FALLECE LA ACTRIZ MARINA VLADY, UNA VIDA ENTRE EL CINE, EL TEATRO Y LA LIBERTAD
FALLECE LA ACTRIZ MARINA VLADY, UNA VIDA ENTRE EL CINE, EL TEATRO Y LA LIBERTAD
Nacimiento: 10 de mayo de 1938, Clichy, Francia
Fallecimiento: 24 de septiembre de 2026, Francia
Edad: 88 años
Causa de la muerte: no comunicada públicamente.
Marina Vlady, una de las grandes actrices francesas de la segunda mitad del siglo XX, murió el 24 de septiembre de 2026 a los 88 años. Actriz, cantante, escritora y mujer de profundas convicciones, Vlady desarrolló una trayectoria extraordinariamente amplia que la llevó del cine popular europeo al cine de autor, del teatro a la literatura y de la interpretación a un compromiso político y social que mantuvo durante buena parte de su existencia. Su familia anunció su muerte señalando que había fallecido en su casa, rodeada de sus familiares y de sus animales, después de una vida que sus hijos definieron como larga y plena. La causa del fallecimiento no ha sido comunicada.
Su nombre de nacimiento era Catherine Marina de Poliakoff-Baïdaroff y vino al mundo el 10 de mayo de 1938 en Clichy, en las proximidades de París. Su origen familiar estuvo profundamente ligado a la emigración rusa y al mundo artístico. Su padre, Vladimir de Poliakoff, era cantante de ópera y había llegado a Francia en 1915. Su madre, Militza Envald, había sido bailarina clásica y abandonó Rusia después de la revolución bolchevique. La familia atravesó épocas de dificultades económicas, pero el ambiente doméstico estaba impregnado de música, danza, literatura y espectáculo.
Marina fue la menor de cuatro hermanas y todas terminaron vinculadas a las artes. Olga Poliakoff, conocida posteriormente como Olga Varen, desarrolló una carrera como actriz y realizadora de televisión; Tatiana Poliakoff, que adoptó el nombre de Odile Versois, fue una reconocida actriz; y Militza Poliakoff, conocida como Hélène Vallier, también se dedicó a la interpretación. Las cuatro fueron conocidas como las hermanas Poliakoff y utilizaron nombres artísticos diferentes. Marina eligió el apellido Vlady como homenaje a su padre y a sus raíces familiares.
Antes de convertirse en actriz, Marina estuvo relacionada con la danza. Llegó a formarse como pequeña alumna de la Ópera de París y durante su infancia parecía encaminada a seguir los pasos de su madre. El cine, sin embargo, terminó imponiéndose. Con apenas once años apareció ante las cámaras en Orage d'été, de Jean Gehret, después de sustituir a una de sus hermanas. Aquella experiencia abrió una puerta que ya nunca volvería a cerrarse.
Durante sus primeros años como intérprete fue reclamada especialmente por producciones francesas e italianas. Su belleza, su personalidad y un rostro que podía transmitir al mismo tiempo inocencia, sensualidad y determinación hicieron que pronto recibiera papeles de jóvenes mujeres muy diferentes entre sí. Su carrera adquirió especial impulso con Avant le déluge, de André Cayatte, estrenada en 1954. Por su trabajo obtuvo el Premio Suzanne Bianchetti, destinado a distinguir a una joven actriz considerada especialmente prometedora.
Aquella primera etapa estuvo marcada también por su paso por el cine italiano y por encuentros con algunas de las grandes figuras europeas de la época. Su presencia cinematográfica fue creciendo hasta convertirla en una de las jóvenes intérpretes más solicitadas del continente. Pero Vlady nunca quedó satisfecha con la posibilidad de ser únicamente un rostro hermoso dentro de la industria. A lo largo de los años buscó personajes cada vez más complejos y directores que le permitieran explorar registros distintos.
