ROBERT REDFORD, LA ESTRELLA QUE NUNCA QUISO JUGAR A SER UNA ESTRELLA

 


ROBERT REDFORD, LA ESTRELLA QUE NUNCA QUISO JUGAR A SER UNA ESTRELLA

Robert Redford pasó buena parte de su carrera intentando escapar de una etiqueta que parecía pegada a su rostro: la de estrella de cine. Su físico, su elegancia y aquella presencia magnética que dominó buena parte del Nuevo Hollywood lo convirtieron muy pronto en un icono, aunque él tenía otras ambiciones. Quería que se hablara de sus películas, de sus personajes y de su trabajo como intérprete. El estatus de sex symbol llegó por añadidura y, en ocasiones, incluso se convirtió en una especie de obstáculo.

La paradoja acompañó a Redford durante décadas. Cuanto más intentaba demostrar que podía ser un actor versátil y comprometido, más difícil resultaba desprenderse de la imagen del galán perfecto. Hollywood podía ofrecerle grandes cantidades de dinero y papeles destinados a convertirse en acontecimientos comerciales, pero el actor prefería escoger proyectos que le permitieran asumir riesgos y seguir creciendo profesionalmente.

Por eso sorprende comprobar las pocas veces que se dejó seducir por el cine concebido a una escala mucho más comercial. Una propuesta indecente fue una de esas excepciones, y su participación respondió a una decisión perfectamente consciente. También aceptó protagonizar Juego de espías, dirigida por Tony Scott, aunque en este caso encontraba detrás del espectáculo un thriller con suficiente entidad como para despertar su interés.

Su acercamiento al universo de Marvel resulta todavía más curioso. Redford aceptó aparecer en Capitán América: El Soldado de Invierno y posteriormente regresó, brevemente, en Vengadores: Endgame. Para un actor con una trayectoria tan vinculada al cine adulto y de prestigio, aquella incursión podía parecer inesperada. Su explicación, sin embargo, tenía bastante de curiosidad profesional: quería comprobar personalmente qué había detrás del fenómeno que estaba transformando la industria y por qué aquellas películas despertaban semejante entusiasmo entre el público.

Redford tampoco sintió demasiada fascinación por el héroe de acción tradicional. Nunca construyó su carrera alrededor de persecuciones, explosiones o personajes capaces de resolver cualquier conflicto a golpes. Incluso cuando protagonizó películas políticas o thrillers, buscaba personajes con una dimensión mayor. En Todos los hombres del presidente, por ejemplo, se convirtió en uno de los rostros del periodismo que puso contra las cuerdas al poder político estadounidense. La Casa Blanca, sin embargo, era otro asunto.

En algún momento tuvo sobre la mesa la posibilidad de interpretar al presidente de Estados Unidos en Air Force One, la película de Wolfgang Petersen que terminaría protagonizando Harrison Ford. Redford decidió rechazarla porque consideraba que el planteamiento rozaba la caricatura. La historia de un presidente capaz de enfrentarse personalmente a una célula terrorista durante el secuestro del avión presidencial no encajaba con el tipo de cine que buscaba hacer.

Su postura quedó resumida en unas declaraciones que explicaban bastante bien su relación con el Hollywood más espectacular. Redford veía una tendencia creciente a buscar al público mediante el impacto inmediato, con películas que intentaban llamar su atención a base de golpes, acción y estímulos constantes. Aquella fórmula no le resultaba especialmente atractiva.

El destino terminó jugando a su favor y, probablemente, también al de Harrison Ford. Kevin Costner había rechazado igualmente el papel, dejando el camino despejado para que Ford se pusiera al frente de Air Force One. El resultado fue un enorme éxito comercial y la película se convirtió en uno de los grandes triunfos de su carrera fuera de las sagas de Star Wars e Indiana Jones.

Para Redford, en cambio, aquella oportunidad perdida apenas alteró el rumbo de una trayectoria marcada por elecciones personales. Su carrera demuestra que incluso una estrella con todas las puertas de Hollywood abiertas puede decidir cuáles quiere atravesar y cuáles prefiere dejar cerradas. Su rostro podía llenar una pantalla por sí solo, pero detrás de aquella imagen de galán siempre hubo un intérprete mucho más interesado en el cine que en la condición de estrella.

Autor: Django il bastardi


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