EL FOTOGRADO DEL PANICO (1960). CUANDO LA CÁMARA SE CONVIERTE EN UN ARMA
EL FOTOGRADO DEL PANICO (1960).
CUANDO LA CÁMARA SE CONVIERTE EN UN ARMA
REPARTO: KARLHEINZ BOHM, MOIRA SHEARER, ANNA MASSEY, MAXINE AUDLEY, ESMOND KNIGHT, MICHAEL GOODLIFFE, SHIRLEY ANNE FIELD, JACK WATSON, NIGEL DAVENPORT, MARTIN MILLER, MILES MALLESON, BRENDA BRUCE
DIRECTOR: MICHAEL POWELL
MÚSICA: BRIAN EASDALE, ANGELA MORLEY
PRODUCTORA: ANGLO AMALGAMATED PRODUCTIONS
DURACIÓN: 102 min.
REPARTO: REINO UNIDO
Michael Powell se atrevió en 1960 a mirar directamente hacia uno de los lugares más incómodos del cine: el instante en que observar deja de ser un acto inocente. El fotógrafo del pánico (Peeping Tom) sigue resultando una película perturbadora porque su verdadero objeto de estudio no es únicamente un asesino, sino la mirada. Powell coloca una cámara delante del espectador y consigue que, durante buena parte del metraje, nos preguntemos qué estamos haciendo nosotros al mirar.
Mark Lewis trabaja en un estudio cinematográfico y lleva una vida aparentemente discreta. Es reservado, educado, casi invisible. Su verdadera obsesión aparece cuando empuña su cámara. Mark persigue a mujeres, las convierte en protagonistas involuntarias de sus películas y registra sus últimos instantes buscando algo muy concreto: el miedo absoluto que aparece en sus rostros cuando comprenden que van a morir.
La premisa podría haber desembocado fácilmente en un ejercicio de terror convencional. Powell tenía otros planes.
Desde el comienzo, la película nos obliga a adoptar el punto de vista de Mark. Miramos a través de su objetivo, seguimos a sus víctimas y después contemplamos las imágenes que él mismo ha grabado. El espectador queda atrapado dentro del mecanismo de fascinación del asesino. La cámara deja de ser una herramienta para registrar la realidad y se transforma en una extensión de su personalidad, en una especie de órgano que necesita mirar para existir.
Karlheinz Böhm construye un Mark Lewis extraordinariamente inquietante. Su interpretación evita los excesos y precisamente por eso produce escalofríos. No necesita gesticular como un monstruo ni adoptar una apariencia amenazadora. Su fragilidad, su timidez y esa educación casi enfermizamente correcta hacen que resulte todavía más desconcertante. Cuando está detrás de la cámara parece adquirir una seguridad que no posee en ninguna otra circunstancia.
Powell introduce además la infancia del protagonista para descubrir las raíces de su obsesión. El padre de Mark, interpretado por el propio director, convirtió el miedo de su hijo en objeto de experimentación. Lo filmó mientras lo sometía a situaciones destinadas a provocar terror y terminó transformando la infancia en una especie de laboratorio. Aquellas películas familiares, aparentemente destinadas a conservar recuerdos, acabarán siendo la siniestra herencia psicológica que Mark arrastra hasta la edad adulta.
Anna Massey aporta humanidad como Helen, la joven vecina que se aproxima a Mark sin conocer inicialmente la dimensión de su secreto. Su relación introduce una posibilidad de salvación que nunca termina de sentirse segura. Helen percibe su soledad y encuentra algo vulnerable bajo esa conducta extraña. La película aprovecha esa relación para crear una tensión particularmente cruel: mientras ella intenta conocer al hombre que tiene delante, nosotros sabemos que está entrando en el territorio más peligroso de su vida.
Y luego está Moira Shearer.
Su presencia convierte una de las secuencias centrales en un momento memorable. Mark consigue que Vivian, una joven del estudio, permanezca con él cuando el lugar está vacío para filmarla mientras baila. Durante unos instantes parece que asistimos a una escena de cine dentro del cine, luminosa y casi juguetona. Powell deja que la belleza del movimiento ocupe la pantalla antes de convertir aquella danza en una situación aterradora. La cámara está observando. Y nosotros también.
La fotografía de Otto Heller, además, aprovecha el Technicolor con una intensidad extraordinaria. Los rojos, los negros, los grises y los contrastes de luz crean un Londres que parece pertenecer simultáneamente al mundo real y a una película que Mark estuviera rodando dentro de su cabeza. Powell utiliza el color como una trampa visual: aquello que resulta hermoso puede adquirir de pronto una cualidad amenazadora.
Lo más audaz de El fotógrafo del pánico permanece, sin embargo, en su manera de involucrar al público. Powell no nos permite contemplar cómodamente la historia desde una distancia segura. El encuadre, el objetivo de la cámara y las películas que Mark observa convierten nuestra propia mirada en parte del problema. El director nos hace sentir fascinación y rechazo al mismo tiempo, una combinación profundamente incómoda.
En su estreno, la película provocó una reacción extraordinariamente hostil y perjudicó seriamente la trayectoria de Powell. Con el paso de los años, aquella recepción cambió radicalmente y la obra terminó siendo reivindicada como una pieza fundamental del terror psicológico y del cine sobre el voyeurismo.
Vista hoy, sorprende comprobar hasta qué punto se adelantó a su tiempo. Su reflexión sobre la fascinación por las imágenes, la intimidad convertida en espectáculo y el placer culpable de mirar conecta con buena parte del cine contemporáneo.
El fotógrafo del pánico permanece viva porque Powell comprendió algo esencial: el verdadero terror puede comenzar mucho antes del asesinato. Empieza cuando alguien decide mirar y descubre que ya no puede apartar los ojos.
Y en esta película, ese alguien también somos nosotros.
Autor: Don Hollywood


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