MARLON BRANDO, EL GENIO AL QUE OLIVER STONE PREFIRIÓ NO TENER CERCA
MARLON BRANDO, EL GENIO AL QUE OLIVER STONE PREFIRIÓ NO TENER CERCA
Trabajar con Marlon Brando debía de ser una experiencia parecida a invitar a un huracán a rodar una escena. Todo el mundo quería tenerlo delante de una cámara porque su presencia podía elevar cualquier película, pero quienes habían compartido un set con él también conocían el reverso de aquella grandeza. Brando podía ser magnético, imprevisible, exigente y capaz de convertir una jornada de rodaje en una prueba de resistencia.
Oliver Stone conocía perfectamente esa reputación cuando preparaba JFK. Y, pese a todo, llegó a pensar en él.
La película necesitaba un reparto de enorme personalidad. Stone estaba reconstruyendo el asesinato de John F. Kennedy desde una perspectiva política, judicial y conspirativa, y uno de los elementos esenciales del relato era el misterioso señor X, un personaje que aparece durante una larga conversación con Jim Garrison y que aporta algunas de las revelaciones más importantes de la historia.
El papel terminó en manos de Donald Sutherland, pero antes de que el director llegara hasta él apareció en escena el nombre que parecía capaz de resolver cualquier problema de casting: Marlon Brando.
A esas alturas, Brando rondaba los setenta años y ya no encajaba físicamente en el papel de Garrison, el fiscal interpretado finalmente por Kevin Costner. Para el señor X, sin embargo, su edad y su personalidad podían jugar a favor. Era un personaje enigmático, autoritario, inteligente, alguien capaz de dominar una habitación simplemente ocupando una silla.
¿Quién mejor que Brando?
La pregunta tenía una respuesta evidente y, al mismo tiempo, un problema considerable.
Stone acabó contactando con él. El propio director reconocería posteriormente que quizá había cometido una imprudencia al hacerlo. Sabía que Brando era una leyenda, pero también sabía que trabajar con él podía resultar extremadamente complicado.
La negativa del actor terminó produciendo en Stone una mezcla curiosa de decepción y alivio.
Porque el director quería a Brando en su película. Naturalmente que lo quería. Cualquier cineasta habría sentido la tentación de colocar delante de su cámara al protagonista de Un tranvía llamado Deseo, La ley del silencio, El padrino o Apocalypse Now. El problema consistía en imaginar qué ocurriría después.
Stone había tenido suficientes dificultades para encontrar a su protagonista. Su primera elección para interpretar a Jim Garrison había sido Harrison Ford, pero el actor no terminó de sentirse cómodo con un personaje tan complejo y cargado de matices. El papel acabó siendo ofrecido a Kevin Costner, que inicialmente ya había rechazado trabajar con Stone en Platoon. En aquella ocasión, sus razones estaban relacionadas con su hermano, veterano de Vietnam. Para JFK, sin embargo, Costner cambió de opinión.
La incorporación de Costner permitió que el proyecto avanzara, pero todavía quedaba ese misterioso señor X.
Y allí apareció Brando.
Stone recordó años después que había acudido a él sabiendo perfectamente lo que podía encontrarse. La comparación con Apocalypse Now resultaba inevitable: Francis Ford Coppola había tenido que lidiar con un Brando extraordinariamente difícil durante aquella producción, y el actor terminó convirtiendo al coronel Kurtz en una presencia monumental que prácticamente escapaba al control del director.
Stone no parecía dispuesto a repetir la experiencia.
El problema era que Brando tenía una cualidad que hacía difícil descartarlo: cuando aparecía en pantalla, todo parecía adquirir una dimensión distinta.
El señor X necesitaba precisamente eso. Su intervención funciona como una pieza decisiva dentro del enorme mecanismo narrativo de JFK. El personaje escucha, responde, revela información y altera la percepción del espectador sobre lo que acaba de suceder. Sutherland comprendió perfectamente la naturaleza de aquella aparición y construyó una interpretación contenida, inquietante y llena de autoridad.
Con Brando, probablemente habría sido otra película.
Stone llegó a imaginar el problema antes de que pudiera producirse. Una intervención pensada para durar un tiempo concreto podía haberse convertido en una secuencia mucho más extensa. El director llegó a bromear con que, si Brando hubiese aceptado, aquella escena habría durado el doble.
Y ahí estaba la verdadera cuestión.
Brando no tenía la costumbre de pasar desapercibido.
Su manera de trabajar, su personalidad y su enorme autoridad artística hacían muy difícil imaginarlo entrando en JFK para aparecer durante unos pocos minutos y marcharse sin alterar el equilibrio de la película. El señor X era fundamental para el relato, pero seguía siendo una pieza dentro de un mecanismo coral. Brando podía haber convertido aquella pieza en el centro del tablero.
Donald Sutherland resultó una elección mucho más adecuada para las necesidades de Stone. Su presencia impone respeto sin reclamar constantemente la atención. La escena tiene el peso suficiente para marcar un antes y un después en la película, pero continúa perteneciendo al conjunto.
Y eso quizá explique por qué Stone respiró tranquilo cuando Brando dijo que no.
Resulta paradójico que uno de los mayores deseos de cualquier director pueda convertirse también en uno de sus mayores temores. Tener a Marlon Brando delante de la cámara significaba disponer de un intérprete capaz de hacer algo que muy pocos podían conseguir: modificar la temperatura de una película con una mirada, una pausa o una frase.
Pero también significaba aceptar que aquella personalidad podía crecer hasta desbordar los límites previstos.
Stone eligió finalmente la opción que mejor servía a JFK. Sutherland hizo suyo al señor X y protagonizó una de las secuencias más memorables de la película. Brando se quedó fuera.
Quizá fue una lástima. Quizá fue una bendición.
Porque el cine está lleno de actores extraordinarios, pero muy pocos han conseguido convertirse en un acontecimiento cada vez que aparecían en pantalla. Marlon Brando pertenecía a esa categoría. Su talento podía ser un regalo y su presencia, una complicación.
Oliver Stone tuvo que decidir entre ambas cosas.
Y cuando Brando rechazó el papel, probablemente perdió la oportunidad de trabajar con uno de los actores más grandes de la historia.
Pero también ganó algo que, durante un rodaje tan gigantesco y agotador como el de JFK, podía valer exactamente lo mismo: unas cuantas horas de tranquilidad.
Autor: Don Hollywood

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