BILLY WILDER: EL GUIONISTA QUE DECIDIÓ TOMAR EL MANDO DE HOLLYWOOD

 


BILLY WILDER: EL GUIONISTA QUE DECIDIÓ TOMAR EL MANDO DE HOLLYWOOD

La figura de Billy Wilder suele asociarse de manera inmediata a algunos de los títulos más influyentes de la historia del cine, desde Con faldas y a lo loco hasta El apartamento, pasando por Perdición o El crepúsculo de los dioses. Sin embargo, antes de convertirse en uno de los grandes directores de Hollywood, ya había demostrado un talento extraordinario en la escritura. De hecho, esa fue siempre la base sobre la que edificó toda su filmografía: cada película que dirigió nació primero de un guion en el que su sello era inconfundible.

Su llegada a Estados Unidos estuvo marcada por la necesidad de escapar del avance del nazismo. Tras ejercer como periodista en Viena y Berlín y trabajar como guionista en los prestigiosos estudios UFA, abandonó Europa en 1934 con un dominio muy limitado del inglés. Aquellos comienzos fueron complicados, aunque pronto encontró una oportunidad gracias al apoyo de Peter Lorre, quien le abrió las puertas de Hollywood. Wilder empezó vendiendo relatos breves a Paramount, donde su ingenio llamó rápidamente la atención del estudio hasta convertirlo en uno de sus guionistas de plantilla.

El gran impulso de esa etapa llegó cuando unió fuerzas con Charles Brackett. Ambos formaban una pareja creativa tan peculiar como eficaz: el refinamiento intelectual de Brackett encajaba a la perfección con el humor afilado y la mirada irónica del joven vienés. Juntos firmaron varios trabajos de éxito, pero sobre todo dejaron su huella en algunas de las mejores comedias de finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta.

Aquella etapa también le permitió trabajar junto a dos realizadores fundamentales para su formación. Ernst Lubitsch fue el maestro del que absorbió la elegancia narrativa, la sutileza y el gusto por la insinuación. Con él nacieron obras tan memorables como La octava mujer de Barba Azul y Ninotchka, película que hizo historia al mostrar por primera vez a Greta Garbo desenvolviéndose en la comedia. La admiración de Wilder por Lubitsch fue tan profunda que durante décadas mantuvo en su despacho una sencilla pregunta convertida en filosofía de trabajo: «¿Cómo lo haría Lubitsch?».

Muy distinta fue su experiencia con Mitchell Leisen. Aunque de aquella colaboración surgieron títulos tan notables como Medianoche, Adelante mi amor o Si no amaneciera, la convivencia profesional estuvo lejos de ser sencilla. Wilder consideraba que Leisen trataba los guiones como un material moldeable al gusto de productores y actores, una actitud que terminó provocando un enfrentamiento irreparable.

La ruptura llegó durante el rodaje de Si no amaneciera. Charles Boyer rechazó interpretar una escena en la que debía conversar con una cucaracha y Leisen decidió eliminarla sin consultar a los guionistas. Para Wilder aquello fue la gota que colmó el vaso. Él y Brackett respondieron reduciendo drásticamente la presencia del personaje en las páginas restantes del libreto y tomaron una decisión definitiva: jamás volverían a trabajar con Leisen ni con el actor.

Aquella frustración alimentó una reflexión que Wilder resumía con una frase tan ingeniosa como demoledora. Afirmaba que un guionista en Hollywood era como "un eunuco en una orgía": contemplaba cómo todos intervenían en su trabajo sin poder impedirlo. Convencido de que la única manera de proteger sus historias era dirigirlas él mismo, decidió cambiar el rumbo de su carrera.

Antes de dar el salto, pidió permiso para asistir al rodaje de Bola de fuego con el propósito de observar de cerca el método de Howard Hawks. Esa experiencia terminó de convencerle de que estaba preparado para ponerse tras la cámara. Poco después recibió la oportunidad de dirigir El mayor y la menor (1942), un proyecto que muchos ejecutivos consideraban menor y con el que esperaban desanimarlo de sus aspiraciones.

El resultado fue exactamente el contrario. La película conquistó al público y confirmó que Wilder poseía un talento excepcional también como director. A partir de entonces nunca volvió a limitarse al escritorio. Durante las dos décadas siguientes firmó una de las trayectorias más brillantes que ha conocido el cine, siempre con el mismo principio irrenunciable: nadie defendería mejor sus historias que él mismo.

Autor: Don Hollywood


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