GOLDEN CITY, EL POBLADO DE HOYO DE MANZANARES DONDE EL WESTERN EUROPEO ENCONTRÓ SU PRIMER GRAN ESCENARIO

 


GOLDEN CITY, EL POBLADO DE HOYO DE MANZANARES DONDE EL WESTERN EUROPEO ENCONTRÓ SU PRIMER GRAN ESCENARIO

Mucho antes de que Almería se convirtiera en la gran referencia española del western, las laderas de Hoyo de Manzanares ya habían empezado a llenarse de pistoleros, caballos, saloons y hombres con sombrero. Allí surgió Golden City, un poblado cinematográfico que hoy apenas sobrevive en la memoria y en algún vestigio aislado, pero que tuvo un papel decisivo en la historia del western europeo.

La historia comenzó de una manera casi accidental. Unos productores italianos llegaron a Hoyo de Manzanares buscando un paisaje que pudiera recordar a determinadas zonas de California. El terreno reunía las condiciones necesarias para rodar un western y, en principio, la idea consistía en levantar unos decorados sencillos que pudieran desmontarse una vez terminada la producción.

La propuesta cambió cuando los responsables de decoración plantearon construir algo mucho más ambicioso. En lugar de limitarse a colocar fachadas para una película concreta, levantaron un auténtico poblado del Oeste que pudiera reutilizarse en futuros rodajes. El productor Eduardo Manzano respaldó la iniciativa y Golden City comenzó a adquirir vida cinematográfica propia.

Dos películas marcaron aquel nacimiento: El sheriff terrible y Cabalgando hacia la muerte. A partir de entonces, Hoyo de Manzanares empezó a recibir nuevas producciones y el pequeño poblado se convirtió en uno de los escenarios que contribuyeron a que el western encontrara en España una base de operaciones inesperada.

El momento histórico llegaría poco después con Sergio Leone.

Cuando el director italiano preparó Por un puñado de dólares, estrenada en 1964, todavía estaba lejos de imaginar la dimensión que alcanzaría aquella película. También su protagonista se encontraba en un momento muy diferente de su carrera. Clint Eastwood era conocido principalmente por su participación en la serie televisiva Rawhide, pero todavía no tenía la condición de estrella internacional que adquiriría poco después.

El rodaje español tuvo poco que ver con las grandes producciones estadounidenses. El presupuesto era limitado y el equipo trabajaba con medios modestos. Eastwood se desplazaba en coche, comía bocadillos y aprovechaba el mismo vehículo para descansar entre escenas. La comunicación tampoco resultaba sencilla porque apenas había personas en el equipo capaces de hablar inglés con él.

Y en aquel escenario apareció una de las imágenes que terminarían definiendo para siempre al actor.

Según Víctor Matellano, uno de los grandes estudiosos españoles del western cinematográfico, todo apunta a que fue en Hoyo de Manzanares donde Eastwood vistió por primera vez el poncho que acabaría convertido en uno de los elementos visuales más reconocibles de su personaje. Aquella prenda, aparentemente sencilla, terminaría formando parte de la iconografía del cine de acción y del western europeo.

El contraste entre la leyenda posterior y las condiciones reales de aquel rodaje resulta fascinante. En Golden City no existían las comodidades de un gran estudio. La electricidad era inestable y los equipos de producción dependían de generadores. Tampoco había teléfono en el poblado, de modo que determinadas gestiones obligaban a desplazarse hasta el pueblo.

Incluso Eastwood protagonizó una pequeña disputa relacionada con el pago de su trabajo que obligó a recurrir al teléfono de un bar para localizarle. Hoy puede parecer una anécdota pintoresca, pero refleja hasta qué punto aquellos rodajes se desarrollaban en unas condiciones muy alejadas de la maquinaria industrial de Hollywood.

El fenómeno tuvo además una consecuencia importante para los habitantes de la zona. Los westerns comenzaron a convertirse en una fuente de ingresos inesperada para Hoyo de Manzanares y otros municipios próximos. Los equipos necesitaban extras, caballos, caballistas, transporte, comida y todo tipo de servicios. Para muchas familias, participar en una producción cinematográfica podía resultar considerablemente más rentable que una jornada de trabajo agrícola.

El cine transformó temporalmente la economía local. Los vecinos podían aparecer como figurantes, trabajar con los animales o prestar distintos servicios a las productoras. El Oeste cinematográfico se convirtió así en una actividad económica que iba mucho más allá de las cámaras.

La relación de la familia de Matellano con aquellos rodajes tiene, además, un componente especialmente personal. Su padre, su abuelo y su tío trabajaron como caballistas en diferentes producciones del Oeste. Aquellas historias familiares terminaron alimentando su propia pasión por el cine y contribuyeron a que dedicara buena parte de su trayectoria a investigar y recuperar la memoria del western rodado en España.

Hoy Golden City pertenece prácticamente al pasado. El abandono de los rodajes provocó que el poblado comenzara a deteriorarse. La madera fue desapareciendo, las construcciones se fueron arruinando y el paisaje acabó recuperando progresivamente su aspecto natural. Apenas queda algún elemento aislado, entre ellos un antiguo abrevadero que sobrevivió gracias a su posible utilidad ganadera.

La desaparición física del poblado plantea una cuestión que sigue abierta: cómo conservar la memoria de un lugar cuya importancia resulta difícil de percibir cuando apenas quedan restos materiales.

Hoyo de Manzanares se encuentra actualmente dentro del entorno del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, lo que hace especialmente compleja cualquier reconstrucción del antiguo poblado en su emplazamiento original. Una réplica completa tampoco sería sencilla. Sin embargo, la posibilidad de recuperar algún fragmento de aquellos decorados o crear una recreación en otro espacio permitiría devolver parte de aquella historia al territorio.

La idea tiene sentido especialmente si se contempla la dimensión que adquirió Golden City. Allí se rodaron películas durante una etapa fundamental para la consolidación del western europeo y por sus caminos pasó un Clint Eastwood que todavía estaba a las puertas de convertirse en una leyenda.

Almería acabaría ocupando un lugar privilegiado en esa historia y se convertiría en sinónimo mundial del western europeo. Pero antes de que los paisajes almerienses fueran recorridos por pistoleros y caravanas, Hoyo de Manzanares ya había entendido que España podía convertirse en otro Oeste cinematográfico.

Golden City fue un decorado, pero también fue algo más. Dio trabajo a los habitantes de la zona, convirtió durante un tiempo el paisaje madrileño en territorio fronterizo y formó parte de una aventura cinematográfica que cambiaría para siempre la imagen de Clint Eastwood. Hoy quedan pocos rastros materiales de aquel lugar. La historia, sin embargo, permanece.

Y quizá uno de los mejores recuerdos de Golden City sea precisamente aquel poncho. El mismo que un joven actor estadounidense se colocó en España sin saber que acabaría convirtiéndose en una de las prendas más famosas de la historia del western. En Hoyo de Manzanares, antes de que el mundo conociera al mito, Clint Eastwood todavía era simplemente un actor que había venido a rodar una película barata en un pequeño poblado construido entre las tierras madrileñas.

Autor: Don Hollywood


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