EL CANIBAL (1980). UNA PESADILLA SALVAJE EN EL CORAZÓN DE LA SELVA

 

EL CANIBAL (1980).

UNA PESADILLA SALVAJE EN EL CORAZÓN DE LA SELVA

REPARTO: AL CLIVER, SABRINA SIANI, JEROME FOULON, SHIRLEY KNIGHT, LINA ROMAY, ANTONIO MAYANS, OLIVER MATHOT, ANOUCHKA, PAMELA STANFORD, JESUS FRANCO, ANNE MARIA ROSIER, RAYMOND HARDY, GISELA HAHN

DIRECTOR: JESUS FRANCO 

MÚSICA: ROBERTO PREGADIO 

PRODUCTORA: EUROFILMS 

DURACIÓN: 102 min.

PAÍS: ESPAÑA, ALEMANIA, FRANCIA

La selva siempre ha sido un territorio cinematográfico dispuesto a tragarse a sus personajes, pero Jesús Franco la convierte en algo todavía más extraño en El caníbal (Mondo Cannibale), una producción de 1980 que se mueve con absoluta libertad por los terrenos del terror, la aventura selvática y el cine de explotación. La historia parte de una tragedia que permanece abierta durante años: Jeremy Taylor perdió a su esposa y uno de sus brazos durante el ataque de una tribu caníbal, mientras su hija desaparecía en manos de aquellos habitantes de la jungla. Diez años después, regresa dispuesto a encontrarla. Lo que descubre durante la expedición lleva la película hacia un territorio delirante. Su hija Lana ha crecido y se ha convertido en una especie de diosa para la tribu.

Franco sabía perfectamente que estaba trabajando dentro de un subgénero que a finales de los setenta y comienzos de los ochenta vivía una auténtica fiebre. Después de que el cine italiano popularizara las aventuras de exploradores enfrentados a tribus salvajes, los caníbales se instalaron en las pantallas con una mezcla de violencia, erotismo, exotismo y provocación. El caníbal se alimenta de todas esas constantes y las lleva al terreno personal del director, donde el argumento funciona casi como una excusa para adentrarse en una sucesión de imágenes extravagantes.

Al Cliver carga con el peso de Jeremy Taylor y aporta al personaje una combinación de dureza y desconcierto que encaja bastante bien con el tono de la película. Su regreso a la selva tiene algo de descenso voluntario a los infiernos. Sabe perfectamente qué ocurrió allí, conoce el peligro y, aun así, decide volver. La relación con su hija proporciona al relato una dimensión casi trágica que podría haber dado mucho más juego dramático, especialmente cuando descubre en qué se ha convertido Lana.

Sabrina Siani, por su parte, aparece convertida en el centro visual de la historia. Su personaje representa una de las obsesiones habituales del cine de explotación de aquella época: la transformación de una víctima en figura dominante dentro de un mundo salvaje. La película explota esa idea desde una perspectiva deliberadamente exagerada, cargando la puesta en escena de sensualidad, violencia y situaciones extremas.

Y precisamente ahí se encuentra el encanto peculiar de la película. El caníbal no pretende construir un universo selvático especialmente creíble. Su lógica pertenece al cine de barraca de feria, al espectáculo de medianoche que busca sorprender al espectador con aquello que una producción convencional jamás se atrevería a mostrar. La narración avanza entre ceremonias, persecuciones, cuerpos mutilados, enfrentamientos y una sucesión de episodios que parecen surgir de una pesadilla febril.

Franco tampoco se preocupa demasiado por disimular las limitaciones de la producción. Algunos decorados y localizaciones tienen un aire tremendamente artesanal, los efectos especiales son modestos y determinadas escenas pueden provocar una sonrisa involuntaria más que auténtico terror. Pero esa precariedad forma parte de su personalidad. El director tenía una manera muy particular de rodar deprisa, aprovechar lo que tenía disponible y convertir las carencias en parte del espectáculo.

La atmósfera es probablemente el elemento que mejor ha resistido el paso del tiempo. La fotografía de Luis Colombo y Juan Soler busca una selva húmeda, sensual y amenazadora, mientras la música de Roberto Pregadio acompaña el viaje con una sonoridad propia de aquellas producciones europeas de explotación que podían pasar de la aventura al horror en cuestión de segundos. La película dura alrededor de 90 minutos y concentra sus excesos sin entretenerse demasiado en explicaciones.

Lo más curioso es que, debajo de toda la sangre y la provocación, existe una historia de pérdida. Jeremy vuelve para recuperar a la niña que le arrebataron, pero cuando finalmente la encuentra se enfrenta a una persona que ya pertenece a otro mundo. Esa idea proporciona a la película un fondo bastante más interesante de lo que su condición de espectáculo gore podría hacer pensar.

El caníbal es cine salvaje, imperfecto y descaradamente excesivo. Tiene momentos absurdos, efectos envejecidos y decisiones narrativas difíciles de defender desde una mirada convencional. Sin embargo, posee algo que resulta mucho más difícil de conseguir: personalidad. Jesús Franco imprime al conjunto una atmósfera enfermiza, sensual y desconcertante que convierte sus defectos en parte inseparable de la experiencia.

No estamos ante una película para quienes busquen realismo o una aventura selvática tradicional. Su territorio es otro: el de las sesiones de madrugada, las viejas cintas de videoclub y esas películas capaces de provocar desconcierto, fascinación y rechazo casi al mismo tiempo. El caníbal se interna en la jungla, levanta la cortina y deja al espectador frente a un espectáculo de sangre, erotismo y delirios tropicales. Una pieza de culto para comprender hasta dónde podía llegar el cine de explotación europeo cuando Jesús Franco se encontraba detrás de la cámara.

Autor: Don Hollywood



Comentarios

  1. El film imagino que intento aprovechar el éxito de Holocausto caníbal, pero aquí con no demasiada fortuna, por la inoperancia detrás de las cámaras de Jesús Franco, que yo no se que le vieron a este hombre, y a unos actores que están todos fatales, salvo el protagonista, que sin arrancar aplausos, es el que esta mejor del elenco. Gore, desnudos, planos esteticamente feos, son los ingredientes de este pesimo largometraje.

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