EL CARNAVAL DE LAS BESTIAS (1980). UNA PESADILLA CANÍBAL ENTRE EL DESEO Y LA LOCURA
EL CARNAVAL DE LAS BESTIAS (1980).
UNA PESADILLA CANÍBAL ENTRE EL DESEO Y LA LOCURA
REPARTO: PAUL NASCHY, EIKO NAGASHIMA, LAUTARO MURUA, SILVIA AGUILAR, AZUCENA HERNANDEZ, JULIA SALY, RAMON CENTENERO, LUIS CIGES, PALOMA HURTADO, PEPE RUIZ, ROXANA DIPRE, RICARDO PALACIOS, RAFAEL HERNANDEZ, TITO GARCIA, MANUEL PEREIRO
DIRECTOR: PAUL NASCHY
PRODUCTORA: DALMATA FILMS
DURACIÓN: 91 min.
PAÍS: ESPAÑA, JAPON
Paul Naschy se adentra en El carnaval de las bestias con la misma libertad con la que recorría los territorios más turbios del cine fantástico español, pero esta vez se atreve a mezclar crimen, erotismo, humor negro, misterio y horror caníbal dentro de una historia que cambia de piel constantemente. Estrenada en 1980 y dirigida, escrita y protagonizada por el propio Naschy, la película fue además una peculiar coproducción entre España y Japón.Bruno Rivera, el personaje interpretado por Naschy, entra en escena como un hombre peligroso y sin demasiados escrúpulos. Mercenario de profesión, participa en un robo de diamantes en Japón y decide traicionar a quienes lo contrataron. La huida lo lleva hasta España, donde, gravemente herido y perseguido por sus antiguos socios, encuentra refugio en una enorme casa aparentemente tranquila. Allí vive Don Simón, un médico interpretado por Lautaro Murúa, acompañado por sus hijas Mónica y Alicia y una misteriosa criada.
El problema para Bruno es que aquella casa guarda secretos mucho más desagradables que los hombres que vienen pisándole los talones.
Naschy convierte la mansión en el verdadero protagonista de la película. Durante buena parte del metraje se respira una sensación de incomodidad que va creciendo lentamente. Bruno está herido, vulnerable y rodeado de personas que parecen amables, pero cada gesto tiene algo extraño. Las miradas duran demasiado, las conversaciones esconden intenciones y determinadas situaciones adquieren una dimensión enfermiza. El espectador sabe que algo terrible se está preparando, aunque la película se guarda sus cartas durante bastante tiempo.
Ese juego de apariencias funciona especialmente bien porque Bruno tampoco es un personaje con el que resulte sencillo empatizar. Su condición de mercenario traicionero lo convierte en una pieza más dentro de un universo moralmente podrido. Naschy se aparta aquí del héroe tradicional que tantas veces había interpretado y construye a un protagonista desagradable, egoísta y dominado por sus instintos. Su llegada a la mansión provoca que el cazador pueda terminar convirtiéndose en presa.
La película disfruta especialmente cuando abandona las convenciones del thriller y comienza a deslizarse hacia terrenos mucho más extraños. La presencia femenina tiene un peso fundamental y el deseo se convierte en una herramienta narrativa cargada de peligro. Las relaciones que se establecen dentro de la casa tienen algo de juego perverso, mientras la atmósfera se va impregnando de elementos propios del cine de horror europeo de aquellos años.
Alejandro Ulloa realiza una fotografía que encuentra en los espacios cerrados un aliado perfecto. La mansión posee rincones sombríos, habitaciones que parecen esconder historias anteriores y una estética decadente que encaja con el carácter enfermizo de la propuesta. La película tampoco renuncia a determinados excesos visuales propios de Naschy, incluyendo violencia, erotismo y momentos de auténtico impacto.
Y cuando llega el tramo final, El carnaval de las bestias revela hasta dónde estaba dispuesto a llegar. El concepto de familia que se había construido alrededor de Don Simón adquiere entonces un significado monstruoso. El canibalismo aparece como culminación de una pesadilla que durante buena parte del metraje había permanecido agazapada. La transformación resulta especialmente efectiva porque Naschy no entrega todas las respuestas de inmediato y permite que la sospecha se vaya convirtiendo en certeza.
También resulta curioso el contraste entre las dos partes del relato. La aventura japonesa aporta persecuciones, crimen y exotismo, mientras el segundo tramo se instala en un espacio cerrado dominado por el misterio. La mezcla puede parecer irregular, incluso desconcertante, pero precisamente esa falta de obediencia a una única fórmula constituye una de las señas de identidad del filme.
Naschy rueda con recursos limitados, algo que se percibe en determinados decorados, efectos y soluciones visuales. Algunas escenas poseen una ingenuidad difícil de ocultar y ciertos diálogos han envejecido considerablemente. Sin embargo, la película tiene una personalidad que compensa buena parte de esas carencias. Es una obra incómoda, excesiva y por momentos delirante, pero nunca completamente previsible.
El carnaval de las bestias merece reivindicarse como una de las propuestas más singulares de Paul Naschy. Su mezcla de thriller criminal, mansión maldita, erotismo, humor negro y horror caníbal podría haber terminado convertida en un simple desfile de extravagancias. Naschy consigue darle una estructura suficiente para que la historia avance hacia un desenlace que deja una impresión desagradable y difícil de olvidar.
Una película imperfecta, desde luego, pero también fascinante en su manera de cruzar géneros y llevar al espectador desde las calles de Japón hasta una casa perdida donde la hospitalidad tiene un precio. Cuando el carnaval comienza de verdad, ya no queda demasiado espacio para escapar.
Autor: Don Hollywood


Este film y salvando las diferencias me recuerda bastante al film protagonizado por Clint Eastwood, El seductor. La pelicula se deja ver con interés, aunque las pretensiones de la familia que acoge en su mansión al bueno de Paul Naschy ya se intuyen sus intenciones. Hay una escena que yo encuentro nefasta y es una cena antes del desenlace del film. No es una joya, pero se deja ver.
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