BACKROOMS (2026). PERDERSE EN UN LABERINTO DONDE LA REALIDAD DEJA DE OBEDECER A SUS PROPIAS REGLAS
BACKROOMS (2026).
PERDERSE EN UN LABERINTO DONDE LA REALIDAD DEJA DE OBEDECER A SUS PROPIAS REGLAS
REPARTO: CHIWETEL EJIOFOR, RENATE REINSVE, FINN BENNETT, MARK DUPLASS, LUKITA MAXWELL, KRISTA KOSONEN, AVAN JOGIA, PHILIP GRANGER, PATRICK BAYNHAM, KATHARINE ISABELLE, PETER NEW, EMBER AMBROSE
DIRECTOR: KANE PARSONS
MÚSICA: EDO VAN BREEMEN, KANE PARSONS
PRODUCTORA: BLUMHOUSE, ATOMIC MONSTER, A24
DURACIÓN: 110 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Kane Parsons tenía apenas veinte años cuando convirtió una idea nacida en internet en una película capaz de llevar al espectador hasta un lugar donde resulta imposible sentirse seguro. Backrooms, su debut en el largometraje, parte de aquella perturbadora mitología de los espacios liminales que encontró en la red un terreno perfecto para crecer, pero da un paso mucho más ambicioso: transformar una imagen sencilla y reconocible —habitaciones amarillentas, pasillos interminables, techos bajos, una iluminación enfermiza— en una pesadilla cinematográfica que termina afectando incluso a nuestra percepción del espacio.
La película comienza con una inquietante puerta aparecida en el sótano de una tienda de muebles. A partir de ahí, la realidad empieza a comportarse de una manera que desafía cualquier explicación razonable. Clark, interpretado por Chiwetel Ejiofor, atraviesa ese umbral y descubre un universo aparentemente infinito compuesto por habitaciones, corredores y lugares que parecen familiares y extraños al mismo tiempo. Cuando Mary, a quien da vida Renate Reinsve, entra en ese mundo para buscarlo, la pesadilla adquiere una dimensión todavía más personal.
Parsons entiende perfectamente que el verdadero miedo de Backrooms no depende de llenar la pantalla de criaturas. Su gran hallazgo consiste en obligarnos a mirar espacios vacíos durante el tiempo suficiente para que nuestra imaginación empiece a trabajar. Un pasillo demasiado largo puede resultar más aterrador que un monstruo perfectamente visible. Una habitación sin ventanas puede provocar una angustia física. Una puerta situada donde no debería existir puede convertirse en una amenaza.
La puesta en escena resulta fundamental. El amarillo enfermizo de las paredes, las luces fluorescentes, los rincones que parecen prolongarse hasta el infinito y esa arquitectura imposible construyen una atmósfera de pesadilla doméstica. Todo parece pertenecer a nuestro mundo, pero algo está ligeramente desplazado. Esa pequeña anomalía basta para que el espectador pierda sus referencias.
Y ahí aparece una de las mayores virtudes de la película: Backrooms consigue que el espacio se convierta en personaje. El laberinto cambia de significado a medida que avanza la historia. Primero despierta curiosidad, después desconcierto y finalmente una sensación de auténtico encierro. Caminar deja de ser una acción sencilla. Cada giro puede llevar a un lugar desconocido y cada puerta puede esconder una nueva alteración de las reglas.
Chiwetel Ejiofor aporta humanidad a una historia que podría haberse convertido fácilmente en un ejercicio puramente conceptual. Su Clark transmite cansancio, fragilidad y desesperación, mientras Renate Reinsve encuentra en Mary una presencia emocional imprescindible para que la película no quede atrapada únicamente en sus magníficos decorados. La relación entre ambos introduce una dimensión humana que permite que el terror tenga consecuencias más profundas.
También resulta interesante la manera en que Parsons juega con la memoria y con nuestra necesidad de encontrar explicaciones. Las Backrooms pueden contemplarse como una dimensión sobrenatural, como una anomalía física o incluso como una representación de determinados estados emocionales. La película ofrece posibilidades, pero evita convertirlas en un manual de instrucciones. Ese margen de incertidumbre forma parte de su atractivo.
El sonido desempeña además un papel extraordinario. Zumbidos eléctricos, espacios silenciosos, ecos y ruidos imposibles convierten cada minuto en una amenaza potencial. Parsons sabe que cuando el espectador escucha algo que todavía no puede identificar, la imaginación vuelve a ser mucho más poderosa que cualquier efecto visual.
Backrooms tiene momentos en los que su misterio puede resultar deliberadamente desconcertante y algunas de sus ideas no alcanzan siempre la misma intensidad que sus imágenes. La película exige paciencia y cierta disposición a dejarse llevar por una experiencia que prefiere provocar sensaciones antes que resolver todos sus enigmas. Pero incluso en sus irregularidades conserva una personalidad muy marcada.
Lo más fascinante es comprobar cómo una estética asociada durante años con vídeos de internet encuentra aquí una dimensión cinematográfica. Parsons no se limita a ampliar su propia creación: comprende que aquello que funcionaba en unos pocos minutos puede convertirse en una experiencia mucho más absorbente cuando el espectador queda atrapado dentro del laberinto.
Backrooms deja una sensación extraña después de los créditos. Durante un rato, cualquier pasillo de hotel, cualquier sótano iluminado con fluorescentes o cualquier edificio de oficinas vacío puede adquirir un aspecto diferente. Esa es quizá la mayor victoria de Kane Parsons: conseguir que el miedo abandone la pantalla y se instale durante unos instantes en los lugares más corrientes.
En una época en la que el terror busca constantemente nuevos monstruos, Backrooms demuestra que todavía puede dar miedo una habitación vacía. Basta con que alguien nos convenza de que, detrás de una pared aparentemente normal, existe un lugar al que nunca deberíamos entrar.
Autor: Don Hollywood


Comentarios
Publicar un comentario