ABBY (1974): El exorcismo que Warner Bros. quiso borrar de la historia
ABBY (1974): El exorcismo que Warner Bros. quiso borrar de la historia
Si hablamos de 1973, es imposible no pensar en el impacto sísmico de El Exorcista. Pero mientras Linda Blair daba vueltas a su cabeza en Georgetown, un joven y ambicioso director de Louisville llamado William Girdler vio algo más que una película de terror: vio una oportunidad de oro. Un año después nació Abby, la "Blaxorcista" definitiva, una cinta que no solo desafió a los demonios en pantalla, sino que terminó librando una batalla legal épica contra los gigantes de Hollywood.
Un fenómeno nacido del oportunismo (y el talento)
Girdler no era de los que se andaban con rodeos. En entrevistas para el Louisville Courier Journal, admitió sin tapujos que Abby fue concebida para surfear la ola del éxito de Warner Bros. Con un presupuesto que hoy parece ridículo —apenas unos 100.000 dólares—, logró reunir a un elenco que ya era realeza en el género Blaxploitation. William Marshall, el eterno Blacula, aportó su imponente presencia como el obispo exorcista, mientras que la magnética Carol Speed se hizo con el papel de Abby Williams.
Curiosamente, Speed no era la primera opción; el papel le cayó del cielo después de que la actriz original fuera despedida por exigir un masajista personal. Un lujo que, claramente, una producción de este calibre no podía costear.
Entre deidades Yoruba y discotecas
Lo que hace que Abby sea algo más que un simple "copia y pega" es su trasfondo cultural. Aquí no hay crucifijos romanos; el villano es Eshu, un espíritu yoruba de la sexualidad y el caos, liberado accidentalmente en Nigeria. La transformación de Abby, de una consejera matrimonial devota a una mujer poseída por un deseo insaciable, traslada el horror de la habitación cerrada a las calles y, en un clímax inolvidable, a una discoteca. Ver un exorcismo entre luces de neón y música soul es, sencillamente, puro cine de los 70.
El rodaje "maldito": ¿Realidad o marketing?
Como toda buena película de posesiones, Abby tuvo su ración de infortunios. Se habla de tornados devastadores que interrumpieron el rodaje, fallos eléctricos inexplicables cada vez que el demonio hacía acto de presencia y accidentes reales, como el de Terry Carter, quien terminó con varias costillas rotas. ¿Maldición real o el estrés de una producción a contrarreloj? Sea como sea, la tensión traspasa la pantalla, especialmente en la famosa escena del Cadillac "poseído".
El gigante contra David
El éxito fue fulminante. En solo un mes, la película recaudó 4 millones de dólares en los drive-ins. Pero el éxito fue su condena. Warner Bros., enfurecida por lo que consideraba un plagio descarado, demandó a la distribuidora AIP. La justicia les dio la razón y Abby fue retirada de los cines de forma fulminante.
Durante décadas, circuló la leyenda de que Warner ordenó destruir todas las copias físicas. Por años, la única forma de ver a Abby era a través de cintas VHS de bajísima calidad, lo que solo aumentó su estatus de película "prohibida".
Un legado que se niega a morir
Hoy, Abby es mucho más que una curiosidad histórica. Es un testimonio de una era en la que el cine negro se atrevía con todo, mezclando mitología africana, crítica social y terror visceral. A pesar de su accidentada vida legal y la muerte prematura de Girdler en 1978, la película sobrevive en plataformas como YouTube, recordándonos que, a veces, las películas más interesantes no son las que ganan Oscars, sino las que los grandes estudios intentan borrar del mapa.
Si buscas una experiencia de terror cruda, camp y con alma de soul, es hora de redescubrir a Abby. Porque, como dice la canción escrita por la propia Carol Speed para el filme: su alma es testigo.
Autor: Don Hollywood

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