GIGANTE (2025). PUÑOS, ORGULLO Y UNA AMISTAD QUE TERMINÓ POR ROMPERSE

 

GIGANTE (2025).

PUÑOS, ORGULLO Y UNA AMISTAD QUE TERMINÓ POR ROMPERSE

REPARTO: PERCE BROSNAN, AMIR EL-MASRY, KATHERINE DOW BLYTON, ALI SALEH, SAMIR ARRIAN, ROCCO HAYNES, AUSTIN HAYNES, ELLIOT BENN, DOREN JOHN FARMER, ISABELLE BONFRER, ANDY M MILLIGAN, ARIAN NIK

DIRECTOR: ROWAN ATHALE 

MÚSICA: NEIL ATHALE 

PRODUCTORA: AGC STUDIOS 

DURACIÓN: 110 min.

PAÍS: REINO UNIDO

El boxeo siempre ha encontrado en el cine una materia prima extraordinaria. Dentro de un cuadrilátero caben la ambición, la rabia, el miedo, la pobreza, el orgullo y también esa extraña necesidad de demostrarle al mundo que uno merece ocupar un lugar en él. Gigante, dirigida por Rowan Athale, utiliza ese territorio conocido para contar la historia de Naseem Hamed, el excéntrico campeón británico de origen yemení que convirtió cada combate en un espectáculo y terminó convirtiéndose en una de las figuras más reconocibles del boxeo de los años noventa. Pero la película guarda una carta bajo la manga: su verdadero corazón está en Brendan Ingle, el entrenador interpretado por Pierce Brosnan.

Ese desplazamiento resulta decisivo. Amir El-Masry se mete en la piel de Hamed con una energía formidable, reproduciendo su arrogancia, su sentido del espectáculo y esa manera casi insolente de moverse por el ring. El actor consigue transmitir que detrás de aquella personalidad desbordante existía un muchacho convencido de que había nacido para ser diferente. Hamed no quería limitarse a ganar. Quería que cada victoria llevara su firma.

Brosnan, por su parte, encuentra en Brendan Ingle uno de esos personajes que permiten al actor desprenderse definitivamente de cualquier sombra de sus papeles más famosos. Su entrenador posee una mezcla de dureza, humor, intuición y humanidad que Brosnan administra con enorme naturalidad. Su interpretación tiene algo cálido y terrenal. Cuando aparece en pantalla, la película adquiere otra temperatura.

La relación entre ambos constituye el auténtico motor dramático. Ingle descubre el talento de Naz, lo pule y le proporciona las herramientas para convertir aquella insolencia juvenil en una formidable arma deportiva. También comprende que está alimentando un ego que puede terminar escapando de su control. El éxito transforma al boxeador, y el dinero, la fama y los nuevos intereses comienzan a levantar una distancia cada vez más difícil de salvar.

Athale encuentra sus mejores momentos cuando observa esa transformación sin necesidad de convertirla en una simple historia de buenos y malos. El vínculo entre maestro y discípulo está marcado por el afecto, pero también por la posesión, el orgullo y la necesidad de reconocimiento. Cuando llega la ruptura, lo que duele no es únicamente la separación profesional. Se rompe una relación que durante años había definido la vida de ambos.

Las escenas de boxeo poseen fuerza y consiguen transmitir la personalidad de Hamed sobre el cuadrilátero. El-Masry se mueve con una agilidad convincente y la puesta en escena busca que cada combate tenga identidad propia. El problema aparece cuando la película abandona el ring y necesita profundizar en las contradicciones de sus protagonistas. En determinados pasajes el guion prefiere explicar acontecimientos antes que explorarlos emocionalmente, y algunas situaciones quedan más cerca del biopic convencional que de un drama verdaderamente incisivo.

También se echa de menos una mayor complejidad alrededor de Hamed. El personaje tenía suficientes aristas como para construir una figura fascinante y contradictoria, alguien capaz de despertar admiración y rechazo en idéntica proporción. La película apunta hacia esa dimensión, pero en ocasiones pasa demasiado deprisa por ella.

Aun así, Gigante encuentra algo especialmente valioso en la interpretación de Brosnan. Ingle termina siendo el hombre que contempla cómo su criatura alcanza una dimensión que jamás imaginó y, al mismo tiempo, cómo esa criatura empieza a alejarse de él. La película adquiere entonces una melancolía inesperada. El verdadero combate ya no se libra entre dos boxeadores.

El resultado es un drama deportivo con personalidad, buenas interpretaciones y suficientes momentos de intensidad para mantener el interés. Puede que no consiga alcanzar toda la grandeza de la historia que tiene entre manos, pero deja una sensación persistente: la de haber contemplado el nacimiento de una estrella y, al mismo tiempo, la lenta desaparición del hombre que ayudó a encenderla.

Y quizá ahí resida la verdadera fuerza de Gigante. Cuando las luces del pabellón se apagan, los títulos se acumulan y el público abandona las gradas, queda una pregunta mucho más humana que cualquier marcador: ¿qué ocurre cuando el discípulo alcanza la cima y ya no necesita mirar hacia atrás para recordar quién le enseñó a subir?

Autor: Don Hollywood



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