LA AMBICIÓN DE LOS SAVAGE (2026). EL PODER DE LA APARIENCIA SE CONVIERTE EN UNA FIESTA SALVAJE

 


EL OJO CRITICO

LA AMBICIÓN DE LOS SAVAGE (2026).

EL PODER DE LA APARIENCIA SE CONVIERTE EN UNA FIESTA SALVAJE


REPARTO: RICHARD E. GRANT, CLAIRE FOY, JACK FARTHING, BEL POWLEY, KILA LORD CASSIDY, VICKI PEPPERDINE, ROBERT BATHURST, RICHARD McCABE, PIP TORRENS

DIRECTOR: PETER GLANZ 

PRODUCTORA: REPUBLIC PICTURES 

DURACIÓN: 115 min.

PAÍS: REINO UNIDO

El siglo XVIII que propone La ambición de los Savage está hecho de pelucas empolvadas, vestidos imposibles, mansiones que empiezan a enseñar sus grietas y personajes capaces de sonreír mientras calculan cuánto pueden sacar de la persona que tienen delante. Peter Glanz se adentra en ese universo con una comedia negra de modales venenosos, una película que contempla la obsesión por ascender socialmente como una enfermedad contagiosa. Y quizá por eso su retrato de aquella sociedad resulte bastante más cercano de lo que cabría esperar.

En el centro de semejante circo aparece Sir Chauncey Savage, un aristócrata venido a menos, cargado de deudas y con una necesidad casi física de recuperar el prestigio perdido. Richard E. Grant encuentra en el personaje un terreno magnífico para desplegar esa mezcla suya de elegancia, extravagancia y desquiciamiento que tan bien funciona cuando un papel le permite perder progresivamente el control. Chauncey es un hombre que entra en cada habitación como si fuera dueño de ella, aunque en el bolsillo apenas tenga con qué pagar la siguiente factura. Su desesperación por aparentar riqueza y poder convierte cada gesto en una pequeña representación teatral.

A su lado, Claire Foy interpreta a Lady Savage con una inteligencia mucho más fría. Ella comprende perfectamente las reglas del juego y sabe que la supervivencia dentro de esa clase social depende de mantener las apariencias incluso cuando todo se está viniendo abajo. La relación entre ambos proporciona algunos de los mejores momentos de la película, porque entre marido y mujer existe una complicidad construida sobre la ambición, el cálculo y una considerable capacidad para engañarse mutuamente.

La llegada de unos invitados pertenecientes a la alta sociedad desencadena el desastre. Los Savage quieren organizar una recepción memorable, demostrar que siguen perteneciendo al círculo privilegiado y convertir su casa en el escenario perfecto para una nueva vida. El problema es que la realidad tiene la desagradable costumbre de entrar por la puerta principal sin pedir permiso. Las deudas, las rivalidades, los duelos, las infidelidades, la enfermedad y una violencia que va creciendo bajo la superficie terminan transformando aquella operación de prestigio en una auténtica pesadilla.

Glanz maneja ese descenso hacia el caos con un sentido visual muy marcado. La belleza de los decorados convive constantemente con la suciedad, el deterioro y la sensación de que debajo de cada alfombra existe algo que nadie quiere mirar. La fotografía de Adriano Goldman contribuye a crear un mundo donde la luz de las velas convierte los rostros en máscaras y los grandes salones adquieren una atmósfera casi fantasmal. Todo parece diseñado para ser contemplado, aunque detrás del espectáculo se esconda una sociedad profundamente enferma.

Uno de los grandes aciertos consiste precisamente en no convertir la sátira en un simple desfile de extravagancias. La ambición de los Savage habla de la necesidad humana de ser admirado, de esa carrera interminable por conseguir reconocimiento y de la facilidad con la que el prestigio puede confundirse con la felicidad. Cambian los trajes, las pelucas y las normas sociales, pero la vanidad conserva una sorprendente capacidad para sobrevivir a los siglos.

Richard E. Grant disfruta cada segundo. Su interpretación tiene algo de animal acorralado que todavía pretende comportarse como un caballero. Puede resultar ridículo, patético, divertido e incluso inquietante dentro de una misma escena. Esa inestabilidad convierte a Chauncey en el motor de una película que necesita un protagonista dispuesto a lanzarse al vacío sin mirar dónde va a caer.

El resultado es una comedia negra irregular en determinados pasajes, pero con personalidad suficiente para dejar huella. Cuando la película aprieta el acelerador, el elegante retrato de época se transforma en una fiesta de decadencia, sangre y ego descontrolado. Y ahí encuentra Glanz su mejor territorio: en ese instante en que todos continúan sonriendo mientras el mundo que han construido comienza a arder.

La ambición de los Savage termina dejando una imagen especialmente mordaz: una casa magnífica, llena de invitados, vestidos de gala y conversaciones refinadas, mientras debajo de esa fachada se acumula el desastre. Una película sobre gente desesperada por parecer importante que descubre, demasiado tarde, cuánto cuesta mantener una mentira. Y Richard E. Grant, con esa capacidad extraordinaria para hacer del exceso una forma de arte, consigue que el viaje hacia la ruina resulte tan divertido como incómodo.

Autor: Don Hollywood





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