EL BARCO DE LA MUERTE (1980). UN CRUCERO HACIA EL HORROR MÁS OSCURO
EL BARCO DE LA MUERTE (1980).
UN CRUCERO HACIA EL HORROR MÁS OSCURO
REPARTO: RICHARD CRENNA, GEORGE KENNEDY, NICK MANCUSO, SAUL RUBINEK, KATE REID, SALLY ANN HOWES, JENNIFER McKINNEY, VICTORIA BURGOYNE, DOUG SMITH, DANNY HIGHAM, MURRAY CRUCHLEY, ANTHONY SHERWOOD
DIRECTOR: ALVIN RATOFF
MUSICA: IVOR SLANEY
PRODUCTORA: ARTEMIS FILMS
DURACIÓN: 93 min.
PAIS: CANADA, REINO UNIDO
El océano tiene una cualidad que el cine de terror ha sabido explotar durante décadas: cuando desaparece la tierra firme, también desaparece la sensación de seguridad. Alvin Rakoff entendió perfectamente esa idea en El barco de la muerte, una producción de 1980 que convierte un viejo carguero abandonado en uno de esos lugares cinematográficos que parecen estar esperando pacientemente a que alguien cometa el error de subir a bordo. La película está protagonizada por George Kennedy, Richard Crenna y Nick Mancuso, y juega con una premisa sencilla pero tremendamente sugestiva: un crucero de lujo se cruza con un misterioso buque negro que termina provocando una tragedia en mitad del mar.A partir de ese momento comienza la verdadera pesadilla.
Rakoff construye el miedo alrededor del propio barco. Oxidado, oscuro, gigantesco y prácticamente desierto, posee una presencia que consigue imponerse incluso cuando la película no necesita mostrar ninguna amenaza concreta. Cada pasillo parece conducir hacia algún lugar desagradable. Cada puerta puede esconder una sorpresa. Cada ruido metálico adquiere una dimensión inquietante. El carguero se transforma poco a poco en una criatura silenciosa que parece observar a quienes han tenido la mala fortuna de refugiarse en él.
Uno de los grandes aciertos está precisamente en esa atmósfera. El barco de la muerte pertenece a una época en la que el terror podía apoyarse mucho más en los espacios, los silencios y la imaginación del espectador. La fotografía de René Verzier aprovecha los rincones sombríos del navío y convierte sus interiores en un laberinto claustrofóbico. El espectador siente que los personajes están atrapados incluso cuando aparentemente tienen libertad para desplazarse.
George Kennedy aporta una presencia física imponente como el capitán Ashland, un hombre cuya progresiva transformación termina siendo uno de los elementos más turbadores del relato. Richard Crenna funciona como contrapunto, mientras Nick Mancuso encarna al personaje que intenta comprender qué demonios está ocurriendo en aquella nave. El reparto consigue mantener cierta solidez incluso cuando el guion se adentra en terrenos propios del terror sobrenatural de serie B.
Y ahí aparece la parte más interesante de la película: el barco tiene historia. Su pasado está relacionado con la maquinaria de terror del nazismo y con episodios de una violencia que permanecen adheridos a sus paredes como una enfermedad imposible de limpiar. Esa dimensión histórica proporciona al filme una atmósfera mucho más siniestra que la simple aparición de un barco fantasma. El horror procede también de la memoria, de aquello que ocurrió allí y que continúa contaminando el presente.
Rakoff no siempre consigue que la tensión mantenga el mismo nivel. Algunas escenas evidencian las limitaciones de una producción modesta y determinados efectos han perdido buena parte de su impacto con el paso del tiempo. Incluso el choque inicial entre las embarcaciones deja patente que el presupuesto no permitía grandes despliegues visuales.
Sin embargo, sería injusto juzgar El barco de la muerte únicamente desde la perspectiva de sus carencias. Su mayor virtud reside en haber encontrado una localización perfecta para una historia de fantasmas y haber sabido convertirla en una pesadilla flotante. La película tiene momentos genuinamente incómodos, especialmente cuando transforma acciones cotidianas en situaciones amenazadoras. Una ducha, un pasillo, una escalera o una puerta abierta pueden convertirse en trampas.
El resultado tiene ese aroma inconfundible del terror de finales de los setenta y comienzos de los ochenta: atmósfera malsana, personajes enfrentados a una amenaza que apenas comprenden, espacios cerrados y una sensación permanente de fatalidad. Puede resultar irregular y en determinados momentos demasiado ingenua, pero posee una personalidad que muchas producciones contemporáneas han perdido.
El barco de la muerte tampoco necesita navegar hacia ningún destino concreto. Su auténtico viaje consiste en internarse cada vez más profundamente en un lugar donde el pasado continúa vivo. Y cuando el espectador comprende qué clase de barco está contemplando, ya es demasiado tarde para regresar a tierra.
Una pequeña joya de culto para quienes disfrutan del terror marítimo, los barcos fantasma y esas películas de serie B que, pese a sus limitaciones, consiguen dejar una imagen rondando en la cabeza mucho después de que aparezcan los créditos finales.
Autor: Don Hollywood


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