Una figura fundamental en su juventud fue Robert Hossein. Se conocieron cuando ella era todavía muy joven y él era actor, director y una de las personalidades más inquietas del espectáculo francés. Hossein la dirigió en varias ocasiones y ambos mantuvieron una relación sentimental intensa. Se casaron en 1955, cuando Marina tenía 17 años, y permanecieron juntos hasta 1960. De aquella relación nacieron sus dos primeros hijos, Igor y Pierre Hossein.
La relación con Hossein tuvo una importancia considerable tanto en su vida privada como en su evolución profesional. Él contribuyó a que Marina pudiera alejarse progresivamente de determinados personajes estereotipados que habían acompañado sus comienzos. La actriz comenzó a demostrar que podía desenvolverse en registros oscuros, dramáticos, sensuales e incluso provocadores, sin quedar atrapada en una única imagen.
Uno de los grandes puntos de inflexión de su carrera llegó con La Princesse de Clèves, dirigida por Jean Delannoy en 1961. Interpretar a Madame de Clèves significó asumir un personaje de enorme peso literario y alejarse de la imagen de joven actriz seductora que había marcado algunos de sus primeros trabajos. La película obtuvo una enorme repercusión entre el público y consolidó todavía más su posición dentro del cine francés.
Dos años después alcanzaría uno de los mayores reconocimientos de toda su carrera. En 1963 obtuvo el Premio a la Mejor Actriz del Festival de Cannes por Le Lit conjugal, de Marco Ferreri. Su interpretación de una joven católica que descubre progresivamente el deseo y la sexualidad después del matrimonio confirmó que Vlady podía enfrentarse a personajes de enorme riesgo y complejidad. El premio la situó definitivamente entre las intérpretes europeas de referencia.
Su carrera durante los años sesenta estuvo marcada por la voluntad de trabajar con cineastas de personalidades muy diferentes. Entre ellos figuraron Orson Welles, Jean-Luc Godard, Ettore Scola, Henri Colpi, Miklós Jancsó, Bertrand Tavernier y Chris Marker, entre otros. Esa variedad explica en buena medida la dificultad de encasillarla: podía participar en producciones comerciales, dramas históricos, comedias o proyectos de marcado carácter experimental.
Especial relevancia tuvo su colaboración con Jean-Luc Godard en Deux ou trois choses que je sais d'elle, estrenada en 1967. Vlady interpretó a Juliette Janson, una mujer atrapada entre la vida cotidiana, el consumo y la prostitución ocasional en el París de los grandes bloques residenciales. La película permitió al director construir una mirada muy particular sobre la sociedad francesa de los años sesenta y a Vlady demostrar nuevamente su capacidad para moverse dentro de un lenguaje cinematográfico alejado de las convenciones comerciales.
La relación profesional con Godard fue peculiar. El director llegó a sentirse atraído personalmente por la actriz y, según los recuerdos de Vlady, trató de acercarse sentimentalmente a ella. Marina, sin embargo, no correspondió a esos sentimientos y mantuvo con él una relación fundamentalmente amistosa y profesional. Durante el rodaje, Godard recurrió a métodos de dirección poco convencionales y llegó a comunicarse con ella mediante un auricular para indicarle directamente las frases que debía pronunciar. Vlady recordaría aquella experiencia muchos años después con una mezcla de distancia y curiosidad.
La actriz también trabajó con Orson Welles en Falstaff y compartió así un proyecto con una de las grandes figuras de la historia del cine. Aquella colaboración formó parte de una trayectoria internacional que le permitió trabajar tanto en Francia como en Italia y en otros países europeos.
Su versatilidad le permitió alternar el cine de autor con películas destinadas a un público más amplio. Durante los años setenta participó en obras de muy diferentes características y continuó demostrando una especial inclinación hacia personajes femeninos alejados de la convencionalidad. En Que la fête commence, de Bertrand Tavernier, interpretó a Madame de Parabère, personaje perteneciente al mundo libertino de la corte del regente. También apareció en comedias populares como Tout le monde il est beau, tout le monde il est gentil, de Jean Yanne.
