HUMANOIDES DEL ABISMO: MONSTRUOS, SANGRE Y EXPLOTACIÓN A LA SOMBRA DE TIBURÓN
HUMANOIDES DEL ABISMO: MONSTRUOS, SANGRE Y EXPLOTACIÓN A LA SOMBRA DE TIBURÓN
Cuando una película consigue sobrevivir durante más de cuatro décadas gracias a las dobles sesiones, los videoclubs y el recuerdo de los aficionados al cine fantástico, quizá convenga preguntarse qué tenía aquella criatura para no desaparecer del todo. Humanoides del abismo, estrenada en 1980, posee bastantes argumentos para haber caído en el olvido. Es chapucera, excesiva, descarada hasta el sonrojo y narrativamente bastante más torpe de lo que probablemente pretendían sus responsables. Y, sin embargo, conserva ese aroma irresistible de las producciones de serie B concebidas con la mirada puesta en el espectador que acudía al cine buscando monstruos, sangre, desnudos y emociones de usar y tirar.
La película nació en plena resaca del fenómeno provocado por Tiburón. El éxito monumental de Steven Spielberg había convertido las aguas marinas en un territorio especialmente rentable para el cine de terror y aventuras, y Roger Corman sabía perfectamente cómo aprovechar una moda antes de que desapareciera. Desde su productora New World Pictures, el incansable fabricante de películas de bajo presupuesto puso en marcha esta historia de criaturas marinas surgidas de unos experimentos científicos disparatados.
Barbara Peeters fue la encargada de dirigirla y Ann Turkel asumió el papel de una bióloga vinculada a la investigación que desencadena el desastre. Turkel afrontó el rodaje pensando que estaba participando en una película de ciencia ficción con ciertas pretensiones, hasta el punto de definirla como una historia inteligente, cargada de suspense y alejada del sexo. El problema es que todavía no había visto lo que Roger Corman tenía en mente para el montaje definitivo.
Porque entre la película rodada por Peeters y la que terminó llegando a las pantallas existía una diferencia considerable.
La directora había intentado construir una historia con personajes, cierta preocupación ecológica y un argumento que apuntaba hacia la manipulación irresponsable de la naturaleza. El pequeño pueblo pesquero donde transcurre la acción está amenazado por los intereses de una compañía conservera y por unos experimentos genéticos destinados a acelerar el crecimiento de los salmones. De aquellas investigaciones surgen unos extraños seres marinos con apariencia de celacantos prehistóricos que terminan convirtiendo la localidad en su particular territorio de caza.
La idea tenía incluso algún elemento interesante: la explotación empresarial de los recursos naturales, el enfrentamiento por unas tierras vinculadas a los indígenas y las consecuencias de jugar con la biología. Pero todo aquello quedó progresivamente sepultado bajo toneladas de explotación cinematográfica.
Corman quería monstruos.
Y quería sexo.
Según explicó posteriormente el propio productor, su planteamiento era extremadamente sencillo: los humanoides debían matar a los hombres y atacar sexualmente a las mujeres. Peeters, profundamente feminista, se negó a filmar determinadas escenas y trató de mantener fuera de la película aquella parte más degradante del concepto. Corman no quedó satisfecho y decidió ampliar el material durante la posproducción.
Para ello se incorporaron nuevas escenas rodadas por otros profesionales, entre ellos James Sbardellati y Jimmy T. Murakami, aunque también se ha señalado al propio Corman como posible responsable de parte de aquel material adicional. El resultado terminó modificando considerablemente el espíritu de la película.
Ann Turkel quedó horrorizada al contemplar el montaje definitivo. Barbara Peeters tampoco ocultó su indignación. La directora llegó a describir la película como una ofensa hacia ella y hacia las mujeres que habían participado en el proyecto. Buena parte del trabajo relacionado con los personajes y el desarrollo dramático había quedado reducido para abrir espacio a las escenas de violencia, desnudos y ataques de los monstruos.
El caso de Cindy Weintraub resulta todavía más revelador. La actriz se había negado a aparecer desnuda y descubrió posteriormente que una escena de ducha había sido completada mediante una doble de cuerpo. Durante años tuvo que explicar a aficionados y periodistas que aquellos prominentes pechos que aparecían detrás de la cortina no eran los suyos.
Todo ello encaja perfectamente con la filosofía de Roger Corman, uno de los grandes supervivientes del cine de explotación estadounidense. Su carrera estuvo marcada por producciones realizadas con presupuestos mínimos, rodajes rápidos y una extraordinaria capacidad para detectar aquello que podía atraer al público. Bajo su tutela dieron sus primeros pasos cineastas que acabarían escribiendo algunas de las páginas más importantes del cine estadounidense, entre ellos Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o James Cameron.
