POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS (2026). EL HORROR FAMILIAR CONVIERTE EL INFIERNO EN CASA

 

POSESIÓN INFERNAL: EN LLAMAS (2026).

 EL HORROR FAMILIAR CONVIERTE EL INFIERNO EN CASA

REPARTO: SOUHEILA YACOUB, TANDI WRIGHT, HUNTER DOOHAN, LUCIANE BUCHANAN, ERROL SHAND, MAUD DAVEY, GEORGE PULLAR, GRETA VAN DEN BRINK, VICTORY NDUKWE, KEANU KARIM

DIRECTOR: SEBASTIEN VANICEK 

MÚSICA: DOUBLE DANGER 

PRODUCTORA: NEW LINE CINEMA 

DURACIÓN: 110 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS, NUEVA ZELANDA

La puerta se abre, el aire se vuelve pesado y, de pronto, aquella casa que parecía destinada a acoger un duelo familiar comienza a respirar como si tuviera vida propia. Posesión infernal: En llamas entra en escena con la intención de recordar por qué esta saga sigue siendo una de las criaturas más resistentes, salvajes y descaradas del cine de terror. Sébastien Vaniček, responsable de Vermin: La plaga, recoge el testigo con un respeto evidente por el espíritu de la franquicia, pero también con suficiente personalidad para llevarla hacia un terreno particularmente incómodo: el de una familia rota cuyos conflictos terminan adquiriendo una dimensión literalmente demoníaca.

La historia coloca en el centro a Alice, una mujer que, después de la muerte de su marido, acude junto a la familia política a una vivienda aislada. El duelo, las heridas antiguas, las relaciones deterioradas y todo aquello que permanece sin decir comienzan a contaminar la convivencia. Y entonces aparece el verdadero problema. Los muertos no parecen demasiado dispuestos a quedarse quietos y los vivos empiezan a descubrir que algunas promesas pueden prolongarse mucho más allá de la tumba.

Vanicek entiende perfectamente que Posesión infernal necesita suciedad. La película tiene algo físico, casi pegajoso. La violencia golpea con una energía desagradablemente cercana y el director aprovecha cada habitación, cada pasillo y cada rincón de la casa para convertir el espacio doméstico en una trampa. La cámara se mueve con nervio cuando debe hacerlo, pero también sabe esperar unos segundos antes de lanzar el siguiente ataque. Ese control del ritmo resulta fundamental porque el espectador nunca termina de sentirse seguro.

El gore ocupa, naturalmente, un lugar privilegiado. Sangre, cuerpos destrozados, criaturas deformes y situaciones que parecen diseñadas para provocar una mezcla de horror, repulsión y carcajada nerviosa aparecen con generosidad. Pero lo interesante es que la película encuentra una cierta personalidad en el conflicto familiar. Los demonios tienen cuernos, dientes y una imaginación bastante retorcida, aunque los auténticos problemas ya estaban dentro de aquella familia antes de que el Necronomicón decidiera complicarlo todo.

Souheila Yacoub sostiene buena parte de la película con una interpretación física, angustiosa y vulnerable. Su personaje atraviesa el relato como alguien que apenas tiene tiempo para asimilar una tragedia antes de verse obligada a enfrentarse con otra todavía peor. Hunter Doohan, Tandi Wright y Luciane Buchanan completan un reparto que funciona especialmente bien cuando la tensión familiar se mezcla con el terror sobrenatural.

También resulta acertado que En llamas no dependa constantemente de referencias nostálgicas. La sombra de Sam Raimi está presente, por supuesto, y la película conoce perfectamente las reglas de la casa, pero Vanicek parece más interesado en utilizar ese legado como combustible que en convertirlo en un álbum de recuerdos para aficionados. El humor negro aparece, aunque el tono general resulta más oscuro y áspero que en algunas de las entregas clásicas.

Quizá su principal debilidad esté precisamente en aquello que constituye también uno de sus mayores atractivos. Cuando la película pisa el acelerador, lo hace con tanta furia que algunos personajes quedan reducidos a piezas dentro de una maquinaria de carnicería. El drama familiar pierde entonces parte de la fuerza que había conseguido construir y el espectáculo comienza a imponerse sobre la emoción.

Aun así, Posesión infernal: En llamas sabe perfectamente qué clase de película quiere ser. No busca la elegancia del terror psicológico ni pretende disfrazar su amor por el exceso. Quiere ensuciarse las manos, retorcer los vínculos familiares, abrir las puertas del infierno y dejar que los demonios hagan el resto. Y lo consigue con una energía considerable.

El resultado es una película feroz, desagradable, divertida en sus momentos más negros y suficientemente perversa como para mantener al espectador en tensión. Cuando llegan los créditos, queda la sensación de haber sobrevivido a una noche particularmente larga en una casa donde nadie debería haber entrado. El Necronomicón vuelve a pasar página y, por fortuna para los amantes del género, todavía quedan algunas cosas capaces de salir de sus páginas para perseguirnos hasta la butaca.

Autor: Don Hollywood



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