WOODY ALLEN, BUÑUEL Y EL CINE DE LOS GRANDES MAESTROS

 


WOODY ALLEN, BUÑUEL Y EL CINE DE LOS GRANDES MAESTROS

Woody Allen nunca necesitó disimular su admiración por Luis Buñuel. El cineasta aragonés ocupa un lugar privilegiado en su particular mapa de influencias, aunque la relación entre ambos estuvo a punto de materializarse mucho antes de que Buñuel apareciera, convertido en personaje, en Medianoche en París. La historia comenzó con una llamada telefónica que nunca obtuvo respuesta.

Para una de las escenas más recordadas de Annie Hall, Allen quería enfrentar a su alter ego contra uno de esos personajes que pontifican sobre cultura con una seguridad directamente proporcional a su ignorancia. En la cola de un cine, un hombre aburre a su pareja con una interpretación de Marshall McLuhan hasta que el personaje de Allen interviene para desmontar sus argumentos. La discusión alcanza su punto culminante cuando el propio McLuhan aparece para confirmar que aquel supuesto experto no ha entendido absolutamente nada de sus teorías.

Pero el sociólogo canadiense no era la primera opción. Ni siquiera la segunda.

Allen había pensado inicialmente en Luis Buñuel. Intentó ponerse en contacto con él en varias ocasiones, pero el teléfono del director de El discreto encanto de la burguesía permaneció obstinadamente en silencio. Sin respuesta, el cineasta neoyorquino recurrió a Federico Fellini, que aceptó participar en la secuencia. El acuerdo, sin embargo, terminó frustrándose por un problema de agendas: ambos directores se encontraban rodando sus respectivas películas.

El tercer intento tampoco fue un cineasta. Allen acudió entonces a Marshall McLuhan, que terminó ocupando el lugar reservado a Buñuel y Fellini. Aun así, el espíritu del director italiano quedó flotando en la escena, especialmente por la referencia inicial a La dolce vita.

Décadas después, Allen pudo saldar de algún modo aquella cuenta pendiente. En Medianoche en París, su protagonista viaja al pasado y se encuentra con varias figuras fundamentales de la cultura del siglo XX, entre ellas Buñuel, interpretado por Adrien de Van. La escena juega con una idea deliciosamente absurda: el personaje de Owen Wilson le propone al joven Buñuel la premisa de un grupo de burgueses incapaz de abandonar una habitación. Cuando el futuro cineasta pregunta cómo terminaría la historia, recibe una respuesta todavía más disparatada: todos acabarían transformándose en ovejas.

Buñuel, lejos de rechazar la idea, parece intrigado.

La escena funciona como una broma cinéfila, pero también como una declaración de admiración. Aunque David Lynch haya sido señalado en numerosas ocasiones como uno de los grandes herederos del universo buñueliano —pese a que el propio Lynch reconociera no haber visto demasiado cine del aragonés—, fue Woody Allen quien convirtió su fascinación por Buñuel en una presencia recurrente dentro de su propio imaginario.

Y quizá por eso resulta tan significativo que el hombre al que Allen quiso tener en Annie Hall acabara apareciendo años después en Medianoche en París. Primero intentó llamarlo. Después lo convirtió en una posibilidad perdida. Finalmente, lo llevó a la pantalla para que pudiera escuchar una idea imposible y, quién sabe, encontrar en ella el germen de una película.

Autor: Jordi Quesada Galdeano


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