MICHAEL HANEKE CIERRA LA PUERTA DEL CINE DESPUÉS DE DIEZ PELÍCULAS

 

MICHAEL HANEKE CIERRA LA PUERTA DEL CINE DESPUÉS DE DIEZ PELÍCULAS

Michael Haneke ha decidido retirarse del cine. A sus 85 años, el director austríaco ha puesto fin a una trayectoria construida con una precisión casi quirúrgica y una filmografía de apenas diez largometrajes que, sin embargo, ocupa un lugar enorme en la historia del cine europeo contemporáneo. La confirmación llega de Markus Schleinzer, cineasta austríaco y antiguo protegido de Haneke, quien mantiene con él una estrecha amistad.

Schleinzer se reunió con el director pocas semanas antes de hacer pública la noticia y encontró a Haneke disfrutando de una vida mucho más doméstica, cocinando para sus amigos y alejado de cualquier urgencia profesional. Según explicó, el cineasta considera que ha completado el recorrido que se había marcado. Diez películas, exactamente el mismo número de largometrajes que realizó uno de sus grandes referentes, Robert Bresson.

La decisión encaja con una personalidad que siempre ha mantenido una relación distante con la exposición pública y con los mecanismos que acompañan a la industria cinematográfica. Haneke nunca pareció especialmente interesado en prolongar una carrera por simple inercia. Desde Happy End, estrenada en 2017, no había vuelto a ponerse detrás de una cámara para dirigir un largometraje, y durante estos últimos años tampoco existía ningún proyecto cinematográfico activo que hiciera pensar en un regreso.

Quizá por eso Happy End haya terminado adquiriendo una condición de despedida que en su momento resultaba imposible de interpretar con tanta claridad. La película retrataba a una acomodada familia francesa atrapada entre secretos, frustraciones, tecnología y una cierta incapacidad para establecer vínculos humanos verdaderos. También mostraba una faceta particularmente sarcástica del director, con un humor negro que atravesaba el relato y que permitía contemplar desde otra perspectiva algunos de los temas que habían acompañado toda su carrera.

Antes de retirarse definitivamente, Haneke llegó a trabajar en un proyecto televisivo ambicioso. Kelvin's Book, concebida como una miniserie de nueve episodios en inglés, estaba desarrollada y contaba incluso con una parte importante de su financiación aportada por el propio cineasta. La pandemia terminó haciendo inviable aquella producción y el proyecto quedó definitivamente aparcado. Con él se desvaneció también una de las últimas posibilidades de volver a contemplar una nueva obra firmada por Haneke.

Su legado, entretanto, permanece intacto. Desde Funny Games hasta La pianista, pasando por Caché, La cinta blanca o Amor, Haneke construyó un cine que exigía una participación activa del espectador. La violencia, la culpa, la incomunicación, la burguesía europea, la manipulación mediática, la tecnología y la fragilidad de los vínculos familiares aparecían una y otra vez bajo una puesta en escena deliberadamente contenida.

El director confiaba en el silencio, en los tiempos muertos, en aquello que quedaba fuera de campo y en la incomodidad que surge cuando una película se niega a proporcionar respuestas tranquilizadoras. Sus imágenes podían permanecer aparentemente inmóviles mientras, al otro lado de la pantalla, el espectador empezaba a sentirse cada vez más incómodo.

Amor llevó esa concepción cinematográfica a uno de sus puntos culminantes. La historia de una pareja de ancianos enfrentada al deterioro físico y a la proximidad de la muerte conquistó la Palma de Oro en Cannes y posteriormente el Oscar a la mejor película internacional. Haneke consiguió abordar una materia emocionalmente devastadora con una austeridad que evitaba cualquier manipulación sentimental. La enfermedad y la vejez estaban allí con toda su crudeza, pero también con una enorme humanidad.

Esa capacidad para mirar aquello que muchas películas prefieren suavizar convirtió a Haneke en una figura fundamental para varias generaciones de cineastas. Su influencia también puede rastrearse en autores como Markus Schleinzer, cuya relación con el director demuestra que su huella trasciende las películas que firmó personalmente.

Schleinzer recuerda a Haneke como un hombre reservado, pero también protector y afectuoso. Durante los festivales de Cannes, el veterano director llegaba a llamarlo con frecuencia para interesarse por los premios que podía conseguir. La imagen resulta especialmente reveladora: detrás del cineasta asociado durante décadas con la frialdad, la violencia psicológica y las heridas morales existía también un amigo atento al recorrido profesional de quienes habían aprendido a su lado.

Cuando asistió al estreno austríaco de Rose, Haneke llegó incluso a calificar la película de Schleinzer como una obra maestra. Un elogio de enorme valor procedente de alguien que nunca se caracterizó precisamente por regalar alabanzas.

Haneke también dejó algunas opiniones sobre el presente que siguen resonando con fuerza. En 2017 calificó las redes sociales como una “cadena de horror maquiavélica”, una definición que hoy, casi una década después, adquiere una resonancia particularmente incómoda. El mundo digital, la vigilancia, la exposición permanente y la pérdida de intimidad ya formaban parte de sus preocupaciones cuando muchos todavía contemplaban esos fenómenos como simples transformaciones tecnológicas.

Ahora su cámara queda definitivamente apagada. Queda una filmografía breve en cantidad y extraordinariamente poderosa en influencia, capaz de provocar discusiones, rechazo, admiración y desconcierto muchos años después de cada estreno.

Michael Haneke se marcha siguiendo una lógica muy suya: sin grandes ceremonias, sin una última película concebida expresamente como testamento y sin necesidad de explicar demasiado su decisión. Diez películas le han bastado para dejar una de las miradas más reconocibles del cine europeo de las últimas décadas.

Y quizá exista una última ironía en que Happy End haya terminado siendo, con su título deliberadamente ambiguo, el punto final de una carrera tan poco complaciente. Después de tantos años obligando al público a mirar de frente aquello que preferiría evitar, Haneke ha decidido simplemente cerrar la puerta y continuar su vida lejos de los rodajes. Su cine, en cambio, seguirá allí, esperando al próximo espectador dispuesto a enfrentarse a él.

Autor: Jordi Quesada Galdeano


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