MARTIN SCORSESE: EL CINE COMO REFUGIO, MEMORIA Y FORMA DE VIDA



 MARTIN SCORSESE: EL CINE COMO REFUGIO, MEMORIA Y FORMA DE VIDA

Antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la historia del cine, Martin Scorsese fue un niño de Nueva York fascinado por las películas. Nacido en el seno de una familia italoamericana, creció en un entorno que terminaría convirtiéndose en una de las principales fuentes de inspiración de su obra. La ciudad, los barrios, la religión, la violencia, la culpa y los personajes atrapados entre dos mundos acabarían formando parte esencial de su universo cinematográfico.

Scorsese encontró en el cine una manera de escapar de las malas compañías y de canalizar una pasión que ya parecía inevitable. Su paso por la Escuela de Cine de la Universidad de Nueva York fue decisivo. Allí descubrió y estudió con mayor profundidad el cine de Hollywood, con una especial fascinación por los westerns, pero también comenzó a construir una mirada propia que no tardaría en alejarse de los modelos más convencionales.

Su debut en el largometraje llegó con ¿Quién llama a mi puerta? (1967), una película protagonizada por Harvey Keitel y profundamente vinculada al barrio neoyorquino en el que Scorsese había crecido. El director no necesitó inventar un mundo desconocido: le bastó con mirar a su alrededor. La película seguía a un joven católico italoamericano, sensible y lleno de contradicciones, cuya relación sentimental queda marcada por el trauma de descubrir que su novia ha sido violada. Desde su primera obra ya aparecían algunas de las obsesiones que acompañarían al cineasta durante toda su carrera.

Sin embargo, uno de los episodios más curiosos de sus primeros años se produjo cuando recibió el encargo de dirigir Los asesinos de la luna de miel (1970). El proyecto terminó escapándosele de las manos. Su manera de trabajar, extremadamente minuciosa y lenta, provocó que fuese despedido antes de completar la película. Leonard Kastle, compositor y hasta entonces alejado de la dirección cinematográfica, tomó finalmente el relevo.

La película narraba la historia real de Ray y Martha, una pareja unida por el crimen. Ambos se conocieron a través de una agencia matrimonial especializada en personas solteras y viudas, conocida como «corazones solitarios». Martha descubrió que Ray era un estafador, pero el enamoramiento pudo más que cualquier advertencia. En lugar de apartarse de él, decidió convertirse en su cómplice. Juntos se dedicaban a localizar mujeres vulnerables, Ray las seducía y, posteriormente, las víctimas acababan asesinadas.

La experiencia dejó una anécdota reveladora sobre la forma de trabajar del joven Scorsese. Según se contó, una escena aparentemente sencilla en la que Ray viajaba en tren para encontrarse con Martha comenzó a crecer hasta adquirir una dimensión desproporcionada. El protagonista conocía a una mujer durante el trayecto y la secuencia se complicó tanto que el equipo llegó a bromear con que acabarían haciendo una película entera sobre aquel viaje en tren.

La paradoja es que, pese a las dificultades de producción, Los asesinos de la luna de miel fue recibida con excelentes críticas. Las interpretaciones y el tono realista de la película fueron especialmente valorados, aunque el reconocimiento de la industria nunca llegó en forma de premios.

Aquel mismo año, Scorsese también dirigió Street Scenes (1970), un documental hoy mucho menos conocido dentro de su filmografía. La película se centraba en las protestas que tuvieron lugar en Nueva York contra la Guerra de Vietnam y demostraba que su interés por la realidad social y política ya estaba presente desde los comienzos de su carrera.

La mirada de Scorsese, sin embargo, no nació únicamente de su experiencia personal. Su cine también se alimentó de la libertad formal de la Nouvelle Vague francesa, de esa manera de entender la cámara como una herramienta capaz de jugar, experimentar y romper las reglas. Pero, por encima de todo, el neorrealismo italiano fue una de sus grandes escuelas. Luchino Visconti, Roberto Rossellini, Vittorio De Sica y Federico Fellini dejaron una huella profunda en el cineasta.

De todos ellos aprendió que una película podía ser al mismo tiempo espectáculo, confesión, retrato social y exploración artística. Scorsese terminó convirtiendo esas influencias en algo propio. El Nueva York de su infancia, la tradición cinematográfica europea y el Hollywood que descubrió en su juventud acabaron mezclándose en una filmografía irrepetible.

Antes de convertirse en el autor de algunas de las películas más importantes de la historia del cine, Martin Scorsese ya había entendido algo esencial: que la cámara no solo sirve para contar historias. También puede convertirse en una forma de recordar de dónde venimos.

Autor: Jordi Quesada Galdeano.


Comentarios

  1. A veces se piensa en un director y se le ofrece una pelicula aún sabiendo que no va para nada con su estilo. Y esto puede que sea uno de los problemas del cine de hoy día.

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