EL ENEMIGO PÚBLICO (1931) CUANDO EL CRIMEN APRENDIÓ A SONREÍR


 

EL CINE DE LOS AÑOS 30

EL ENEMIGO PÚBLICO (1931)

 CUANDO EL CRIMEN APRENDIÓ A SONREÍR

REPARTO: JAMES CAGNEY, JEAN HARLOW, EDWARD WOODS, JOAN BLONDELL, DONALD COOK, MAE CLARKE, BERYL MERCER, LESLEY FENTON, JOE SAWYER

DIRECTOR: WILLIAM A. WELLMAN 

MÚSICA: DAVID MENDOZA 

PRODUCTORA: WARNER BROS 

DURACIÓN: 84 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS

El cine de gánsteres no volvió a ser el mismo después de El enemigo público. La película de William A. Wellman no se limita a contar el ascenso y la caída de un delincuente: convierte la violencia en una forma de energía cinematográfica, transforma las calles en un campo de batalla y encuentra en James Cagney a un actor capaz de hacer que el espectador aparte la mirada y, al mismo tiempo, no pueda dejar de observar.

Tom Powers no es un monstruo nacido de la nada. La película lo muestra creciendo en un ambiente donde la criminalidad parece formar parte del paisaje, donde la ley se contempla con distancia y la ambición puede convertirse en la única vía para escapar de la pobreza. Pero lo verdaderamente inquietante es la velocidad con la que Tom se adapta a ese mundo. Cada golpe, cada negocio ilegal y cada escalón que asciende parecen proporcionarle algo más que dinero: le dan una identidad.

Cagney interpreta al personaje con una electricidad casi explosiva. Su Tom Powers puede ser encantador durante un segundo y brutal al siguiente. No necesita convertirse en una figura imponente para dominar la pantalla; le basta su manera de moverse, esa energía nerviosa que parece estar siempre a punto de desbordarse. El actor construye a un hombre que confunde la fuerza con el poder y la violencia con la libertad. En su sonrisa existe una invitación y una amenaza.

La película resulta especialmente poderosa porque no convierte la vida criminal en un simple catálogo de aventuras. Sí, existen los coches veloces, el dinero fácil, las armas y el alcohol clandestino. Pero detrás de ese brillo aparece una sociedad marcada por la frustración. El sueño americano se transforma en una carrera desesperada por conseguir algo que nunca parece suficiente. Tom Powers no quiere únicamente sobrevivir: quiere demostrar que puede estar por encima de todos. Y esa necesidad termina devorándolo.

Wellman dirige con un pulso directo, seco y sorprendentemente moderno. La violencia no se presenta como un espectáculo limpio, sino como una descarga repentina capaz de romper la aparente normalidad de una escena. La película sabe que un gesto puede resultar más aterrador que un tiroteo y que una acción aparentemente trivial puede revelar toda la brutalidad de un personaje. En ese sentido, El enemigo público conserva una fuerza extraordinaria.

Su relación con la familia añade una dimensión emocional que impide que Tom se convierta en una simple caricatura del criminal sin sentimientos. En casa todavía existe la posibilidad de regresar a una vida distinta, pero él ya ha cruzado demasiadas fronteras. El hogar representa aquello que podría haber sido, mientras que la calle simboliza el mundo que ha elegido.

Algunas convenciones del cine de la época pueden resultar hoy más evidentes, y su estructura responde a una moralidad que necesita dejar claro el precio del delito. Sin embargo, la película sigue latiendo con una intensidad impresionante. Su grandeza no reside únicamente en haber definido buena parte del cine de gánsteres posterior, sino en haber comprendido que el verdadero peligro de un criminal no está solo en sus actos, sino en la fascinación que puede ejercer.

El enemigo público es una película sobre la violencia, pero también sobre el vértigo del ascenso. Tom Powers sube demasiado deprisa, hasta llegar a un lugar desde el que solo puede caer. Y cuando finalmente comprendemos que detrás de esa sonrisa desafiante no existe un hombre invencible, sino alguien aterrorizado ante la posibilidad de perderlo todo, la tragedia ya está escrita.

James Cagney no interpreta simplemente a un gánster: lo convierte en una fuerza de la naturaleza. Una criatura de nervios, rabia, ambición y miedo que atraviesa la pantalla como una bala. El cine todavía estaba descubriendo cómo hablar, pero con El enemigo público aprendió a gritar.

Autor: Don Hollywood


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