ADIOS A JEAN-PAUL RAPPENEAU, EL ARTESANO DEL CINE FRANCÉS QUE CONVIRTIÓ EL ESPECTÁCULO EN ELEGANCIA
ADIOS A JEAN-PAUL RAPPENEAU, EL ARTESANO DEL CINE FRANCÉS QUE CONVIRTIÓ EL ESPECTÁCULO EN ELEGANCIA
Jean-Paul Rappeneau (Auxerre, Francia, 8 de abril de 1932 – París, Francia, 1 de septiembre de 2026). Falleció a los 94 años. La causa de su muerte no ha sido comunicada públicamente.
El cine francés pierde a uno de sus grandes artesanos. Jean-Paul Rappeneau murió en París a los 94 años después de una carrera extraordinariamente singular, construida con paciencia, exigencia y una filmografía mucho más breve de lo habitual para un director que permaneció activo durante casi medio siglo. Solo dirigió ocho largometrajes, una cifra que podría parecer escasa hasta comprender su manera de trabajar: Rappeneau necesitaba tiempo para escribir, reescribir, ajustar los diálogos, imaginar cada movimiento y encontrar la película que quería hacer.
Su nombre quedará inevitablemente asociado a Cyrano de Bergerac, pero reducir su legado a aquella monumental adaptación de Edmond Rostand sería injusto. Antes de convertir a Gérard Depardieu en uno de los Cyranos cinematográficos más recordados, Rappeneau había participado como guionista en algunas de las películas más importantes y populares del cine francés de los años cincuenta y sesenta y había desarrollado una manera muy personal de entender el espectáculo cinematográfico.
Nacido en Auxerre en 1932, creció en una Francia marcada por la guerra y la ocupación alemana. Aquellos años terminarían formando parte de su sensibilidad cinematográfica. El propio Rappeneau consideraba la guerra una especie de frontera en su vida: antes de ella, el cine apenas formaba parte de su horizonte; después, se convirtió en una pasión que terminaría ocupándolo todo.
También encontró pronto una fuente de inspiración decisiva al otro lado del Atlántico. El cine estadounidense, sus aventuras, sus comedias, su ritmo y su capacidad para convertir una historia popular en un gran espectáculo ejercieron una profunda influencia sobre él. Esa fascinación acabaría filtrándose en una obra francesa de extraordinaria elegancia, donde el movimiento, los diálogos y el trabajo de los actores siempre ocuparon un lugar central.
Rappeneau comenzó profesionalmente como ayudante de dirección en los años cincuenta. Trabajó junto a cineastas como Raymond Bernard, Georges Lacombe y Jean Dréville, experiencias que le permitieron conocer desde dentro los mecanismos de una industria cinematográfica que estaba a punto de experimentar una profunda transformación. También colaboró en numerosos cortometrajes y llegó a participar en un proyecto de adaptación de Los tres mosqueteros destinado a Jacques Becker, película que nunca llegaría a realizarse debido a la muerte del director.
Su auténtica reputación comenzó a construirse como guionista. Rappeneau tenía un talento extraordinario para el ritmo y los diálogos, dos elementos que después se convertirían en algunas de las principales señas de identidad de su cine.
En 1959 participó en Signé Arsène Lupin, dirigida por Yves Robert, y poco después comenzó una fructífera colaboración con Louis Malle. Junto al director escribió Zazie dans le métro (1960), una adaptación de la novela de Raymond Queneau que exigía una escritura especialmente imaginativa, y Vie privée (1961), protagonizada por Brigitte Bardot. También trabajó con Alain Cavalier en Le Combat dans l'île.
Pero sería Philippe de Broca quien le proporcionaría otra de sus grandes oportunidades. Rappeneau participó en el guion de L'Homme de Rio (1964), aventura protagonizada por Jean-Paul Belmondo que se convertiría en una referencia del cine de entretenimiento francés. Su escritura demostraba ya una habilidad extraordinaria para combinar aventura, humor, romance y velocidad narrativa.
A mediados de los años sesenta llegó finalmente el momento de ponerse detrás de la cámara.
La Vie de château, estrenada en 1966, fue su debut como director. Catherine Deneuve y Philippe Noiret encabezaron aquella comedia ambientada durante la ocupación alemana, una película que le permitió trasladar a la pantalla algunas de las características que ya habían distinguido su trabajo como guionista: diálogos vivos, personajes carismáticos, sentido del humor, precisión narrativa y un extraordinario cuidado de la puesta en escena.
La película obtuvo el Premio Louis-Delluc y el Premio Especial del Jurado en el Festival de Karlovy Vary, confirmando rápidamente que Rappeneau tenía una personalidad cinematográfica propia.
