EL MONSTRUO DE CRETA (1960). ESPADAS, DESEOS Y UN MINOTAURO EN LA OSCURIDAD
EL MONSTRUO DE CRETA (1960).
ESPADAS, DESEOS Y UN MINOTAURO EN LA OSCURIDAD
EL MONSTRUO DE CRETA (1960)
REPARTO: BOB MATTHIAS, ROSANNA SCHIAFFINO, ALBERTO LUPO, SUSANNE LORET, RIK BATTAGLIA, PAUL MULLER, ALBERTO PLEBANI, CARLO TAMBERLANI, NERIO BERNARDI,TINA LATTANZI, TIZIANA CASETTI, MILO MALAGOLI
DIRECTOR: SILVIO AMADIO
MÚSICA: CARLO RUSTICHELLI
PRODUCTORA: ILLIRIA FILM
DURACIÓN: 92 min.
PAÍS: ITALIA
Una isla dominada por el miedo, un palacio lleno de conspiraciones, dos princesas enfrentadas por la sangre y, bajo las piedras de Creta, una criatura que reclama sacrificios humanos. Con esos ingredientes, El monstruo de Creta se lanza de cabeza al cine de aventuras mitológicas que tanto entusiasmo despertó en la Italia de los años sesenta. Silvio Amadio dirige una película que entiende perfectamente qué espera el espectador cuando se sienta ante una historia de héroes, espadas, túnicas, pasadizos y monstruos.
Bob Mathias encarna a Teseo con la contundencia física que cabía esperar de un protagonista convertido en estrella gracias a su condición de atleta olímpico. Su presencia llena la pantalla. Mathias no necesita demasiados artificios para transmitir fortaleza: basta con verle avanzar, empuñar una espada o enfrentarse a una situación peligrosa para comprender qué clase de héroe pretende ser. Su interpretación, eso sí, posee una rigidez evidente, una cierta solemnidad que a veces convierte algunos diálogos en piezas involuntariamente divertidas. Pero precisamente ahí aparece parte del encanto de la película. El monstruo de Creta pertenece a un cine que no teme mostrar sus cartas y que disfruta con cada golpe de espada, cada túnica agitada por el viento y cada mirada cargada de amenaza.
Rosanna Schiaffino aporta buena parte de la electricidad dramática. Su doble papel como Fedra y Arianna permite construir un juego de identidades, celos y ambición que termina adquiriendo más peso que la propia criatura anunciada por el título. Fedra gobierna desde la crueldad y utiliza el miedo al Minotauro para mantener sometidos a quienes la rodean, mientras Arianna representa la posibilidad de escapar de ese universo dominado por la violencia. La película se mueve así entre el relato mitológico y el melodrama de palacio, con traiciones, pasiones y venganzas cruzándose continuamente.
Y entonces aparece el Minotauro. Esa espera constituye uno de los rasgos más curiosos de la película. El monstruo permanece oculto durante buena parte del metraje, convertido en una presencia casi legendaria antes de adquirir forma. Cuando finalmente emerge de las profundidades, la criatura responde a la estética artesanal de aquella época: maquillaje, caracterización y efectos físicos que hoy pueden provocar una sonrisa, pero que conservan una textura cinematográfica imposible de reproducir con imágenes digitales. Su aspecto resulta extraño, tosco y hasta desconcertante, pero precisamente por eso posee personalidad.
El laberinto y sus sombras ofrecen algunos de los momentos más atractivos. La película sabe que la oscuridad puede ser un aliado formidable y juega con corredores, puertas, antorchas y rincones donde cualquier amenaza parece posible. El problema llega cuando la aventura necesita alcanzar una verdadera dimensión épica. Las coreografías de combate son irregulares y algunas escenas revelan las limitaciones de una producción que trabaja con recursos modestos. Aun así, el ritmo consigue mantener la atención gracias a una sucesión constante de persecuciones, enfrentamientos y maniobras políticas.
Lo más interesante de El monstruo de Creta quizá se encuentre en su manera de mezclar distintas tradiciones. La leyenda de Teseo y el Minotauro sirve como punto de partida, pero el guion introduce conflictos de identidad, luchas por el poder y relaciones familiares que alejan la historia de una adaptación estricta del mito.
Vista hoy, resulta fácil detectar sus ingenuidades, sus interpretaciones excesivamente enfáticas y unas soluciones visuales que pertenecen por completo a otra época. Sin embargo, también posee una cualidad que muchas producciones modernas han perdido: la voluntad de construir un espectáculo con elementos físicos reconocibles. Se ven las espadas, se sienten las piedras, se escuchan los pasos en los corredores y se percibe el sudor de quienes luchan.
El monstruo de Creta no pretende reinventar la mitología. Quiere llevar al espectador hasta una Creta de cartón piedra, ponerle una espada en la mano a Bob Mathias, rodearlo de conspiraciones y conducirlo finalmente hasta una bestia encerrada bajo tierra. Y en ese propósito sencillo encuentra su encanto. Es cine de aventuras hecho con entusiasmo, músculo y una imaginación desbordada, una de esas películas que sobreviven porque todavía conservan el aroma de una época en la que bastaban un héroe, una princesa, un laberinto y un monstruo para abrir las puertas de la fantasía.
Autor: Don Hollywood


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