JACQUES TATI, EL VISIONARIO QUE SE RIÓ DEL MUNDO MODERNO ANTES DE QUE EXISTIERA

 


JACQUES TATI, EL VISIONARIO QUE SE RIÓ DEL MUNDO MODERNO ANTES DE QUE EXISTIERA

Jacques Tati (9 de octubre de 1907 - 5 de noviembre de 1982) entendió antes que muchos otros cineastas que la modernidad podía ser una fuente inagotable de comedia. Mientras el cine internacional abrazaba los grandes espectáculos y Francia comenzaba a prepararse para la revolución de la Nouvelle Vague, aquel hombre alto, desgarbado y de movimientos imposibles recuperaba el espíritu de los grandes cómicos del cine mudo. Chaplin, Harold Lloyd y Buster Keaton fueron sus referentes, pero Tati terminó construyendo un universo propio, reconocible desde el primer gesto.

Nacido en Francia en el seno de una familia de ascendencia aristocrática rusa, Jacques Tatischeff tuvo una relación complicada con los estudios. Abandonó pronto la escuela y encontró en la interpretación un camino mucho más adecuado para su personalidad. Sus primeros espectáculos de vodevil estaban construidos alrededor de la observación y la imitación de deportistas. Tenistas, boxeadores y futbolistas se convertían en materia prima para una forma de humor profundamente física, heredera directa de la tradición francesa del mimo.

Aquella experiencia acabaría siendo fundamental para su cine. Tati comprendió que un cuerpo puede contar una historia sin necesidad de recurrir continuamente a las palabras. De ahí surgiría una de las características esenciales de su obra: personajes que hablan poco, gestos que dicen mucho y escenarios en los que cualquier objeto puede convertirse en protagonista de un gag.

Después de varios cortometrajes, consiguió realizar Día de fiesta en 1949 gracias, entre otras cosas, al respaldo de los habitantes de la localidad del Loira donde había pasado los años de la guerra. Tati interpretaba a François, un cartero ingenuo y bienintencionado que intenta modernizar su manera de trabajar después de contemplar las nuevas técnicas de reparto estadounidenses. El resultado era una comedia sencilla en apariencia, pero ya cargada de una de las grandes preocupaciones del director: una sociedad que avanza a toda velocidad y deja atrás a quienes no consiguen seguir su ritmo.

Cuatro años después apareció el personaje que terminaría convirtiéndose en su alter ego cinematográfico. Las vacaciones de M. Hulot llevó a Tati hasta una localidad costera durante las vacaciones estivales y presentó a un hombre elegante a su manera, larguirucho, despistado y absolutamente incapaz de comportarse según las reglas sociales convencionales.

M. Hulot apenas necesita hablar. Su manera de caminar, su sombrero, sus pantalones, su pipa y aquella forma suya de provocar pequeños desastres involuntarios bastan para convertirlo en una figura inolvidable. La película conquistó al público y recibió el Premio de la Crítica Internacional en Cannes, además de alcanzar una extraordinaria repercusión comercial en Estados Unidos.

El éxito permitió a Tati aumentar sus ambiciones. En 1958 llegó Mi tío, una sátira deliciosa sobre el entusiasmo de la burguesía por la tecnología, el diseño y las viviendas ultramodernas. La casa de la película, llena de mecanismos y objetos que parecen haber sido diseñados para complicar la vida cotidiana, se convierte prácticamente en otro personaje.

También aquí Tati llevó el sonido hasta terrenos poco habituales. Las voces humanas pierden protagonismo frente a timbres, motores, golpes, electrodomésticos y todo tipo de ruidos que construyen una auténtica sinfonía del absurdo cotidiano. El filme obtuvo el Premio Especial del Jurado en Cannes y el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. La ceremonia le permitió además encontrarse con Harold Lloyd y Buster Keaton, dos de los artistas que habían alimentado su imaginación desde sus comienzos.

Después llegó la locura de Playtime. Tati quiso construir una película monumental en todos los sentidos. Rodada en 70 mm, necesitó levantar una gigantesca ciudad artificial que funcionaba como escenario de una sociedad dominada por la arquitectura, la burocracia, el consumo y la tecnología. M. Hulot se mueve por aquel laberinto de cristal y hormigón como un visitante perdido en su propio futuro.

La película anticipó cuestiones que hoy resultan sorprendentemente familiares: la uniformidad de las grandes ciudades, la pérdida de identidad, la obsesión por la eficiencia, la internacionalización de las costumbres y la dificultad para establecer relaciones humanas auténticas dentro de un entorno cada vez más mecanizado.

Tati llevó su perfeccionismo hasta el límite. El rodaje se prolongó durante años, seguido por un larguísimo proceso de montaje. La producción terminó devorando una fortuna y el fracaso comercial dejó al director en una situación económica desesperada. Llegó a hipotecar su casa y a vender los derechos de algunas de sus películas para intentar sobrevivir.

El golpe fue devastador. Los productores franceses dejaron de confiar en él y el público estadounidense, que había celebrado sus trabajos anteriores, tampoco respondió como esperaba. El cine estaba cambiando y la industria tenía cada vez menos paciencia para un creador capaz de dedicar años a una sola película.

Tati regresó en 1971 con Trafic, una producción mucho más modesta realizada en los Países Bajos. M. Hulot vuelve a enfrentarse a una civilización gobernada por automóviles, carreteras, atascos y máquinas. La película conserva su particular sentido del humor, aunque bajo sus imágenes se percibe una cierta melancolía. Es la última gran aventura cinematográfica de un personaje que parece observar cómo el mundo que lo rodea avanza hacia un lugar en el que ya no encuentra su sitio.

Durante su última década, Tati tuvo que aceptar trabajos para televisión y publicidad mientras intentaba recuperar los derechos de sus películas. El hombre que había construido una de las obras más personales del cine europeo terminó sus días con serias dificultades económicas.

Murió en París el 5 de noviembre de 1982, a los 75 años, a causa de una embolia pulmonar. Fue enterrado discretamente en el panteón de la familia Tatischeff del antiguo cementerio de Saint-Germain-en-Laye.

Su legado, sin embargo, estaba lejos de desaparecer. En su tumba quedó un pequeño homenaje a su universo: una réplica de una rueda de bicicleta acompañada por una cámara. Una imagen perfecta para despedir a un cineasta que hizo de lo cotidiano un espectáculo y que supo detectar, varias décadas antes, una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.

Tati miraba a las máquinas, las ciudades y los nuevos hábitos con una sonrisa aparentemente inocente. Detrás de ella había una preocupación mucho más profunda: mientras la tecnología multiplicaba las formas de comunicarnos, las personas podían terminar perdiendo aquello que las hacía verdaderamente humanas. M. Hulot caminaba por ese mundo sin comprender del todo sus reglas, pero quizá precisamente por eso veía con mayor claridad lo que los demás habían dejado de mirar.

Autor: Django il bastardi


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