportó un contrapunto esencial al tono de la película, que alterna situaciones cómicas con momentos de una tristeza considerable. La revista Variety elogió su trabajo por la convincente frialdad con la que encarnaba a aquel ejecutivo sin escrúpulos, muy lejos del simpático protagonista de tantas comedias anteriores.
El papel confirmó que la apuesta de Wilder había vuelto a dar en el blanco. Sheldrake representaba una clase de maldad cotidiana, disimulada bajo una fachada de educación y éxito profesional. Su comportamiento resultaba especialmente incómodo porque pertenecía a un mundo reconocible, poblado por personas que saben proteger su reputación mientras perjudican a quienes tienen menos poder.
MacMurray nunca olvidó lo que ambas películas significaron para él. Reconoció que Perdición había cambiado el rumbo de su carrera y le había permitido demostrar tanto al público como a la industria que podía abordar personajes completamente distintos de los que le habían dado fama. Sobre su participación en El apartamento, dejó una observación mucho más divertida: Wilder había conseguido que lo odiaran todas las madres de América.
La frase resumía el éxito de aquella transformación. El actor que tantas veces había representado al hombre bueno terminó convertido en uno de los rostros más eficaces de la hipocresía y el egoísmo en el cine estadounidense. Billy Wilder comprendió que detrás de su sonrisa había un intérprete capaz de transmitir inquietud sin levantar la voz y de resultar repulsivo sin necesidad de recurrir a gestos exagerados.
La historia de sus dos colaboraciones demuestra hasta qué punto una elección de reparto puede cambiar la percepción de un actor. Wilder vio posibilidades que el propio MacMurray temía explorar y consiguió que se enfrentara a personajes que contradecían su imagen pública. El tiempo terminó dándole la razón: Walter Neff y Jeff Sheldrake quedaron como dos de las interpretaciones más memorables de la carrera de Fred MacMurray, un legado que el actor atribuyó siempre a la confianza, la insistencia y el extraordinario instinto cinematográfico de Billy Wilder.
Autor: Django il bastardi

MacMurray siempre me pareció un buen actor, que le iban bien todos los géneros.
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