DANNY DEVITO QUIERE VOLVER A DIRIGIR CON UNA HISTORIA DE CODICIA, VIOLENCIA Y DESTRUCCIÓN

 


DANNY DEVITO QUIERE VOLVER A DIRIGIR CON UNA HISTORIA DE CODICIA, VIOLENCIA Y DESTRUCCIÓN

Durante más de dos décadas, Danny DeVito ha seguido siendo una presencia constante delante de las cámaras, pero su faceta como director de cine parecía definitivamente aparcada. Desde Duplex, estrenada en 2003, el actor no ha vuelto a ponerse al frente de un largometraje. Ahora, a los 81 años, prepara su regreso detrás de la cámara con un proyecto que difícilmente podría ser más ambicioso: una nueva adaptación de McTeague, la novela escrita por Frank Norris en 1899.

La historia transcurre en San Francisco y sigue a un dentista cuya existencia comienza a desmoronarse cuando la obsesión por el dinero termina dominando cada aspecto de su vida. La codicia, la violencia y la autodestrucción se convierten en los motores de una tragedia que ya fue llevada al cine por Erich von Stroheim en Avaricia, una de las grandes obras maestras del cine mudo.

Precisamente esa sombra pesa sobre el proyecto. La película de von Stroheim se convirtió en una leyenda por su desmesurada duración: la versión original llegó a alcanzar aproximadamente nueve horas antes de que el estudio impusiera una drástica reducción. DeVito, sin embargo, parece dispuesto a enfrentarse a un material que exige una escala considerable. Él mismo ha comparado la ambición de su propuesta con Pozos de ambición, el monumental drama de Paul Thomas Anderson sobre el poder, el dinero y la obsesión.

“Siempre he intentado hacer esta película. Estoy en medio de intentar ponerla en marcha”, ha explicado DeVito en una entrevista con SFGATE. El cineasta reconoce que se trata de una producción complicada y costosa, hasta el punto de que está intentando reunir personalmente la financiación necesaria para convertir el proyecto en una realidad.

Uno de los grandes retos será devolver a la pantalla el San Francisco de finales del siglo XIX. DeVito quiere rodar en la propia ciudad y ha señalado especialmente Polk Street, un lugar estrechamente ligado al relato de Frank Norris. El problema, naturalmente, será transformar la ciudad contemporánea en aquella urbe de cambio de siglo. “Mucho de eso sería magia cinematográfica”, ha admitido el director, consciente de que la reconstrucción histórica exigirá una combinación de localizaciones, diseño de producción y efectos visuales.

El posible regreso resulta especialmente interesante porque DeVito pertenece a una generación de actores que también construyeron una poderosa identidad detrás de la cámara. Su cine siempre tuvo una personalidad muy reconocible, marcada por el humor negro, los personajes grotescos y una mirada poco complaciente hacia las miserias humanas.

Su debut como director llegó en 1987 con Tira a mamá del tren, una comedia criminal en la que compartía protagonismo con Billy Crystal. Tres años después dirigió La guerra de los Rose, probablemente su película más emblemática como realizador. Michael Douglas y Kathleen Turner convertían un divorcio en una auténtica batalla campal doméstica, una sátira feroz sobre el resentimiento, el orgullo y la incapacidad de dos personas para aceptar que su relación ha terminado.

DeVito demostró posteriormente que no quería quedar encasillado en la comedia negra. En 1992 dirigió Hoffa, ambicioso retrato del poderoso líder sindical estadounidense interpretado por Jack Nicholson. La película se alejaba del tono más grotesco de sus trabajos anteriores y confirmaba que el actor tenía una mirada cinematográfica mucho más amplia de lo que podía sugerir su particular sentido del humor.

Cuatro años después llegaría Matilda, adaptación de la novela de Roald Dahl. La historia de aquella niña extraordinariamente inteligente, atrapada en una familia que no la comprende y enfrentada a una directora escolar aterradora, se convirtió con el paso del tiempo en uno de los títulos familiares más queridos de los años noventa. La película mostraba otra cara de DeVito: la de un director capaz de combinar fantasía, ternura y crítica social sin perder su personalidad.

Su filmografía como realizador continuó con Smoochy, estrenada en 2002 y protagonizada por Robin Williams y Edward Norton. La película, una sátira venenosa sobre la televisión infantil y el mundo del espectáculo, fue recibida de manera desigual en su momento, pero con los años ha ido encontrando un público que aprecia precisamente su humor incómodo, su tono enfermizo y su voluntad de llevar la comedia hasta territorios bastante oscuros.

Después llegó Duplex, con Ben Stiller y Drew Barrymore. La historia de una pareja que compra la casa de sus sueños sin imaginar que la anciana inquilina del piso superior convertirá su vida en una pesadilla intentaba recuperar la mala leche característica del director, pero la película no consiguió repetir el impacto de sus mejores trabajos. La recepción crítica fue negativa y su rendimiento comercial resultó discreto.

Desde entonces, DeVito no ha vuelto a dirigir un largometraje. Ha continuado trabajando como actor, productor y presencia imprescindible en la cultura popular, pero su carrera detrás de la cámara quedó congelada durante 23 años.

McTeague podría romper ahora ese silencio.

El proyecto tiene algo de regreso a los orígenes y, al mismo tiempo, de desafío final. DeVito volvería a una historia de personajes dominados por sus peores impulsos, pero esta vez con una escala mucho mayor y en un periodo histórico que exige reconstruir toda una ciudad. La novela de Frank Norris le ofrece un material oscuro, brutal y profundamente cinematográfico.

Después de tantos años, Danny DeVito podría volver a dirigir con una película sobre un hombre que lo pierde todo por culpa de su obsesión con el dinero. Una elección que, tratándose del responsable de La guerra de los Rose y Smoochy, parece cualquier cosa menos casual.

Autor: Jordi Quesada Galdeano


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