EL LEGADO ETERNO DE MEL BROOKS Y LA COMEDIA QUE CONVIRTIÓ A FRANKENSTEIN EN LEYENDA
EL LEGADO ETERNO DE MEL BROOKS Y LA COMEDIA QUE CONVIRTIÓ A FRANKENSTEIN EN LEYENDA
Cumplir un siglo de vida no está al alcance de cualquiera. Hacerlo después de haber cambiado para siempre la historia de la comedia cinematográfica es un privilegio reservado a muy pocos. Mel Brooks pertenece a ese reducido grupo de creadores cuya carrera es inmensa, aunque para buena parte del público siempre quedará ligada a un solo título: El jovencito Frankenstein, una película que terminó eclipsando incluso el brillante resto de su filmografía.
Nacido en Nueva York en 1926, Brooks pasó años desarrollando su talento como escritor y humorista antes de dar el salto a la dirección con Los productores en 1967. Aquella irreverente sátira presentó también a quien acabaría convirtiéndose en su colaborador más importante, Gene Wilder. La química entre ambos fue inmediata y continuó en proyectos posteriores como El misterio de las doce sillas y Sillas de montar calientes, aunque todavía faltaba la obra que terminaría definiendo sus respectivas carreras.
La chispa surgió de una idea aparentemente sencilla. Gene Wilder soñaba con realizar una historia inspirada en la novela de Mary Shelley, pero no desde la parodia fácil. Su intención era construir un homenaje auténtico al cine de monstruos de la Universal, especialmente a Frankenstein y La novia de Frankenstein, respetando su atmósfera mientras introducía un humor inteligente y profundamente cariñoso. El protagonista sería el nieto del célebre doctor, un científico empeñado en renegar de su apellido para escapar del peso de un legado que considera vergonzoso.
Al principio, Brooks no terminó de ver clara la propuesta. Sin embargo, bastó una conversación con Wilder, salpicada de bromas e improvisaciones, para que ambos comenzaran a desarrollar el guion casi sin descanso. En pocos días tenían una estructura sólida y varias de las escenas que acabarían siendo memorables décadas después.
Desde el principio fijaron una serie de condiciones que no estaban dispuestos a negociar. Wilder insistió en que Brooks permaneciera únicamente detrás de la cámara, convencido de que su presencia como actor rompería la ilusión de encontrarse dentro de una producción de terror clásico. Otra decisión fue todavía más arriesgada: rodar íntegramente en blanco y negro. Columbia Pictures rechazó financiar la película por considerar que esa elección perjudicaría su recorrido comercial, pero 20th Century Fox aceptó el desafío, incrementó incluso el presupuesto y permitió que el proyecto mantuviera intacta su identidad artística.
Aquella apuesta resultó decisiva. El diseñador de producción Dale Hennesy levantó un castillo de aspecto tan inquietante como elegante y consiguió un hallazgo extraordinario al localizar a Kenneth Strickfaden, el ingeniero responsable de los célebres aparatos eléctricos utilizados en el Frankenstein de 1931. Cuatro décadas después, aquellas mismas máquinas volvieron a iluminar el laboratorio de una nueva criatura.
La fotografía tampoco dejó nada al azar. Brooks pidió a Gerald Hirschfeld que recuperara la estética del expresionismo alemán, utilizando fuertes contrastes de luces y sombras, ópticas antiguas y una iluminación que evocara el cine fantástico europeo de los años veinte. El resultado fue una película que no solo hacía reír, sino que visualmente parecía una auténtica producción de la Universal perdida en el tiempo.
El ambiente durante el rodaje fue tan caótico como inspirador. Gran parte del reparto improvisaba continuamente. Cloris Leachman convirtió a Frau Blücher en un personaje inolvidable gracias a su extraordinaria capacidad para alternar el terror con el absurdo. Peter Boyle dotó a la criatura de una inesperada ternura, mientras Marty Feldman hizo de Igor una fuente inagotable de ocurrencias que obligaba a repetir tomas entre carcajadas. Ese clima de libertad terminó impregnando toda la película.
Por encima de todos brilló Gene Wilder. Su interpretación del doctor Frederick Frankenstein, empeñado en pronunciar su apellido como "Fronkonstin", combina histeria, elegancia, fragilidad y una energía desbordante que sostiene cada escena. Es un personaje ridículo y brillante al mismo tiempo, capaz de pasar del refinamiento académico a la locura más delirante sin perder nunca la credibilidad. Muchos siguen considerando esta actuación como la cima absoluta de su carrera.
Cuando El jovencito Frankenstein llegó a los cines, tanto la crítica como el público respondieron con entusiasmo. Lo que podría haber sido una simple parodia terminó convirtiéndose en un clásico capaz de homenajear con enorme respeto el cine de terror mientras construía una de las comedias más sofisticadas jamás filmadas.
Brooks continuaría firmando éxitos como La loca historia del mundo, La loca historia de las galaxias o Las locas aventuras de Robin Hood, demostrando que seguía siendo un maestro del humor. Sin embargo, ninguna de aquellas producciones alcanzó la perfección narrativa, estética y cómica de El jovencito Frankenstein, una obra que, medio siglo después, continúa desafiando al tiempo con la misma frescura, el mismo ingenio y la misma capacidad para hacer reír sin dejar de rendir homenaje a uno de los grandes mitos del cine fantástico.

La obra maestra de Mel Brooks.
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