HAMPA DORADA (1931). EL HOMBRE QUE CONVIRTIÓ LA AMBICIÓN EN UNA FORMA DE VIOLENCIA

 


EL CINE DE LOS AÑOS 30.

HAMPA DORADA (1931)

 EL HOMBRE QUE CONVIRTIÓ LA AMBICIÓN EN UNA FORMA DE VIOLENCIA

REPARTO: EDWARD G. ROBINSON, DOUGLAS FAIRBANKS JR., GLENDA FARRELL, STANLEY FIELDS, SIDNEY BLACKMER, WILLIAM COLLIER JR., RALPH INCE, GEORGE E. STONE

DIRECTOR: MERVYN LE ROY 

MÚSICA: DAVID MENDOZA 

PRODUCTORA: WARNER BROS 

DURACIÓN: 78 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS

Antes de que el cine de gánsteres terminara de definir sus códigos, Hampa dorada ya había comprendido algo esencial: el criminal no necesita ser un monstruo para resultar aterrador. A veces basta con que sea inteligente, carismático y absolutamente incapaz de detenerse. En manos de Edward G. Robinson, César Enrico «Rico» Bandello se convierte en una de las criaturas más fascinantes y peligrosas que había producido el cine estadounidense hasta entonces.

La película de Mervyn LeRoy avanza con la velocidad de un disparo. Rico llega a la gran ciudad con hambre de poder y la certeza de que el mundo pertenece a quienes se atreven a tomarlo. Su ascenso es vertiginoso, casi hipnótico. Cada golpe de suerte parece confirmar su filosofía: el dinero compra respeto, la violencia garantiza obediencia y el miedo puede ocupar el lugar de la admiración.

Pero lo extraordinario de Hampa dorada es que nunca presenta a Rico como un simple delincuente. Robinson lo interpreta como un hombre que ha convertido su propia ambición en una religión. Su cuerpo pequeño, su rostro afilado y esa mirada que parece atravesar a cualquiera que tenga delante crean una presencia descomunal. Rico no necesita gritar para imponerse. A menudo basta con que entre en una habitación para que el aire cambie.

Edward G. Robinson construye al personaje desde la contradicción. Rico es brutal, pero también posee una inteligencia casi infantil en su fascinación por el lujo y el poder. Quiere ascender porque no soporta la idea de volver a ser insignificante. El dinero no le interesa únicamente por lo que puede comprar, sino por lo que representa: la prueba de que ha dejado atrás al hombre que fue. Su tragedia consiste en que, cuanto más sube, más prisionero se vuelve de la imagen que ha creado.

La película posee una energía directa, seca y extraordinariamente moderna. Los tiroteos, las traiciones y los enfrentamientos no aparecen como simples adornos de la trama, sino como el lenguaje natural de un universo en el que nadie confía realmente en nadie. El crimen organizado se presenta como una estructura de poder, una especie de empresa gobernada por la ambición y sostenida por la violencia. La ley existe, pero parece llegar siempre un paso por detrás.

Frente a Rico aparece una posibilidad distinta de vida. La amistad, el amor y la lealtad representan caminos que podrían haberlo salvado, pero él no sabe caminar por ellos. Su mayor debilidad no es la falta de sentimientos, sino su incapacidad para aceptar cualquier vínculo que no pueda controlar. Rico puede conquistar una ciudad, pero no sabe qué hacer con el afecto. Puede comprar un traje, un coche o una posición, pero no puede comprar la paz.

Algunas soluciones narrativas pertenecen claramente a la moralidad de su tiempo, y la película necesita conducir a su protagonista hacia un destino inevitable. Sin embargo, su fuerza permanece intacta porque Robinson consigue que la caída de Rico no sea únicamente el castigo de un criminal, sino el derrumbe de un hombre que jamás aprendió a desear otra cosa que no fuera estar por encima de los demás.

Hampa dorada es una película de ascenso y caída, pero sobre todo es una película sobre el vacío que existe en la cima. Rico Bandello consigue todo aquello que cree querer y, cuando finalmente contempla el mundo desde lo más alto, descubre que sigue siendo el mismo hombre hambriento que llegó a la ciudad con los bolsillos vacíos.

Edward G. Robinson no interpreta a un gánster: lo convierte en un mito. Un hombre diminuto frente a la inmensidad de sus ambiciones, pero gigantesco cuando aparece en pantalla. Y cuando la historia termina, queda la imagen de una figura que corrió tan deprisa hacia el poder que nunca tuvo tiempo de preguntarse qué haría con él cuando finalmente lo alcanzara.

Autor: Don Hollywood



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