"EL ROSTRO IMPENETRABLE": LA ÚNICA PELÍCULA QUE MARLON BRANDO DIRIGIÓ
"EL ROSTRO IMPENETRABLE": LA ÚNICA PELÍCULA QUE MARLON BRANDO DIRIGIÓ
Cuando El rostro impenetrable llegó a las pantallas, Marlon Brando ya había construido una reputación que permitía perdonarle casi cualquier exceso. Había revolucionado la interpretación cinematográfica durante los años cincuenta y su nombre estaba asociado a personajes de una intensidad difícil de igualar. Un tranvía llamado deseo, ¡Viva Zapata!, Julio César y La ley del silencio habían convertido al actor en una figura de referencia, mientras que El baile de los malditos y Piel de serpiente confirmaban que continuaba buscando personajes y películas capaces de ponerle nuevos retos por delante.
Precisamente esa ambición explica el origen de una producción que acabaría convirtiéndose en una experiencia tan fascinante como tortuosa. A finales de aquella década, Brando descubrió la novela The Authentic Death of Hendry Jones, de Charles Neider, una reinterpretación muy libre de la historia de Billy el Niño y Pat Garrett trasladada al territorio fronterizo entre California y México. El actor quedó convencido de que aquel material podía convertirse en un wéstern diferente y adquirió los derechos por 40.000 dólares a través de su productora Pennebaker Productions.
La historia giraba alrededor de Río, un antiguo atracador de bancos que regresa dispuesto a vengarse del hombre que lo traicionó y provocó que pasara cinco años entre rejas. Cuando vuelve a encontrarse con su antiguo compañero, descubre que aquel hombre se ha convertido en un respetable sheriff. La aparición de su hija complicará todavía más una relación marcada por el rencor, la violencia y una atracción que terminará contaminándolo todo. Brando reservó para sí el papel de Río y confió en Karl Malden para interpretar a Dad Longworth, el antiguo compañero convertido en enemigo.
El proyecto pasó por varias manos antes de encontrar su forma definitiva. Rod Serling, creador de En los límites de la realidad, recibió el encargo de preparar un primer tratamiento, pero Brando descartó rápidamente su propuesta. Después apareció Sam Peckinpah, cuyo trabajo tampoco consiguió satisfacer las exigencias del actor, especialmente porque, a su juicio, no profundizaba lo suficiente en el conflicto moral de los personajes. Finalmente fueron Calder Willingham y Guy Trosper quienes desarrollaron el guion que acabaría llegando a Paramount.
El estudio puso la dirección en manos de un joven Stanley Kubrick, que todavía disfrutaba del prestigio conseguido con Senderos de gloria. Sobre el papel parecía una combinación poderosa, pero la convivencia entre Kubrick y Brando resultó imposible. El actor participaba constantemente en cuestiones relacionadas con la puesta en escena y el desarrollo de las secuencias, mientras el director defendía su propia concepción de la película. Las diferencias fueron creciendo durante los ensayos hasta que Kubrick abandonó la producción o fue apartado de ella, dependiendo de la versión que se consulte.
A esas alturas, la maquinaria ya estaba en marcha. Había un reparto contratado, un equipo preparado y una considerable cantidad de dinero invertida. Cancelar la película suponía un problema para Paramount, pero permitir que el proyecto continuara sin una figura al frente resultaba todavía más complicado. Brando terminó ocupando la silla del director y convirtió aquella película en su única experiencia detrás de las cámaras.
La decisión tendría consecuencias. El actor afrontó la dirección con una meticulosidad extrema. Las jornadas de rodaje se alargaban durante horas mientras esperaba determinadas condiciones de luz y repetía las escenas una y otra vez. En Monterrey, el equipo podía permanecer bajo un sol implacable esperando que Brando considerara que había llegado el momento exacto para filmar. La producción prevista inicialmente para doce semanas terminó extendiéndose durante seis meses.
El presupuesto sufrió las consecuencias. De los 1,8 millones de dólares calculados inicialmente se pasó a una cifra cercana a los seis millones. Paramount presionaba constantemente ante los retrasos y Brando respondía con una frase que resumía perfectamente su actitud durante aquella etapa: «Estoy rodando una película, no un calendario».
