EL CLAN DE LOS IRLANDESES (1990). UNA TRAGEDIA DE LEALTADES ROTAS EN LAS CALLES DE HELL’S KITCHEN



EL CLAN DE LOS IRLANDESES (1990).

UNA TRAGEDIA DE LEALTADES ROTAS EN LAS CALLES DE HELL’S KITCHEN 

REPARTO: SEAN PENN, ROBIN WRIGHT, GARY OLDMAN, ED HARRIS, BURGESS MEREDITH, JOHN TURTURRO, JOHN C, REILLY, R. D. CALL, JOE VITERELLI, DEINDRE O’DONNELL, MARCO ST. JOHN, THOMAS G. WAITES, MICHAEL CAMBRIDGE

DIRECTOR: PHIL JOANOU 

MÚSICA: ENNIO MORRICONE 

PRODUCTORA: ORION PICTURES 

DURACIÓN: 134 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS

Volver a El clan de los irlandeses supone entrar en una Nueva York húmeda, sucia y amenazadora, una ciudad donde las amistades de infancia pueden convertirse en condenas y donde cada esquina parece guardar un recuerdo incómodo. Phil Joanou dirigió en 1990 este intenso drama criminal protagonizado por Sean Penn, Ed Harris, Gary Oldman y Robin Wright, con una duración de 134 minutos y una atmósfera sombría que sigue siendo uno de sus mayores atractivos.

Terry Noonan regresa a Hell’s Kitchen después de una larga ausencia. El barrio ha cambiado, pero las caras que dejó atrás siguen allí, aferradas a unas reglas que aprendieron cuando eran niños y que ahora sobreviven convertidas en violencia, negocios clandestinos y ajustes de cuentas. Terry vuelve a encontrarse con Frankie Flannery, antiguo amigo y actual jefe de una banda irlandesa, y también con Jackie, el hermano de Frankie. Lo que ninguno de ellos sabe es que Terry trabaja como policía infiltrado.

El argumento adquiere fuerza precisamente por esa identidad dividida. Terry camina por las mismas calles de su juventud mientras observa cómo sus viejos amigos han terminado convertidos en hombres peligrosos. Tiene una misión que cumplir, pero cada paso que da le obliga a enfrentarse con recuerdos que creía enterrados. Y cuando reaparece Kathleen, la hermana de los Flannery y antiguo amor de Terry, el conflicto adquiere una dimensión mucho más personal.

Sean Penn sostiene al protagonista desde la contención. Su Terry no necesita grandes discursos para transmitir el desgaste que lleva encima. El actor consigue que se perciba constantemente la tensión de un hombre que sabe que cualquier gesto puede delatarle y que, al mismo tiempo, empieza a cuestionarse hasta dónde puede llegar una traición cuando quienes están al otro lado fueron alguna vez su familia.

Ed Harris ofrece un Frankie Flannery magnífico. Sereno, autoritario y peligroso, representa a un hombre que todavía cree controlar su territorio mientras observa cómo el mundo que conoce empieza a desmoronarse. Harris sabe encontrar esa combinación de amenaza y vulnerabilidad que hace que el personaje resulte mucho más interesante que el típico capo de película.

Y después está Gary Oldman.

Su Jackie es un auténtico animal desatado. Violento, impulsivo, alcohólico y absolutamente imprevisible, Oldman se lanza sobre el personaje con una energía casi incendiaria. Cada aparición suya parece anunciar que algo terrible está a punto de suceder. Puede resultar excesivo, incluso incómodo, pero esa exageración forma parte de la personalidad del personaje. Jackie no sabe vivir de otra manera. La violencia es su lenguaje y también su condena.

Robin Wright introduce una dimensión más íntima en medio de tanta brutalidad. Kathleen representa aquello que Terry podría haber recuperado de su pasado si las circunstancias hubieran sido diferentes. Su presencia sirve para recordar que detrás de los hombres armados existen vidas que han quedado atrapadas por decisiones tomadas años atrás.

Joanou rueda Hell’s Kitchen como un territorio condenado. La película fue rodada en numerosos escenarios reales de Manhattan, el Bronx y Nueva Jersey, con una especial presencia del propio Hell’s Kitchen, lo que proporciona al relato una textura urbana muy convincente. Las calles, los bares, los edificios y las celebraciones del barrio tienen una importancia fundamental porque permiten entender que los personajes no pertenecen únicamente a una organización criminal: pertenecen a un lugar del que les resulta prácticamente imposible escapar.

La fotografía de Jordan Cronenweth contribuye decisivamente a esa sensación. Las imágenes tienen una frialdad casi metálica y convierten Nueva York en un escenario de sombras donde la amenaza parece surgir de cualquier ventana. La música de Ennio Morricone aporta además una dimensión trágica que eleva determinadas escenas por encima del thriller convencional.

Quizá El clan de los irlandeses peque de cierta tendencia a recrearse en sus ambientes y en determinadas situaciones violentas. Joanou se toma su tiempo y algunas escenas podrían haberse resuelto con mayor concisión. Pero esa misma duración permite que el ambiente vaya calando poco a poco y que la historia adquiera una sensación de fatalidad cada vez más intensa.

Su estreno quedó además eclipsado por Uno de los nuestros, otra monumental película de gánsteres estrenada en 1990, una coincidencia que perjudicó considerablemente su repercusión. Con el paso del tiempo, El clan de los irlandeses ha encontrado un lugar mucho más justo dentro del cine criminal de aquella década.

Y merece ese reconocimiento.

Porque su verdadero interés no está únicamente en los tiroteos, las ejecuciones o las guerras entre bandas. Está en la amistad convertida en sospecha, en el barrio transformado en una trampa y en unos personajes incapaces de escapar de quienes fueron. La película habla de lealtad, pero también del precio de mantenerla cuando todo alrededor se desmorona.

El desenlace, con la violencia mezclándose con la celebración de San Patricio, resume perfectamente el espíritu de la película: mientras las calles festejan, algunos hombres afrontan las consecuencias de una vida construida sobre la sangre.

El clan de los irlandeses conserva una fuerza áspera, casi física. Es cine criminal de personajes, de miradas y de heridas antiguas. Una película imperfecta, quizá demasiado apasionada en algunos momentos, pero con un reparto extraordinario y una atmósfera que consigue atrapar al espectador desde el primer regreso de Terry a Hell’s Kitchen. Y, sobre todo, una película que deja una certeza incómoda: en determinadas calles, volver a casa puede ser mucho más peligroso que marcharse.

Autor: Don Hollywood



Comentarios

  1. La pelicula esta bien, aunque por momentos se hace algo pesada; siendo lo mejor un Ed Harris como el villano de la función.

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