La actriz no tuvo reparos en asumir papeles sexualmente atrevidos incluso cuando ya había superado la primera juventud. Esa libertad formaba parte de su propia concepción de la interpretación. Vlady defendía la posibilidad de representar a las mujeres desde perspectivas muy distintas y rechazaba quedar limitada a los papeles asociados a una determinada edad o imagen. Su carrera estuvo marcada por esa voluntad de independencia.
El teatro ocupó un lugar especialmente importante en su vida. Aunque el cine fue el medio que le proporcionó mayor popularidad, Marina Vlady consideraba que el escenario constituía una de sus grandes pasiones. Su relación con las tablas tenía además una raíz familiar: había crecido entre una madre bailarina, un padre cantante de ópera y tres hermanas dedicadas a la interpretación.
En 1966 protagonizó junto a sus hermanas una representación de Las tres hermanas, de Antón Chéjov, experiencia especialmente simbólica para una familia tan vinculada al mundo artístico. Su carrera teatral se prolongaría durante décadas y acabaría interpretando obras de autores tan diversos como Shakespeare, Chéjov, Gabriel García Márquez o Pierre Laville. En sus últimos años de actividad escénica siguió defendiendo el teatro como un espacio de comunicación directa con el público.
Marina Vlady también tuvo una faceta musical. En 1967 y 1968 grabó canciones rusas junto a sus hermanas bajo el nombre de Les Sœurs Poliakoff. Uno de sus discos recibió el Gran Premio Internacional del Disco Charles Cros. La música rusa, heredada de su familia, permaneció siempre vinculada a su identidad artística.
Su vida sentimental estuvo marcada posteriormente por dos relaciones de enorme importancia. Tras su matrimonio con Robert Hossein, se casó con Jean-Claude Brouillet, aviador, empresario y antiguo miembro de la Resistencia francesa. La pareja tuvo un hijo, Vladimir. El matrimonio duró unos años y terminó en divorcio.
Pero la relación que probablemente dejó una huella más profunda en su vida fue la que mantuvo con el poeta, cantante y actor soviético Vladimir Vissotski. Se conocieron en la década de 1960 y se casaron en 1969. La relación estuvo condicionada por la distancia y por las dificultades para viajar entre Francia y la Unión Soviética. Vlady llegó a instalarse durante largos periodos en Moscú y compartió con Vissotski una existencia atravesada por la creación artística, la fama y las restricciones políticas del régimen soviético.
Vissotski se convirtió en una figura legendaria de la cultura rusa, aunque su trabajo sufrió las limitaciones y la censura de las autoridades soviéticas. Marina Vlady permaneció a su lado hasta su muerte en 1980, cuando el artista tenía solamente 42 años. La desaparición de Vissotski supuso uno de los golpes emocionales más fuertes de su vida.
Años después transformaría aquella experiencia en literatura. Su libro Vladimir ou le vol arrêté, publicado en 1987, reconstruyó su relación con el artista ruso y se convirtió en uno de los trabajos literarios más personales de su trayectoria. Décadas más tarde aquella historia también llegó al escenario, donde Vlady volvió a acercarse a la figura de Vissotski a través de un espectáculo teatral.
La literatura se convirtió progresivamente en otra de sus grandes actividades. Además de sus recuerdos sobre Vissotski, escribió Récits pour Militza, Le Collectionneur de Venise, Le Voyage de Sergueï Ivanovitch, Du cœur au ventre, Ma Cerisaie y otros títulos. En 2005 publicó sus memorias, 24 images/seconde, un extenso recorrido por su vida profesional y personal, sus encuentros con actores y directores y su relación con el teatro.
El compromiso social y político constituyó otra dimensión inseparable de Marina Vlady. Su activismo comenzó especialmente alrededor de la guerra de Argelia y se prolongó durante décadas. En 1962 se posicionó a favor de la independencia argelina y participó en acciones de apoyo a quienes defendían aquella causa. También estuvo vinculada a las protestas contra la represión y a los movimientos de izquierda de la época.