Humanoides del abismo pertenece, sin embargo, a la faceta más descaradamente comercial de aquel universo.
La película se alimenta de todo aquello que funcionaba en las salas de barrio: criaturas grotescas, ataques sangrientos, cuerpos femeninos expuestos y una sucesión de situaciones diseñadas para provocar una reacción inmediata. Su deuda con Tiburón resulta evidente, pero también aparecen ecos de La mujer y el monstruo, Piraña, La noche de Halloween, Alien e incluso otras producciones de terror y ciencia ficción de la época. Joe Dante llegó a rechazar la posibilidad de dirigirla porque consideraba que guardaba demasiadas semejanzas con Piraña.
Los efectos especiales aportan otra razón para recordar el filme. Entre quienes participaron se encontraba Rob Bottin, que poco después se convertiría en una figura fundamental del maquillaje y los efectos físicos gracias a trabajos como Aullidos, La cosa, Legend o RoboCop. También aparece un nombre que sorprende todavía más cuando uno repasa hoy los créditos: James Horner, responsable de la música. El futuro compositor de Titanic, Braveheart o Aliens estaba todavía lejos de convertirse en uno de los grandes nombres de Hollywood.
Doug McClure encabezaba el reparto masculino, después de una trayectoria especialmente ligada a las aventuras y a la televisión. Para muchos espectadores era el rostro asociado a El Virginiano y a diversas producciones fantásticas de los años setenta, entre ellas La tierra olvidada por el tiempo. Su presencia aporta a la película un cierto aire de aventura clásica que contrasta con el salvajismo de buena parte del material añadido.
Y luego están los humanoides.
Tres trajes de monstruo eran prácticamente todo el arsenal disponible, y apenas uno funcionaba de manera completamente operativa. Eso no impidió que en el clímax de la película pareciera que todo un ejército de criaturas había salido del mar para sembrar el caos. La secuencia de la feria nocturna resume perfectamente el espíritu de la película: sangre, gritos, persecuciones, monstruos y una acumulación de situaciones absurdas que termina adquiriendo un encanto propio.
El gore tampoco se hace esperar. La película comienza poniendo las cartas sobre la mesa con la muerte de un niño y poco después aparecen animales despedazados. La historia va aumentando progresivamente su nivel de brutalidad hasta desembocar en esa delirante noche de terror en la feria, donde el sentido de la proporción desaparece definitivamente.
Su recorrido comercial fue bastante modesto. El presupuesto rondó los 2,5 millones de dólares y en Estados Unidos recaudó aproximadamente 2,1 millones, aunque posteriormente encontró una vida mucho más rentable en las dobles sesiones y, con el paso del tiempo, en el mercado doméstico. Para New World Pictures aquello podía considerarse una operación razonablemente satisfactoria, especialmente teniendo en cuenta las dimensiones de la producción.
El tiempo ha terminado colocando a Humanoides del abismo en un lugar bastante peculiar. Resulta complicado defenderla como una buena película en términos convencionales. Su montaje es irregular, los personajes tienen un desarrollo limitado, los monstruos provocan más sonrisas que pesadillas y el componente sexual impuesto durante la posproducción ha envejecido especialmente mal.
Pero el cine también tiene memoria para sus criaturas más imperfectas.
Humanoides del abismo representa una época en la que los productores podían levantar una película alrededor de una idea absurda, añadirle monstruos, sangre y desnudos, estrenarla junto a otra producción en una doble sesión y confiar en que el público encontraría suficiente diversión en aquella mezcla. Es cine de explotación en estado puro, una de esas películas que sobreviven precisamente porque jamás pretendieron comportarse como algo demasiado serio.
Su mayor interés actual quizá esté en todo lo que cuenta sobre aquella industria: el oportunismo de Corman, la explotación de la moda de los monstruos marinos después de Tiburón, la precariedad de los efectos, la evolución del cine de género y también las tensiones entre la visión de una directora y las exigencias comerciales de un productor.
Cuesta imaginar que alguien pueda confundir Humanoides del abismo con una obra maestra. Tampoco hace falta. Su lugar está en ese rincón mugriento, divertido y desvergonzado del cine fantástico donde conviven las películas que hicieron historia y aquellas que simplemente se niegan a desaparecer. Y esta, con sus celacantos asesinos, sus baños de sangre y su delirante feria final, lleva cuarenta y seis años demostrando que también existe una forma de inmortalidad para el cine más casposo.
Autor; Django il bastardi
No la he visto.
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