WOODY ALLEN, EL CINEASTA QUE SIEMPRE PREFIRIÓ LA LIBERTAD A LOS PREMIOS
WOODY ALLEN, EL CINEASTA QUE SIEMPRE PREFIRIÓ LA LIBERTAD A LOS PREMIOS
Hablar de Woody Allen es hacerlo de uno de los autores más singulares que ha dado el cine contemporáneo. A lo largo de más de medio siglo de carrera ha construido una filmografía capaz de transitar con la misma naturalidad entre la comedia más ingeniosa y el drama más íntimo, dejando títulos imprescindibles en ambos territorios. Esa versatilidad, unida a una personalidad artística inconfundible, le ha permitido convertirse en un creador difícil de encasillar y completamente ajeno a las normas habituales de la industria.
Su historia comenzó mucho antes de que el mundo lo conociera como director. Nacido como Allan Stewart Konigsberg, decidió adoptar el nombre de Woody Allen cuando apenas tenía dieciséis años, una época en la que ya vendía chistes a diferentes publicaciones sin que su entorno conociera aquella actividad. Ese temprano talento para la escritura acabaría marcando una carrera en la que los diálogos afilados y la observación de las relaciones humanas serían una de sus principales señas de identidad.
También resulta imposible comprender su obra sin detenerse en Nueva York. La ciudad no solo ha servido de escenario para muchas de sus películas, sino que se ha convertido en un personaje más dentro de su universo creativo. Allen siempre ha defendido el rodaje en localizaciones reales y ha rechazado trasladar su actividad a Hollywood, manteniendo una relación casi sentimental con las calles que han inspirado buena parte de sus historias.
Esa decisión va mucho más allá de una cuestión geográfica. Su empeño por permanecer al margen del sistema de estudios ha hecho de él un cineasta profundamente independiente. Durante décadas ha financiado sus proyectos sin depender de grandes compañías ni de las exigencias comerciales de la industria, una circunstancia que le ha permitido conservar un control absoluto sobre sus películas, tanto en el plano artístico como en el creativo. Incluso en los momentos en los que su vida privada estuvo rodeada de polémica y su figura fue objeto de intensos debates públicos, Allen continuó defendiendo esa autonomía como uno de los pilares fundamentales de su carrera.
Su distancia con Hollywood también se ha reflejado en la manera de entender los premios. Aunque ha sido nominado en numerosas ocasiones y ha firmado algunas de las películas más celebradas de la historia reciente del cine, nunca ha concedido demasiada importancia a las estatuillas. El ejemplo más recordado llegó en 1978, cuando Annie Hall conquistó los Oscar a mejor película, mejor director y mejor guion. Mientras el resto del mundo celebraba el triunfo, Allen permanecía en Nueva York cumpliendo con una costumbre mucho más importante para él: tocar el clarinete en su habitual sesión de jazz del Michael's Pub. No hubo gesto de protesta ni búsqueda de titulares; simplemente prefirió no alterar una rutina que consideraba más valiosa que acudir a una ceremonia.
Esa postura no cambió con el paso de los años. La Academia de Hollywood le ofreció formar parte de la institución, como hace con muchos de sus nominados, pero Allen rechazó la invitación. Lo hizo una vez y volvió a hacerlo después de nuevas candidaturas obtenidas por películas como Manhattan, Hannah y sus hermanas, La rosa púrpura de El Cairo, Delitos y faltas, Balas sobre Broadway, Poderosa Afrodita, Match Point, Midnight in Paris o Blue Jasmine, entre muchas otras.
Su razonamiento siempre ha sido el mismo. Para Allen, el arte no puede medirse mediante competiciones porque cualquier valoración artística depende inevitablemente de la sensibilidad de quien la realiza. Aceptar el veredicto de unos premios significaría, según su propia filosofía, aceptar también la legitimidad de todas las derrotas, algo que considera incompatible con la naturaleza subjetiva de la creación.
Solo hubo una ocasión en la que rompió esa norma. En la ceremonia de los Oscar celebrada en 2002, pocos meses después de los atentados del 11 de septiembre, apareció inesperadamente sobre el escenario. No acudió para recoger ningún reconocimiento ni para presentar una categoría. Su presencia respondía a un único objetivo: rendir homenaje a Nueva York y pedir a los grandes estudios que siguieran rodando en una ciudad que atravesaba uno de los momentos más difíciles de su historia.
Más de cincuenta películas después, Woody Allen continúa representando una forma de entender el cine basada en la independencia, la fidelidad a unas convicciones inalterables y la absoluta libertad creativa. Mientras prepara un nuevo proyecto que ampliará todavía más una de las filmografías más influyentes del cine moderno, sigue siendo el ejemplo de un autor que siempre ha preferido mantener intacta su identidad antes que adaptarse a las reglas del espectáculo.

Uno tiene que hacer el cine que le gusta, pasando de los premios que a la larga nadie se acuerda; pero una obra cinematográfica de un autor si que la gente la recuerda.
ResponderEliminar