NO ES NADA MAMA, SOLO UN JUEGO (1974). EL PARAÍSO ENVENENADO DE JOSÉ MARÍA FORQUÉ
NO ES NADA MAMA, SOLO UN JUEGO (1974).
EL PARAÍSO ENVENENADO DE JOSÉ MARÍA FORQUÉ
REPARTO: DAVID HEMMINGS, ALIDA VALLI, FRANCISCO RABAL, ANDREA RAU, NURIA GIMENO, GALEAZZO BENTI, AQUILES GUERRERO, LUCILA HERRERA, RUDY FERNANDEZ, ENRIQUE SOTO
DIRECTOR: JOSE MARIA FORQUE
MÚSICA: ADOLFO WAITZMAN
PRODUCTORA: PRODUCCIONES CINEMATOGRAFICAS ORFEO
DURACIÓN: 88 min.
PAÍS: ESPAÑA, VENEZUELA
Una hacienda aislada, una familia encerrada en sus propias perversiones y un hombre que ha convertido la crueldad en una forma de entretenimiento. José María Forqué se adentra en un territorio oscuro con No es nada, mamá, solo un juego, una película de 1974 que mezcla drama, thriller psicológico y una atmósfera enfermiza para retratar la degradación moral de una familia dominada por los traumas, el poder y una relación materno-filial tan retorcida como inquietante. Protagonizada por David Hemmings, Alida Valli y Francisco Rabal, la cinta fue una coproducción entre España y Venezuela y recibió en su estreno la calificación de mayores de dieciocho años.
David Hemmings interpreta a Juan, un joven terrateniente que vive rodeado de privilegios pero arrastra una infancia que ha dejado una huella profunda en su manera de relacionarse con los demás. Su comportamiento con las mujeres está marcado por la dominación, la humillación y una violencia psicológica que encuentra siempre un cómplice en su propia madre, Louise, interpretada por una soberbia Alida Valli. Ella conoce perfectamente las inclinaciones de su hijo y, lejos de frenarlas, las encubre. Esa complicidad constituye el corazón más perturbador de la película.
Forqué construye la historia como una progresiva inmersión en un universo cerrado donde las jerarquías sociales sirven para proteger a quienes tienen el poder. Juan puede hacer prácticamente cualquier cosa porque la finca, el dinero y el apellido funcionan como un escudo. Las personas que trabajan para él quedan atrapadas en una estructura donde resulta complicado distinguir entre obediencia, miedo y resignación.
La llegada de Lola, interpretada por Andrea Rau, altera esa dinámica. Juan fija su atención en ella y la convierte en el nuevo objeto de sus obsesiones. La joven procede de una familia humilde y su posición social la coloca inicialmente en una situación de absoluta vulnerabilidad. Pero Forqué introduce un giro que cambia el equilibrio de fuerzas y permite que la película evolucione hacia un territorio todavía más incómodo: Lola no permanece eternamente sometida.
Ahí reside uno de los elementos más interesantes de la propuesta. No es nada, mamá, solo un juego no se limita a describir la conducta de un hombre cruel; observa cómo el poder puede transmitirse, transformarse y regresar contra quienes lo ejercen. La hacienda termina funcionando como un pequeño laboratorio de dominación donde cada personaje intenta ocupar la posición más alta de la cadena.
Hemmings está especialmente convincente porque evita convertir a Juan en un villano convencional. Su personaje resulta desagradable, caprichoso y perturbador, pero también transmite la fragilidad de alguien que jamás ha aprendido a relacionarse con el mundo fuera de sus propios impulsos. El actor británico, que venía de títulos tan importantes como Blow-Up, aporta una frialdad muy particular a ese hombre atrapado entre sus recuerdos y sus deseos.
Y frente a él, Alida Valli ofrece una interpretación que deja huella. Louise es una presencia casi espectral: una madre que ha confundido protección con complicidad y que ha contribuido a crear el monstruo que después intenta controlar. Su relación con Juan tiene una dimensión edípica deliberadamente incómoda que Forqué no oculta y que convierte cada conversación entre ambos en una batalla soterrada.
Francisco Rabal aporta otra energía completamente distinta como el tío Manuel, un personaje que llega a la hacienda cuando la familia atraviesa dificultades económicas. Su presencia introduce un elemento de imprevisibilidad en un mundo que hasta ese momento parecía gobernado por unas reglas perfectamente establecidas.
La película tiene, además, una textura visual muy de su tiempo. Alejandro Ulloa fotografía la hacienda como un espacio hermoso y opresivo al mismo tiempo, mientras la música de Adolfo Waitzman contribuye a reforzar esa sensación de amenaza que permanece incluso durante las escenas aparentemente tranquilas.
Forqué no siempre consigue mantener el equilibrio. Hay momentos en los que el simbolismo resulta demasiado evidente y determinadas situaciones se acercan al exceso melodramático. Algunas decisiones narrativas pueden parecer hoy excesivamente barrocas y la evolución de ciertos personajes habría agradecido mayor profundidad. Pero incluso esas irregularidades forman parte del carácter de una película que nunca pretende ser discreta.
Lo verdaderamente perturbador de No es nada, mamá, solo un juego está en su título. Esa frase aparentemente inocente resume una forma de entender la violencia como diversión, como capricho, como algo que puede minimizarse mientras la persona que la ejerce conserva intactos sus privilegios. Forqué convierte esa idea en una herida que atraviesa toda la película.
Vista hoy, la película conserva una crudeza considerable. Su retrato de una familia enferma, encerrada en una hacienda donde las relaciones humanas se han convertido en juegos de poder, mantiene una capacidad incómoda para provocar rechazo y fascinación a partes iguales.
Porque detrás de ese “solo un juego” no existe ninguna inocencia. Solo queda una familia que ha aprendido a llamar juego a aquello que destruye a los demás.
Autor: Don Hollywood


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