Sin embargo, su siguiente película tardaría cinco años en llegar.
En 1971 dirigió Les Mariés de l'an II, una aventura histórica protagonizada por Jean-Paul Belmondo y Marlène Jobert. Rappeneau volvía a demostrar su gusto por las historias de ritmo vertiginoso, personajes enfrentados y grandes decorados. La Revolución francesa le proporcionaba un escenario perfecto para combinar acción, romance y comedia.
Cuatro años después llegaría Le Sauvage (1975), con Yves Montand y Catherine Deneuve. El filme consolidó su reputación como director capaz de manejar grandes estrellas sin sacrificar el ritmo ni la personalidad de sus historias. La película superó los dos millones de espectadores en Francia, confirmando que Rappeneau podía combinar prestigio crítico y éxito popular.
Después de Le Sauvage, su ritmo de trabajo volvió a ralentizarse. En 1982 estrenó Tout feu, tout flamme, donde volvió a contar con Yves Montand, esta vez acompañado por Isabelle Adjani. El resultado volvió a encontrar una excelente respuesta del público y superó también los dos millones de espectadores en Francia.
Su escasa producción cinematográfica no respondía a falta de oportunidades. Rappeneau era extremadamente meticuloso. Escribía y reescribía durante largos periodos y prefería permanecer alejado de los rodajes antes que poner en marcha una película en la que todavía no confiara plenamente. Esa exigencia explica los largos silencios entre algunos de sus trabajos.
Y entonces llegó Cyrano de Bergerac.
En 1990 Rappeneau asumió el desafío de trasladar al cine la célebre obra teatral de Edmond Rostand. El proyecto exigía una producción de enormes dimensiones: rodaje en Francia y Hungría, miles de intérpretes y figurantes, centenares de trajes, armas, decorados y un presupuesto considerable para el cine francés de la época.
El director compartió la adaptación y los diálogos con Jean-Claude Carrière y tomó una decisión fundamental: conservar la poesía de Rostand. Los versos no debían sonar como una pieza teatral filmada, sino formar parte natural del lenguaje cinematográfico. El resultado fue una película espectacular, romántica, aventurera y profundamente francesa, capaz de convertir la palabra en acción.
Gérard Depardieu encontró en Cyrano uno de los papeles fundamentales de su carrera. A su lado aparecieron Anne Brochet, Vincent Pérez y Jacques Weber, en un reparto que consiguió dotar al filme de una intensidad extraordinaria.
El éxito fue enorme. Cyrano de Bergerac recibió 13 nominaciones a los César y ganó 10, incluidos los premios a mejor película y mejor director para Rappeneau, además del galardón al mejor actor para Depardieu. También obtuvo cinco nominaciones al Oscar y consiguió la estatuilla al mejor vestuario. Depardieu recibió asimismo el premio de interpretación masculina en Cannes.
El triunfo convirtió a Rappeneau en una figura de dimensión internacional, aunque su respuesta al éxito fue muy coherente con su personalidad: volvió a tomarse su tiempo.
Cinco años después presentó Le Hussard sur le toit (1995), ambiciosa adaptación de la novela de Jean Giono. Juliette Binoche y Olivier Martinez encabezaron una aventura histórica ambientada en la Francia del siglo XIX, nuevamente marcada por grandes escenarios, movimiento, peligro y una historia de amor atravesada por las circunstancias.
El cineasta volvía a demostrar que su idea del espectáculo estaba muy lejos de la simple acumulación de medios. Para él, el gran cine popular necesitaba personajes, diálogos, actores y una historia capaz de avanzar con naturalidad. Su cine podía ser costoso y espectacular, pero jamás parecía construido únicamente alrededor del presupuesto.
Después llegó Bon voyage (2003), una comedia de aventuras ambientada durante la Segunda Guerra Mundial y protagonizada por Isabelle Adjani, Gérard Depardieu, Virginie Ledoyen y Yvan Attal. La película recuperaba muchas de las constantes de su filmografía: personajes atrapados en situaciones extraordinarias, humor, romance, intriga y un ritmo muy cuidado.
Doce años después, cuando muchos daban por terminada su carrera, Rappeneau regresó con Belles Familles (2015), protagonizada por Mathieu Amalric, Marine Vacth, Gilles Lellouche, Nicole Garcia, Karin Viard y André Dussollier. El filme seguía a un hombre que regresaba a la localidad de su infancia para resolver un conflicto relacionado con la antigua casa familiar. El propio Rappeneau reconoció que era un proyecto particularmente personal, relacionado con recuerdos y experiencias de su propia vida.
