LAS HIJAS DE DRACULA (1974). EL DESEO CONVERTIDO EN PESADILLA
LAS HIJAS DE DRACULA (1974).
EL DESEO CONVERTIDO EN PESADILLA
REPARTO: MARIANNE MORRIS, ANULKA DZIUBINSKA, MURRAY BROWN, BRIAN DEACON, SALLY FAULKNER, MICHAEL BYRNE, KARL LANCHBURY, MARGARET HEALD
DIRECTOR: JOSE RAMON LARRAZ
MÚSICA: JAMES KENELM CLARK
PRODUCTORA: LURCO FILMS
DURACIÓN: 88 min.
PAÍS: REINO UNIDO
Una carretera solitaria, una mansión perdida entre árboles y dos mujeres que parecen haber salido de un sueño demasiado hermoso para resultar inocente. José Ramón Larraz no necesitó castillos en Transilvania, capas negras ni colmillos para reinventar el vampirismo en Las hijas de Drácula. Su criatura nace de la carne, del deseo y de una violencia que aparece cuando la noche ya se ha cerrado sobre sus personajes. Estrenada en 1974 bajo el título original de Vampyres, la película sigue a Fran y Miriam, dos mujeres asesinadas en una vieja mansión que regresan convertidas en depredadoras nocturnas.
Larraz filma el terror desde una perspectiva profundamente física. La sangre, los cuerpos, la humedad de la noche, las habitaciones sombrías y los silencios prolongados construyen una atmósfera que todavía conserva una capacidad perturbadora considerable. La película no parece interesada en explicar demasiado de dónde proceden sus vampiras ni en establecer una mitología perfectamente ordenada. Le basta con contemplarlas. Están ahí, esperando.
Marianne Morris y Anulka Dziubinska forman una pareja magnética. Fran y Miriam se mueven por la pantalla con una sensualidad que puede resultar fascinante y amenazadora al mismo tiempo. Su relación con las víctimas convierte el deseo en una especie de ceremonia macabra, y Larraz encuentra en esa mezcla de erotismo y muerte el auténtico motor de la película. El sexo nunca aparece separado de la violencia: ambos forman parte de un mismo ritual que conduce inevitablemente hacia la sangre.
La llegada de Ted, interpretado por Murray Brown, introduce una variación especialmente interesante. Después de atraer a una de sus víctimas, Fran decide mantenerlo con vida. Esa decisión rompe la mecánica depredadora que había dominado hasta entonces y abre una dimensión más extraña: la posibilidad de que incluso una criatura condenada a matar pueda experimentar algo parecido al deseo de poseer, conservar o amar. La película se vuelve entonces más enfermiza y, paradójicamente, más humana.
Uno de los grandes aciertos de Larraz reside en el espacio. La mansión no funciona como simple decorado de película de terror. Es un organismo que parece observar a quienes entran en ella. Los pasillos, las habitaciones y las ventanas se convierten en prolongaciones de la amenaza. Frente al espectáculo gótico tradicional, el director apuesta por una pesadilla más cercana, más reconocible y por ello más incómoda. No necesitamos criaturas sobrenaturales que salten desde las sombras cuando el propio deseo puede convertirse en una trampa.
También conviene asumir sus imperfecciones. El guion tiene una estructura deliberadamente irregular y algunas situaciones pueden resultar hoy ingenuas o excesivas. Larraz no siempre controla el ritmo y determinadas escenas se alargan más de lo necesario. Pero precisamente esa libertad formal forma parte de su personalidad. Las hijas de Drácula jamás parece fabricada siguiendo un manual del género. Tiene algo sucio, febril y artesanal que le proporciona una identidad muy difícil de confundir.
Su condición de película de culto tampoco resulta casual. La obra de Larraz rompe con la tradición del vampiro aristocrático y lleva el mito a una carretera inglesa, a una mansión decadente y a una historia dominada por el sexo, la sangre y la obsesión. El propio director explicó años después que sus vampiras no tenían relación con los modelos clásicos de la Hammer y que buscaba una aproximación mucho más física y alejada de los clichés del género.
Vista hoy, Las hijas de Drácula conserva una cualidad hipnótica. Puede provocar rechazo, fascinación o ambas cosas a la vez, pero resulta difícil contemplarla con indiferencia. Larraz construyó una película imperfecta, provocadora y profundamente atmosférica que entiende el vampirismo como una metáfora del deseo llevado hasta sus últimas consecuencias.
Cuando la carretera queda vacía y la mansión vuelve a quedarse en silencio, queda la sensación de que allí dentro no existe ninguna posibilidad de redención. Solo queda esperar a que vuelva a caer la noche.
Autor: Don Hollywood


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