ROBERT REDFORD Y LA ESCENA QUE CASI ARRUINA PARA ÉL ‘DOS HOMBRES Y UN DESTINO’
ROBERT REDFORD Y LA ESCENA QUE CASI ARRUINA PARA ÉL ‘DOS HOMBRES Y UN DESTINO’
Robert Redford nunca tuvo demasiados motivos para quejarse de su carrera. El golpe, Todos los hombres del presidente, Gente corriente, Memorias de África, Descalzos por el parque o El candidato bastarían para situar su nombre entre los grandes protagonistas del cine estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, hubo una película que terminó ocupando un lugar especialmente importante en su trayectoria y que, curiosamente, estuvo a punto de perder uno de sus momentos más recordados por culpa de una canción.
Dos hombres y un destino llegó a los cines en 1969 bajo la dirección de George Roy Hill y reunió a Redford con Paul Newman para contar, con un tono tan aventurero como melancólico, la historia de Butch Cassidy y Sundance Kid. Inspirada parcialmente en las vidas de los célebres forajidos del Oeste, la película seguía sus robos a bancos y trenes, sus huidas de la justicia y el intento de ambos de escapar de un pasado que cada vez parecía más difícil de dejar atrás.
Paul Newman ya era una estrella consolidada cuando aceptó interpretar a Butch Cassidy, el cerebro de la pareja, mientras Redford encontraba en Sundance Kid el personaje que terminaría de convertirlo en una figura de primera línea. Su personaje hablaba menos, observaba más y escondía tras su aparente frialdad una enorme capacidad para la violencia. La combinación funcionó de inmediato.
La relación entre ambos actores se convirtió en uno de los grandes atractivos de la película. Newman y Redford desprendían una naturalidad extraordinaria juntos, una química que trascendía el propio guion y que acabaría dando lugar a otra colaboración legendaria: El golpe, también dirigida por George Roy Hill en 1973. Entre los dos trabajos quedó consolidada una de las parejas más carismáticas que ha conocido el cine estadounidense.
Dos hombres y un destino también encontró una forma muy particular de mirar al wéstern. Bajo los tiroteos, las persecuciones y los golpes imposibles latía una historia sobre dos hombres conscientes de que su mundo estaba desapareciendo. La amistad, la lealtad y la sensación de estar viviendo los últimos capítulos de una época terminaban pesando tanto como la acción. Todo ello desembocaba en una huida hacia Bolivia que tampoco conseguiría borrar sus problemas. El ejército boliviano terminaría cerrando el círculo y proporcionando a la película uno de esos finales que permanecen durante décadas en la memoria colectiva.
Pero entre atracos, persecuciones y enfrentamientos a tiros apareció una escena que, en principio, no convencía demasiado a Redford. George Roy Hill decidió introducir un inesperado paréntesis musical en forma de paseo en bicicleta protagonizado por Sundance y Etta Place, interpretada por Katherine Ross. La secuencia tenía un aire romántico, ligero y juguetón, muy alejado del tono tradicional que muchos podían esperar de un wéstern.
Y entonces sonó Raindrops Keep Fallin' on My Head.
Robert Redford no entendió inicialmente aquella elección. La canción, escrita por Burt Bacharach y Hal David, parecía pertenecer a otro universo. El propio actor reconocería años después que había sido muy crítico cuando vio la película terminada. Su objeción resultaba sencilla: aquella música no parecía tener relación con un Oeste dominado por la persecución y las armas. Incluso bromeaba con la ausencia de lluvia.
El tiempo, sin embargo, terminó colocando aquella decisión en su sitio. La canción y las imágenes de Redford y Katherine Ross sobre la bicicleta acabaron formando una de las estampas más reconocibles de la película. Aquella pausa aparentemente desconectada de la aventura aportaba precisamente una bocanada de libertad antes de que la historia recuperara su tono sombrío. La felicidad de la pareja tenía algo de fugaz, como si la película permitiera a sus personajes disfrutar de unos minutos de despreocupación antes de recordarles que el mundo que conocían estaba llegando a su fin.
La apuesta musical de Bacharach terminó siendo un éxito extraordinario. El compositor consiguió dos premios Oscar, uno por la canción y otro por la banda sonora, además de sumar reconocimientos en los Globos de Oro, los BAFTA y los Grammy. Dos hombres y un destino, por su parte, obtuvo cuatro premios de la Academia y alcanzó también un registro histórico en los BAFTA.
Lo que empezó provocando dudas en Robert Redford terminó convertido en uno de los momentos más queridos de su carrera. La escena de la bicicleta demuestra que, en ocasiones, las imágenes que parecen romper el ritmo de una película son precisamente las que terminan definiendo su personalidad. Aquel paseo junto a Etta Place, acompañado por una canción que Redford tardó en aceptar, acabó capturando algo esencial de Dos hombres y un destino: la alegría efímera de dos hombres que todavía pueden pedalear bajo el sol antes de que el destino vuelva a alcanzarlos.
Autor: Django il bastardi
Bonita canción, pero nunca me acabo de encajar en la pelicula, esa escena de la bici en un western, por muy crepuscular que este fuera.
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