También existía en Belles Familles un detalle familiar especialmente significativo. Su hijo Julien Rappeneau participó en el guion junto a su padre y Philippe Le Guay, mientras que Martin Rappeneau, otro de sus hijos, compuso la música original.
La familia Rappeneau tenía además otra importante representante en el cine: Élisabeth Rappeneau, hermana menor de Jean-Paul, que desarrolló posteriormente una carrera como directora de televisión y había colaborado con él como guionista. Murió en 2020.
La relación de Jean-Paul Rappeneau con el cine también se extendió más allá de sus propias películas. Fue un importante guionista durante los primeros años de su carrera y participó en proyectos de directores tan diferentes como Louis Malle, Alain Cavalier y Philippe de Broca. En varias ocasiones volvió a demostrar que su capacidad para construir historias precedió a su trabajo como realizador.
Su filmografía como director puede resumirse en ocho largometrajes: La Vie de château (1966), Les Mariés de l'an II (1971), Le Sauvage (1975), Tout feu, tout flamme (1982), Cyrano de Bergerac (1990), Le Hussard sur le toit (1995), Bon voyage (2003) y Belles Familles (2015). Ocho películas en casi cinco décadas, una cifra que dice mucho más sobre su perfeccionismo que sobre una falta de ambición.
Rappeneau pertenecía a una tradición de cineastas que entendían que una película popular podía ser sofisticada, que el espectáculo no tenía por qué estar reñido con la elegancia y que una historia accesible podía esconder un trabajo de escritura extraordinariamente minucioso.
También supo rodearse de intérpretes de primer nivel. Catherine Deneuve, Philippe Noiret, Jean-Paul Belmondo, Marlène Jobert, Yves Montand, Isabelle Adjani, Gérard Depardieu, Juliette Binoche, Mathieu Amalric, Nicole Garcia o André Dussollier forman parte de una galería de actores con los que construyó un cine profundamente ligado al talento interpretativo.
Su estilo se reconocía en la fluidez de la cámara, la precisión de los diálogos y una especial habilidad para conseguir que los personajes avanzaran dentro de la acción sin quedar aplastados por ella. Sus películas tenían movimiento, pero nunca parecían tener prisa por demostrarlo. La aventura, el romance, la comedia y el drama convivían dentro de estructuras cuidadosamente construidas.
Rappeneau también ocupó responsabilidades institucionales dentro de la vida cinematográfica francesa. En 2017 presidió el jurado del Festival Internacional de Cine Policíaco de Beaune y llegó a ejercer como vicepresidente de la Cinémathèque française, después de Costa-Gavras.
En 2025 publicó además Vive allure, una autobiografía escrita junto a Kéthévane Davrichewy. El libro ofreció una oportunidad excepcional para acercarse a la trayectoria de un cineasta que siempre había mantenido cierta distancia de la exposición pública y que prefería hablar a través de sus películas.
La muerte le ha llegado después de una vida prácticamente consagrada al cine. Jean-Paul Rappeneau perteneció a una generación que ayudó a transformar el cine francés y que mantuvo un diálogo constante con Hollywood sin renunciar a una identidad propia.
Su legado no reside únicamente en Cyrano de Bergerac, aunque esa obra baste por sí sola para garantizarle un lugar en la historia. Está también en la reivindicación de un cine capaz de entretener con inteligencia, en la importancia concedida a los guiones y en esa obsesión por conseguir que cada escena encontrara su ritmo exacto.
Rappeneau hizo pocas películas. Pero cada una llevaba detrás años de trabajo, dudas, reescrituras y una voluntad casi artesanal de llegar a la pantalla con la historia perfectamente afinada.
Quizá por eso sus ocho largometrajes poseen una cualidad poco frecuente: parecen películas hechas para permanecer. En una época dominada por la velocidad, Jean-Paul Rappeneau escogió el camino contrario. Esperó. Escribió. Corrigió. Volvió a empezar. Y cuando finalmente encendía la cámara, lo hacía con la seguridad de quien sabía exactamente qué quería contar.
Con su desaparición se marcha uno de los últimos grandes representantes de un cine francés elegante, popular, aventurero y profundamente enamorado de sus personajes. El hombre que llevó a Cyrano hasta las montañas de la pantalla deja tras de sí una obra relativamente pequeña en número, pero enorme en personalidad.
Y, sobre todo, deja una certeza: para Jean-Paul Rappeneau, hacer cine nunca fue una cuestión de cantidad. Cada película tenía que merecer la espera.
Autor: Jordi Quesada Galdeano.






Solo he visto de él, Cyrano de Bergerac con Gerard Depardieu. D.E.P. 🙏🙏
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