EL CINE DE LA PRIMERA DECADA DEL 2000. CRIMINAL Y DECENTE (2000)



 EL CINE DE LA PRIMERA DECADA DEL 2000.

CRIMINAL Y DECENTE (2000)

REPARTO: KEVIN SPACEY, LINDA FIORENTINO, PETER MULLAN, STEPHEN DILLANE, HELEN BAXENDALE, DAVID HAYMAN, PATRICK MALAHIDE, PAUL RONAN, CHRISTOPH WALTZ, COLIN FARRELL

DIRECTOR: THADDEUS O’SULLIVAN 

MÚSICA: DAMON ALBARN 

PRODUCTORA: MIRAMAX 

DURACIÓN: 94 min.

PAÍS: IRLANDA, ESTADOS UNIDOS, ALEMANIA, REINO UNIDO

La figura del delincuente carismático ha dado al cine algunos de sus personajes más memorables. Criminal y decente juega precisamente con esa fascinación, construyendo un retrato desenfadado de un hombre que vive al margen de la ley sin renunciar al humor, al ingenio ni a un peculiar código moral. Inspirada libremente en la vida del célebre ladrón irlandés Martin Cahill, la película apuesta por una combinación de comedia, thriller y cine de atracos que encuentra su mayor fortaleza en el magnetismo de su protagonista.

Michael Lynch no es el criminal habitual. Roba por placer tanto como por beneficio, disfruta burlándose de la policía y convierte cada golpe en una representación cuidadosamente orquestada. Más que un simple delincuente, se comporta como un artista del engaño que necesita sentirse admirado por quienes lo persiguen y por una ciudad que termina viéndolo como una especie de héroe popular. Esa dualidad sostiene buena parte del interés de una historia que nunca pretende justificar sus delitos, pero tampoco ocultar el atractivo que desprende su personalidad.

Kevin Spacey domina la película desde su primera aparición. Su interpretación desprende seguridad, ironía y una elegancia casi insolente que convierte a Michael Lynch en un personaje tan encantador como imprevisible. El actor maneja con soltura los cambios de registro, alternando momentos de humor, tensión y arrogancia con una naturalidad que sostiene el ritmo incluso cuando el guion pierde fuerza. Todo gira alrededor de su presencia, y pocas veces una interpretación resulta tan determinante para mantener vivo el interés del espectador.

El director Thaddeus O'Sullivan imprime al conjunto un tono ligero y dinámico, alejándose del thriller criminal tradicional para acercarse a una narración donde el entretenimiento prevalece sobre el realismo. Dublín se convierte en un escenario lleno de personalidad, con calles, pubs y barrios que aportan autenticidad a una historia poblada de policías obstinados, delincuentes extravagantes y ciudadanos que observan el juego con una mezcla de admiración y resignación.

Uno de los aspectos más atractivos del filme reside en su sentido del humor. Las operaciones criminales se desarrollan con un aire casi lúdico, donde la planificación importa tanto como el espectáculo posterior. El protagonista disfruta ridiculizando a las autoridades, y esa actitud contagia una ligereza que diferencia a la película de otras producciones del género mucho más oscuras o violentas. Incluso las situaciones más comprometidas conservan un punto de ironía que evita que el relato caiga en la solemnidad.

No obstante, esa misma apuesta por la ligereza también limita parte de su potencial dramático. La historia apenas profundiza en las consecuencias de la vida criminal de Lynch, prefiriendo avanzar de golpe en golpe antes que explorar las contradicciones del personaje. Algunos secundarios quedan poco desarrollados y determinados conflictos aparecen y desaparecen sin dejar una verdadera huella emocional. El resultado es una narración entretenida, aunque algo superficial cuando intenta abordar cuestiones más complejas.

El reparto acompaña con eficacia a Spacey. Linda Fiorentino aporta carácter a un personaje que se mueve con soltura dentro del peculiar universo familiar del protagonista, mientras Peter Mullan ofrece el contrapunto perfecto como fiel compañero de aventuras. Entre todos construyen una galería de personajes excéntricos que encaja perfectamente con el tono despreocupado que domina la película.

Criminal y decente nunca aspira a convertirse en un gran estudio psicológico sobre el crimen organizado. Su objetivo consiste en divertir al espectador mediante un relato de atracos lleno de personalidad, ritmo y diálogos ingeniosos. Puede que su desarrollo resulte irregular y que algunos pasajes carezcan de la intensidad necesaria, pero el carisma de Kevin Spacey y el encanto desenfadado de la puesta en escena logran compensar buena parte de sus limitaciones.

Sin figurar entre las obras más recordadas del cine criminal de comienzos del siglo XXI, esta producción conserva un atractivo especial gracias a su capacidad para convertir a un ladrón en un personaje tan seductor como imposible de ignorar. Una propuesta ligera, simpática y entretenida que demuestra que, en ocasiones, el mayor botín de una película no son los millones robados, sino el carisma de quien los roba.

Autor: Don Hollywood






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