JOHN FORD Y AVA GARDNER: UNA AMISTAD NACIDA EN LA SELVA
JOHN FORD Y AVA GARDNER: UNA AMISTAD NACIDA EN LA SELVA
Cuando John Ford y Ava Gardner coincidieron en África para rodar Mogambo en 1953, ninguno de los dos necesitaba demostrar ya nada a Hollywood. El director llegaba después de haber firmado títulos como Río Grande y El hombre tranquilo, mientras la actriz había consolidado su estatus de estrella con películas como Las nieves del Kilimanjaro y Los caballeros del Rey Arturo. Eran dos personalidades enormes, cada una a su manera, y también dos profesionales poco amigos de las reglas de una industria que consideraban demasiado obsesionada con el dinero, los contratos y las jerarquías.
Quizá por eso congeniaron tan rápidamente.
La relación nació durante uno de los rodajes más complicados de la carrera de ambos. Metro-Goldwyn-Mayer y Ford decidieron que Mogambo debía aprovechar los paisajes africanos reales y no limitarse a los decorados de estudio habituales en las grandes producciones. A finales de 1952, más de doscientas personas emprendieron el viaje hacia África para enfrentarse durante más de cuatro meses a las condiciones de Uganda, Kenia, Nairobi y la entonces Tanganica.
El continente terminó convirtiéndose en un protagonista más de la película. Las temperaturas eran asfixiantes, la humedad hacía todavía más agotadoras las jornadas y las lluvias torrenciales obligaban constantemente a modificar los planes de producción. Las enfermedades tampoco dieron tregua. Buena parte del equipo sufrió disentería, malaria o diferentes fiebres tropicales, mientras los insectos y los reptiles añadían nuevos peligros a una filmación ya de por sí extrema.
La situación llegó a complicarse todavía más cuando el equipo quedó atrapado en medio de la tensión provocada por el levantamiento de los Mau Mau contra el dominio colonial británico.
En semejante escenario, Ford terminó convirtiéndose en un hombre agotado y malhumorado al finalizar cada jornada. Buscaba refugio en la oscuridad de su tienda, acompañado por la bebida y con muy pocas ganas de mantener contacto con el resto del equipo. Existía, sin embargo, una excepción: Ava Gardner.
La actriz había conseguido ganarse rápidamente el respeto del cineasta. Ford podía ser despiadado con sus intérpretes y no eran extraños sus desplantes, pero Gardner tenía un temperamento demasiado fuerte para dejarse intimidar. Respondía con humor, descaro y una personalidad que parecía disfrutar especialmente cuando podía reírse de los poderosos de Hollywood. Ford encontró en ella a alguien con quien podía hablar sin demasiados filtros.
La confianza llegó a tal punto que le concedió una libertad poco habitual durante el rodaje. Gardner podía improvisar y jugar con las situaciones siempre que considerara que aquello beneficiaba a su personaje. Algunas de las escenas más recordadas de Mogambo nacieron precisamente de esa libertad, incluida aquella en la que interactúa con un bebé hipopótamo o sus chispeantes réplicas a Clark Gable mientras este se ducha en plena selva.
El resultado fue extraordinario. Gardner consiguió la única nominación al Oscar de toda su carrera y, al mismo tiempo, estableció con Ford una amistad que sobreviviría durante décadas.
Diez años después, esa relación volvería a tener consecuencias cinematográficas. Mientras preparaba La taberna del irlandés, Ford pidió a su colaborador habitual Frank S. Nugent que escribiera el guion pensando específicamente en Gardner. El cineasta quería volver a trabajar con aquella actriz que había demostrado en África una personalidad capaz de resistirle incluso a él.
Las circunstancias, sin embargo, habían cambiado mucho.
Gardner residía entonces en España y llevaba cerca de tres años alejada de los rodajes. Además, sus problemas con el alcohol habían empezado a repercutir seriamente en su estado físico. Ford consiguió que su nombre estuviera en sus planes para la película, donde ya contaba con John Wayne y Lee Marvin, pero la actriz quería reducir al mínimo sus desplazamientos desde Madrid y tenía serias reservas ante la perspectiva de rodar en Hawái.
Paramount terminó rechazando aquellas condiciones y Gardner se marchó a trabajar con Samuel Bronston Productions en 55 días en Pekín. Ford tuvo que buscar otra intérprete y terminó recurriendo a Elizabeth Allen, una actriz con una trayectoria mucho más modesta.
Pero el director no había renunciado a la idea de reencontrarse profesionalmente con Gardner.
Tres años después volvió a pensar en ella para Siete mujeres. Esta vez el personaje parecía hecho a la medida de su personalidad: la doctora Cartwright, una mujer atea, fumadora, independiente, desinhibida y con suficiente carácter para alterar por completo la vida de una misión religiosa en China.
Gardner, sin embargo, volvió a quedarse fuera. En aquella ocasión no fueron la salud ni el calendario los responsables. Su situación fiscal como residente en Europa le impedía trabajar durante más de la mitad del año en Estados Unidos. A ello se añadió el elevado caché de la actriz, que Metro-Goldwyn-Mayer consideraba demasiado costoso para una producción de aquellas características.
Ford recurrió entonces a Patricia Neal. La actriz aceptó encantada, pero un derrame cerebral sufrido poco antes del comienzo del rodaje le impidió incorporarse al proyecto. Finalmente, Anne Bancroft asumió el papel y ofreció una interpretación magnífica, aunque su imagen y su estilo resultaban quizá demasiado contemporáneos para la sensibilidad cinematográfica de Ford.
Aquellos sucesivos intentos frustrados hicieron que la colaboración entre Ford y Gardner quedara reducida a una única película. Pero Mogambo bastó para dejar una huella profunda en ambos.
Entre paisajes salvajes, enfermedades, tormentas, conflictos armados y jornadas agotadoras nació una amistad poco convencional entre un director famoso por su carácter imposible y una actriz que jamás tuvo demasiados problemas para enfrentarse a quien fuera necesario. Ford encontró en Gardner a una mujer capaz de soportar sus golpes de genio y devolverlos con una sonrisa. Gardner encontró en él a un cineasta que supo reconocer su talento y darle una libertad que pocas veces había disfrutado.
Y así quedó para siempre aquella aventura africana: John Ford detrás de la cámara, Clark Gable y Grace Kelly completando un reparto de lujo y Ava Gardner en el centro de una historia que convirtió su belleza, su desparpajo y su magnetismo en una de las grandes razones para recordar Mogambo. Para muchos admiradores de Ford, además, aquella película continúa ocupando un lugar privilegiado dentro de su filmografía.
Fue la única vez que ambos trabajaron juntos. Pero, vista hoy, parece una de esas colaboraciones que estaban destinadas a suceder una sola vez y quedar después convertidas en leyenda.
Autot: Don Hollywood

Desgraciadamente sus problemas con el alcohol, mermaron mucho su carrera; en cuanto a su colaboración con John Ford, a pesar de que compartía cartel con otra belleza de la época, Grace Kelly, en mi opinión, salía ganando Ava Gardner, con su belleza e interpretación más volcánica.
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