En 1971 figuró entre las mujeres que firmaron el célebre Manifiesto de las 343, declaración pública a favor del derecho de las mujeres al aborto cuando todavía era ilegal en Francia. Su firma reflejaba la actitud de una actriz que había decidido utilizar también su notoriedad para intervenir en los debates sociales de su tiempo.
Durante una etapa de su vida llegó incluso a militar en el Partido Comunista Francés, aunque su relación con el compromiso político fue siempre mucho más amplia que la pertenencia a una organización concreta. En los últimos años de su vida pública destacó especialmente su lucha junto al médico y oncólogo Léon Schwartzenberg, con quien mantuvo una relación durante más de dos décadas.
Junto a Schwartzenberg participó en distintas movilizaciones relacionadas con las personas sin hogar, los inmigrantes y quienes se encontraban en situaciones de exclusión. Ambos estuvieron vinculados a la creación del movimiento Droit au logement, centrado en la defensa del derecho a una vivienda digna. Vlady participó además en acciones de apoyo a personas sin papeles y en protestas contra determinadas políticas de expulsión.
Su compromiso no desapareció cuando disminuyó su presencia cinematográfica. A partir de los años noventa y, especialmente, durante el nuevo siglo, fue apareciendo con menor frecuencia ante las cámaras, pero continuó trabajando en televisión, teatro y literatura. Su última etapa artística estuvo más vinculada a la escena y a la escritura que a la industria cinematográfica.
En 2006 regresó al terreno musical y teatral con un espectáculo dedicado a Vladimir Vissotski en el Théâtre des Bouffes du Nord. En los años siguientes continuó trabajando sobre los escenarios y participó en nuevas producciones teatrales. También siguió apareciendo ocasionalmente en televisión y cine.
Marina Vlady fue, en definitiva, mucho más que una estrella del cine francés. Su carrera atravesó varias generaciones de cineastas y una parte esencial de la historia cultural europea de la segunda mitad del siglo XX. Trabajó con autores de sensibilidades radicalmente distintas, pasó del cine comercial a las propuestas más arriesgadas, cultivó el teatro, cantó, escribió libros y convirtió sus experiencias personales en materia artística.
También fue una mujer marcada por la historia familiar. Hija de emigrantes rusos, hermana de tres artistas, compañera de algunas personalidades extraordinarias y madre de tres hijos, llevó consigo una mezcla singular de cultura francesa y herencia rusa. Su relación con Vissotski la convirtió además en uno de los puentes culturales entre Francia y la Unión Soviética durante los años de la Guerra Fría.
Su figura quedó asociada igualmente a una determinada idea de libertad femenina. Desde sus primeros personajes hasta sus papeles más maduros, Vlady rechazó permanecer dentro de una única categoría. En la vida privada defendió su independencia; en el terreno artístico aceptó personajes incómodos y desafiantes; y en el ámbito social participó en movimientos relacionados con derechos de las mujeres, inmigración y vivienda.
Con su desaparición se marcha una intérprete que comenzó a trabajar siendo niña y que llegó a compartir pantalla y escenario con varias generaciones de artistas. Más de siete décadas después de aquel primer contacto con una cámara, Marina Vlady dejó atrás una trayectoria que abarcó cine, televisión, teatro, música y literatura.
Su muerte pone punto final a una existencia extraordinariamente ligada a la creación y al compromiso. Marina Vlady murió el 24 de septiembre de 2026, a los 88 años, en su domicilio y rodeada por sus seres queridos y sus animales. La familia no ha comunicado por ahora la causa de su fallecimiento. Queda el recuerdo de una actriz de mirada intensa y personalidad independiente que nunca aceptó reducir su vida a una sola profesión ni su carrera a una sola época.
Autor: Django il bastardi








No recuerdo haber visto ninguna pelicula donde interviniera esta bella actriz. D.E.P. 🙏🙏🙏
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