EL HOTEL DEL TERROR (1960). CUANDO UN PUEBLO DECIDE NO DEJAR MORIR A SUS BRUJAS

 


EL HOTEL DEL TERROR (1960).

 CUANDO UN PUEBLO DECIDE NO DEJAR MORIR A SUS BRUJAS

REPARTO: CHRISTOPHER LEE, DENNIS LOTIS, PATRICIA JESSEL, TOM NAYLOR, BETTA ST. JOHN, VENETIA STEVENSON, NORMAN MACOWAN, VALENTINA DYALL, ANN BEACH, FRED JOHNSON

DIRECTOR: JOHN LLEWELLYN MOXEY 

MÚSICA: DOUGLAS GAMBLEY 

PRODUCTORA: BRITANNIA FILMS 

DURACIÓN: 78 min.

PAÍS: REINO UNIDO


Una carretera perdida, una noche que parece no terminar nunca y un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra donde el tiempo se ha detenido con una obstinación inquietante. Así comienza El hotel del terror, una de esas películas que parecen esperar pacientemente a que el espectador baje la guardia para introducirle, casi sin que se dé cuenta, en un territorio donde las leyendas tienen cuerpo, memoria y una sorprendente capacidad para sobrevivir. Dirigida por John Llewellyn Moxey en 1960, esta producción británica de apenas hora y cuarto posee una atmósfera mucho más poderosa que sus modestos medios.

El blanco y negro resulta fundamental. La niebla envuelve las calles de Whitewood, las fachadas parecen guardar secretos detrás de cada ventana y el célebre hotel se convierte poco a poco en una trampa visual. Moxey entiende que el miedo también puede construirse dejando espacios vacíos, prolongando una mirada, haciendo que una puerta tarde un segundo más de lo necesario en abrirse. La película no necesita saturar la pantalla de monstruos. Le basta con insinuar que detrás de la normalidad existe algo podrido.

La historia de Nan Barlow, una joven estudiante fascinada por la brujería, sirve como puerta de entrada a ese universo. Su curiosidad académica la lleva hasta un lugar marcado por una antigua ejecución y por una maldición que nadie parece dispuesto a considerar realmente extinguida. El gran acierto consiste en que Whitewood no se presenta como un pueblo pintoresco con habitantes extravagantes. Desde su primera aparición transmite una sensación de territorio cerrado, casi clandestino, como si sus vecinos compartieran un pacto que ningún forastero debería descubrir.

Patricia Jessel deja una huella formidable. Su presencia posee una cualidad incómoda, casi hipnótica, y convierte a su personaje en uno de los grandes hallazgos del filme. Christopher Lee, por su parte, aparece en un registro que le resulta particularmente apropiado: elegante, severo, culto y dueño de una mirada capaz de transformar una conversación aparentemente inocente en una amenaza. Como profesor Alan Driscoll, Lee demuestra que para inquietar no siempre hace falta levantar la voz. Su autoridad nace precisamente de la calma.

Resulta especialmente interesante que El hotel del terror haya quedado asociada con Psicosis cuando ambas películas llegaron a las pantallas en 1960. Las semejanzas de determinados recursos pueden llamar la atención, pero la película de Moxey ya había iniciado su rodaje antes de que Hitchcock comenzara la producción de la suya. Esa circunstancia permite contemplar hoy el filme desde una perspectiva más justa: estamos ante una obra que participa de un momento particularmente fértil del terror cinematográfico y que encontró su propia manera de mezclar misterio, brujería, suspense y horror sobrenatural.

Quizá su mayor virtud sea precisamente su capacidad para generar una sensación de pesadilla sin recurrir al exhibicionismo. El terror se encuentra en las ceremonias nocturnas, en las sombras, en los silencios de los habitantes, en esa impresión creciente de que escapar de Whitewood puede resultar bastante más complicado que llegar hasta allí. Algunas soluciones narrativas han envejecido y determinados personajes quedan inevitablemente condicionados por el cine de su época, pero la película conserva una personalidad muy definida.

Moxey, debutante entonces en el largometraje, dirige con una sobriedad que beneficia enormemente al conjunto. Su cámara convierte el pueblo en una especie de organismo vivo y consigue que el espectador mire cada esquina con cierta desconfianza. Cuando el misterio finalmente se abre paso, la película ya ha hecho su trabajo: nos ha instalado dentro de una atmósfera en la que cualquier detalle puede esconder una amenaza.

El hotel del terror merece ser rescatada del rincón de las curiosidades y contemplada como una pequeña pieza de culto del terror británico de los sesenta. No pretende competir con las grandes producciones de su tiempo. Su fuerza está en otra parte: en el clima, en el blanco y negro, en sus rostros inquietantes y en esa sensación deliciosamente desagradable de haber llegado a un lugar donde los muertos todavía tienen asuntos pendientes.

Cuando termina, Whitewood permanece en la memoria como esos pueblos que uno recuerda después de despertar de una pesadilla. Y quizá ahí reside la auténtica magia de la película: durante unos minutos consigue que miremos la oscuridad con la incómoda sospecha de que alguien, desde algún lugar, también nos está mirando.

Autor: Don Hollywood



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