EL CINE DE LOS AÑOS 80. A LA CAZA (1980)
EL CINE DE LOS AÑOS 80.
A LA CAZA (1980)
REPARTO: AL PACINO, PAUL SORVINO, KAREN ALLEN, RICHARD COX, JOE SPINELL, GENE DAVIS, BARTON HEYMAN, POWERS BOOTHE, JAMES REMAR, JIMMY RAY WEEKS, RANDY JURGENSON, DON SCARDINO, JAY OCOVONE
DIRECTOR: WILLIAM FRIEDKIN
MÚSICA: JACK NITZSCHE, EGBERTO GISMONTI
PRODUCTORA: LORIMAR
DURACIÓN: 98 min.
PAÍS: ESTADOS UNIDOS
Pocas películas de los años ochenta conservan intacta la capacidad de incomodar que posee A la caza (Cruising). Más de cuatro décadas después de su estreno, la obra de William Friedkin sigue provocando debates, interpretaciones enfrentadas y una sensación de inquietud que permanece mucho tiempo después de que aparezcan los créditos finales. No es únicamente un thriller policiaco. Es una inmersión en un territorio turbio donde la identidad, la obsesión y el miedo terminan mezclándose de forma perturbadora.Desde sus primeras escenas, la película arrastra al espectador hacia una Nueva York nocturna, húmeda y amenazante. Las luces de neón apenas consiguen atravesar la oscuridad de una ciudad que parece devorar a quienes se aventuran por sus rincones más escondidos. En ese escenario aparece Al Pacino dando vida a Steve Burns, un joven policía que acepta infiltrarse en una comunidad que desconoce para capturar a un asesino en serie. Lo que comienza como una investigación termina convirtiéndose en una experiencia que altera profundamente su percepción de sí mismo.
Pacino ofrece una de las interpretaciones más extrañas y fascinantes de su carrera. Acostumbrado a personajes explosivos y carismáticos, aquí apuesta por la contención. Su mirada transmite una confusión constante, como si el personaje estuviera perdiendo poco a poco el control de aquello que creía comprender. El actor construye un protagonista que observa más de lo que habla, y precisamente en ese silencio nace buena parte de la tensión de la película.
La dirección de Friedkin resulta magistral a la hora de generar atmósferas. Cada club, cada callejón y cada encuentro parecen envueltos en una sensación de peligro permanente. El cineasta no busca la elegancia visual ni la comodidad narrativa; prefiere sumergir al público en una experiencia incómoda y casi enfermiza. El resultado es una película que se siente más cercana a una pesadilla urbana que a un thriller convencional.
Uno de los aspectos más interesantes de A la caza es su ambigüedad. La película rehúye las respuestas fáciles y deja numerosas preguntas flotando en el aire. Esa decisión provocó críticas en su momento, pero también ha contribuido a que la obra sea objeto de constantes reinterpretaciones y análisis décadas después. Muchos espectadores siguen discutiendo el verdadero significado de su desenlace y las transformaciones psicológicas del protagonista.
Su legado continúa siendo controvertido debido a la representación de determinados ambientes y a las protestas que acompañaron su estreno, pero precisamente esa condición incómoda forma parte de su identidad cinematográfica. Con el paso del tiempo, la película ha sido revisada y reconsiderada por nuevas generaciones que han encontrado en ella mucho más que una simple historia criminal.
Al finalizar, queda la sensación de haber recorrido un laberinto del que no existe una salida clara. A la caza no pretende tranquilizar al espectador ni ofrecer respuestas reconfortantes. Su objetivo es mucho más inquietante: obligarlo a mirar hacia zonas oscuras donde la verdad resulta difusa y donde incluso el héroe puede terminar perdiéndose. Una obra irregular para algunos, fascinante para otros, pero imposible de olvidar para cualquiera que se atreva a entrar en ella.


Cuando la pelicula deja de lado los clubs gays, el film cobra interés, de todas formas, no me acabo de hacer el peso en ningún momento.
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