Su método también provocó tensiones con Karl Malden. Ambos habían trabajado juntos en Un tranvía llamado deseo, pero la relación profesional aquí fue mucho más complicada. Brando construía a Río mediante silencios, pausas, miradas y gestos que modificaba e improvisaba durante el rodaje. Malden poseía una aproximación mucho más técnica y teatral. La diferencia entre ambos métodos terminó siendo especialmente evidente durante la escena en la que Dad Longworth azota públicamente a Río.
Brando quería que Malden llevara la violencia mucho más lejos. Buscaba una reacción física y emocional que transmitiera auténtico sufrimiento y llegó a exigir una crueldad que su compañero se resistía a representar. La escena terminó convirtiéndose en uno de los momentos más incómodos de una producción que llevaba meses acumulando tensión.
El resultado de aquella obsesión fue una cantidad descomunal de material. Brando llegó a acumular más de 250 horas de metraje, mientras que su primer montaje alcanzaba las cuatro horas y media. Paramount intervino entonces con contundencia y redujo considerablemente la duración de la película. Aquella decisión terminó de distanciar al actor de un estudio que llevaba tiempo soportando sus métodos y sus interminables retrasos.
La película tampoco encontró el respaldo comercial esperado. En Estados Unidos recaudó apenas unos cuatro millones de dólares, una cifra insuficiente para compensar el enorme coste de producción. El fracaso contribuyó a deteriorar todavía más la relación de Brando con la industria y alimentó durante los años siguientes su fama de intérprete difícil de convertir en garantía económica. El golpe se hizo todavía más duro después del fracaso de Rebelión a bordo, que terminó de consolidar aquella percepción.
Durante los años sesenta, Brando se vio obligado a aceptar numerosos trabajos para hacer frente a las deudas acumuladas por su productora. Aunque protagonizó títulos importantes, entre ellos La jauría humana, su trayectoria atravesó una etapa irregular que solo cambiaría radicalmente con la llegada de El Padrino en 1972.
Con el paso del tiempo, sin embargo, El rostro impenetrable comenzó a ser contemplada desde otra perspectiva. Brando recibió el premio a la interpretación en el Festival de Cine de San Sebastián y algunos críticos defendieron desde el principio las singularidades de una película que se apartaba considerablemente de los cánones del wéstern tradicional. Su atmósfera crepuscular, la extraña cadencia de sus escenas y una puesta en escena dominada por composiciones de enorme belleza visual terminaron encontrando nuevos admiradores.
Brando nunca volvió a dirigir. Aquella experiencia lo dejó exhausto y profundamente frustrado. La producción había consumido meses de su vida, había multiplicado su presupuesto y había generado conflictos prácticamente en cada una de sus etapas. También le mostró el precio de tener un control absoluto sobre una película.
Y, sin embargo, de aquel caos surgió una obra de una personalidad extraordinaria. El rostro impenetrable posee algo hipnótico en sus imágenes, una cualidad lírica y abstracta que convierte sus paisajes, sus silencios y sus enfrentamientos en piezas de un wéstern fuera del tiempo. Brando pudo ser excesivo, obsesivo y difícil durante aquel rodaje, pero detrás de todas aquellas decisiones quedó una película que el paso de las décadas ha permitido redescubrir con otros ojos.
Su única incursión en la dirección terminó siendo también una de las experiencias más arriesgadas de su carrera. Y quizá ahí resida la paradoja más interesante de El rostro impenetrable: la película que convirtió a Marlon Brando en director estuvo a punto de arruinarle, pero también dejó como legado una obra de una fuerza visual y narrativa que merece ocupar un lugar mucho más destacado dentro de su filmografía.
Autor: Don Hollywood

Kubrick creo que es uno de los directores mas sobrevalorados de la historia del cine, en cuanto a este western, la verdad es que no esta dentro de mis favoritos, de él me quedo con la presencia de Karl Malden y Katy Jurada, y por ser uno de los escasos westerns donde el mar como escenario es su protagonista
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