EL FUEGO Y LA PALABRA (1960). BURT LANCASTER EN ESTADO DE GRACIA FRENTE AL PODER DE LA FE
EL FUEGO Y LA PALABRA (1960).
BURT LANCASTER EN ESTADO DE GRACIA FRENTE AL PODER DE LA FE
REPARTO: BURT LANCASTER, JEAN SIMMONS, SHIRLEY JONES, ARTHUR KENNEDY, DEAN JAGGER, REX INGRAM, HUGH MARLOWE, EDWARD ANDREWS, JOHN McINTIRE,PHILIP OBER, NARRY KELLEY, PATTI PAGE, JOE MAROSS
DIRECTOR: RICHARD BROOKS
MÚSICA: ANDRE PREVIN
PRODUCTORA: UNITED ARTISTS
DURACIÓN: 147 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Richard Brooks lanzó en 1960 una película que todavía conserva una capacidad extraordinaria para incomodar. El fuego y la palabra se mete en el corazón de la América religiosa para seguir los pasos de Elmer Gantry, un hombre que parece haber nacido con un talento sobrenatural para hablar, convencer y conseguir que los demás hagan exactamente aquello que él desea. Burt Lancaster se apodera del personaje con una fuerza arrolladora y convierte su interpretación en el auténtico motor de una película feroz, apasionada y sorprendentemente moderna.
Elmer aparece en escena como un buscavidas de moral bastante flexible. Bebe, juega, persigue mujeres y sobrevive gracias a su capacidad para desenvolverse en cualquier ambiente. Un encuentro casual con un grupo de predicadores le descubre un territorio donde su prodigiosa facilidad de palabra puede resultar todavía más rentable. La religión entra entonces en su vida como una oportunidad y él se lanza sobre ella con el entusiasmo de quien acaba de encontrar el negocio perfecto.
Burt Lancaster está sencillamente extraordinario.
Su Elmer
Gantry parece incapaz de permanecer quieto. Se mueve, gesticula,
sonríe, amenaza, seduce y predica con una energía física que llena
cada plano. Su boca parece tener vida propia y sus sermones adquieren
la cadencia de un espectáculo teatral. Lancaster consigue algo
especialmente complicado: hacer que detestemos al personaje y, al
mismo tiempo, sintamos una irresistible curiosidad por seguir
contemplándolo.
Porque Elmer es un canalla, pero también
posee una vitalidad contagiosa. Tiene inteligencia, instinto y una
capacidad casi hipnótica para detectar las debilidades ajenas.
Cuando descubre que una multitud está dispuesta a creer en él, su
ambición se dispara.
Jean Simmons interpreta a la hermana
Sharon Falconer, una mujer que dirige una comunidad evangelista con
una mezcla de convicción religiosa y deseo de hacer crecer su
movimiento. La llegada de Gantry altera completamente su mundo. Entre
ambos surge una relación cargada de atracción, intereses comunes y
contradicciones. Simmons ofrece una interpretación contenida que
funciona como contrapunto perfecto a la exuberancia de
Lancaster.
Richard Brooks dirige con pulso firme una
historia que utiliza el espectáculo religioso para hablar de asuntos
mucho más amplios: el dinero, la fama, la manipulación, la
hipocresía y esa necesidad humana de encontrar respuestas cuando la
realidad resulta demasiado difícil de soportar. La película adapta
la novela de Sinclair Lewis y conserva buena parte de su espíritu
satírico, lanzando una mirada especialmente dura sobre quienes
convierten la fe en una herramienta de poder.
Uno de los
grandes aciertos de Brooks consiste en no convertir a todos los
creyentes en caricaturas. El verdadero objetivo de su crítica está
en quienes descubren que las emociones religiosas pueden
transformarse en un negocio extraordinariamente lucrativo. Los
sermones, las multitudes, las campañas de conversión y la
recaudación terminan adquiriendo una dimensión casi circense. Elmer
comprende perfectamente las reglas de ese espectáculo y se convierte
en su gran estrella.
Arthur Kennedy aporta otra pieza
esencial como Jim Lefferts, el periodista que observa con creciente
desconfianza el ascenso del predicador. Su personaje introduce una
mirada escéptica que permite al espectador cuestionar aquello que
las masas parecen aceptar sin resistencia. Shirley Jones, por su
parte, interpreta a Lulu Bains, una mujer procedente del pasado de
Elmer cuya aparición amenaza con destapar todo aquello que el nuevo
predicador pretende mantener enterrado.
La película
alcanza entonces una dimensión todavía más interesante. Elmer
puede construir una identidad nueva delante de miles de personas,
pero su pasado continúa persiguiéndolo. Su capacidad para convencer
a los demás no significa que pueda escapar de sí mismo.
La
puesta en escena de Brooks tiene una energía extraordinaria. La
fotografía de John Alton aprovecha el color con enorme personalidad
y convierte los grandes encuentros religiosos en auténticos
acontecimientos visuales. La duración, cercana a las dos horas y
media, puede sentirse exigente en algunos pasajes, pero también
permite que el personaje vaya mostrando progresivamente sus múltiples
caras.
Y luego está ese final, cargado de ironía y de
una cierta amargura. Después de haber asistido a semejante
despliegue de ambición, engaño y talento para la manipulación,
queda flotando una pregunta incómoda: quizá Elmer Gantry sobreviva
porque conoce demasiado bien aquello que las personas desean
escuchar.
Lancaster recibió por este papel el Oscar al
mejor actor, mientras Shirley Jones ganó el de mejor actriz
secundaria y Richard Brooks obtuvo el premio al mejor guion
adaptado.
Más de seis décadas después, El fuego y la
palabra conserva una vitalidad considerable. Su retrato del
predicador convertido en espectáculo puede resultar muy familiar en
una época acostumbrada a contemplar a figuras públicas construidas
alrededor del carisma, la exposición y la capacidad de convertir una
convicción en mercancía.
Pero la película permanece,
sobre todo, por Burt Lancaster. Cuando abre la boca para predicar,
parece que el cine entero se queda pendiente de sus palabras. Y
durante 146 minutos, Elmer Gantry consigue algo extraordinario: hacer
que miremos fascinados a un hombre capaz de vender la salvación
mientras intenta, desesperadamente, salvarse a sí mismo.
Autor: Don Hollywood


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