DEMASIADOS MARIDOS (1940). CUANDO EL AMOR SE CONVIERTE EN EL MEJOR ENREDO

 


EL CINE DE LOS AÑOS 40.

DEMASIADOS MARIDOS (1940)


CUANDO EL AMOR SE CONVIERTE EN EL MEJOR ENREDO

REPARTO: JEAN ARTHUR, FRED MacMURRAY, MELVYN DOUGLAS, DOROTHY PETERSON, HARRY DAVENPORT, MELVILLE COOPER, EDGAR BUCHANAN, TOM DUGAN, WILLIAM BRISBANE, JAMES CONATY, CARL M. LEVINESS

DIRECTOR: WESLEY RUGGLES 

MÚSICA: FRIEDRICH HOLLAENDER 

PRODUCTORA: COLUMBIA PICTURES 

DURACIÓN: 78 min.

PAÍS: ESTADOS UNIDOS


Las grandes comedias sofisticadas del Hollywood clásico encontraron en Demasiados maridos (Too Many Husbands, 1940) un ejemplo delicioso de cómo convertir un planteamiento disparatado en un entretenimiento elegante, ingenioso y sorprendentemente moderno. Basada en una premisa que juega con las convenciones del matrimonio y los celos, la película despliega un festival de diálogos afilados y situaciones cómicas que conservan intacta su capacidad para arrancar una sonrisa más de ocho décadas después de su estreno.

Todo comienza cuando un hombre dado por muerto regresa inesperadamente a casa para descubrir que su esposa, convencida de haber enviudado, ha rehecho su vida y se ha casado con otro. A partir de ese momento, el guion explota todas las posibilidades de una situación imposible sin perder nunca el equilibrio entre el humor, el romance y la sátira social. El verdadero acierto consiste en que ninguno de los personajes es tratado como un simple estereotipo. Todos poseen virtudes, defectos y motivos perfectamente comprensibles, lo que permite que el espectador se implique en el conflicto mientras disfruta de sus constantes giros.

Jean Arthur vuelve a demostrar por qué fue una de las grandes reinas de la comedia estadounidense. Su interpretación desprende frescura, inteligencia y una naturalidad que resulta irresistible. Su personaje queda atrapado entre dos hombres completamente distintos y, lejos de convertirse en una figura pasiva, toma las riendas de una situación que amenaza con desbordarla. Arthur domina el ritmo de cada escena gracias a una expresividad capaz de transmitir desconcierto, ironía y ternura con una facilidad admirable.

Fred MacMurray aporta una presencia elegante y cercana, alejándose de cualquier caricatura del marido perfecto. Su interpretación encuentra el tono exacto entre la seguridad y la vulnerabilidad, especialmente cuando comprende que el regreso del primer esposo pone patas arriba la estabilidad que creía haber construido. Esa mezcla de dignidad y desconcierto convierte a su personaje en uno de los grandes pilares emocionales de la película.

La aparición del marido desaparecido añade una energía completamente distinta al relato. Las rivalidades masculinas nunca caen en el exceso melodramático, ya que el humor impregna prácticamente todas sus discusiones y enfrentamientos. Las pullas, los silencios incómodos y las estrategias para conquistar nuevamente a la protagonista generan algunos de los momentos más divertidos de la función.

La dirección apuesta por una puesta en escena sobria, dejando que el peso recaiga sobre las interpretaciones y un libreto extraordinariamente preciso. Cada conversación parece medida al milímetro, con un ritmo que apenas concede respiros y que convierte los equívocos en auténticas piezas de relojería. Esa aparente sencillez es precisamente una de las mayores virtudes del filme: todo fluye con una naturalidad admirable.

Visualmente responde a la elegancia habitual de las producciones de la época. La fotografía en blanco y negro realza los interiores refinados y aporta un aire distinguido a una historia donde los sentimientos y las convenciones sociales ocupan el centro del escenario. Nada resulta ostentoso; la película confía plenamente en la fuerza de sus personajes y en la inteligencia de su escritura.

Vista desde la actualidad, algunas situaciones pueden parecer propias de otro tiempo, especialmente por la forma en que se retratan las relaciones matrimoniales y el papel social asignado a hombres y mujeres. Sin embargo, precisamente esa distancia histórica añade un atractivo adicional, permitiendo apreciar cómo el cine clásico era capaz de abordar asuntos delicados mediante el ingenio y la ironía, esquivando cualquier tono moralizante.

Demasiados maridos permanece como una de esas comedias que nunca envejecen del todo. Su humor elegante, la extraordinaria química entre los intérpretes y un guion construido con precisión convierten una idea aparentemente absurda en una celebración del amor, las segundas oportunidades y las inevitables contradicciones del corazón humano. Una pequeña joya del cine clásico que demuestra que las mejores sonrisas suelen nacer de los mayores enredos.

Autor: Don Hollywood



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