EL SOMBRERO QUE VENCIO A JOHN FORD.

 EL SOMBRERO QUE VENCIO A JOHN FORD.

Entre las innumerables historias que han alimentado la leyenda de Hollywood, pocas resultan tan divertidas como la que protagonizaron John Ford y James Stewart durante su primera colaboración. Lo curioso es que aquella batalla de voluntades no tuvo nada que ver con el guion, los personajes o la puesta en escena. Todo giró alrededor de un sombrero.

Cuando Stewart fue contratado para protagonizar Dos cabalgan juntos en 1960, sentía una mezcla de orgullo y entusiasmo. A pesar de que ambos eran ya figuras consagradas, nunca había trabajado con Ford. El director era una institución viva del cine estadounidense, mientras que el actor atravesaba uno de los mejores momentos de su carrera. Venía de encadenar grandes éxitos tanto en el western como en el thriller y el drama, y su nombre figuraba entre los más respetados de la industria.

Con semejantes antecedentes, Stewart imaginó que su primer encuentro con Ford estaría lleno de conversaciones sobre el personaje, las motivaciones dramáticas o el enfoque de la película. Décadas después, recordaría aquella expectativa con enorme sentido del humor durante un homenaje dedicado al director. El público que asistió al acto ya intuía por dónde iban los tiros: Ford nunca destacó precisamente por sus largas conversaciones psicológicas con los actores.

La realidad fue muy distinta a lo que Stewart esperaba. Al entrar en el despacho, encontró al cineasta concentrado en la lectura de un guion. Pasaron unos instantes de silencio hasta que Ford levantó la vista y pronunció una única observación. No habló de la película ni del personaje. Lo único que le preocupaba era el sombrero que debía llevar su protagonista.

La cuestión, aparentemente trivial, se convirtió en el único tema de conversación. Ford tenía una idea muy concreta de cómo debía lucir Stewart en pantalla. El actor, sin embargo, tenía otros planes. Desde hacía años utilizaba prácticamente el mismo modelo de sombrero en sus westerns, una prenda que se había convertido casi en una extensión de su propia imagen cinematográfica. Lo había llevado en numerosas películas del género y estaba convencido de que debía seguir haciéndolo.

Lo que siguió fue una negociación tan absurda como entrañable. Stewart intentó convencer al director de todas las maneras posibles. Cuando comprobó que los argumentos razonables no surtían efecto, decidió recurrir a la imaginación. Comenzó a inventar historias sobre el supuesto valor sentimental del sombrero. Aseguró que pertenecía a su familia desde hacía generaciones, que había pasado de padres a hijos y que poseía un significado emocional irreemplazable. Nada de aquello era cierto.

No satisfecho con eso, añadió una explicación todavía más extravagante: confesó ser tan supersticioso que no podría interpretar correctamente su papel sin aquella prenda. La historia era completamente inventada, pero parecía tener más posibilidades de éxito que cualquier razonamiento lógico.

Sorprendentemente, Ford terminó cediendo. Aunque lo hizo a su manera. Con el rostro impasible que tanto le caracterizaba, aceptó el deseo del actor, pero le lanzó una advertencia cargada de ironía. Si alguna vez volvían a trabajar juntos, dijo, Stewart debería incluir en su contrato una cláusula específica que le garantizara el derecho a elegir su sombrero.

La ocurrencia quedó grabada en la memoria del actor. Tanto es así que años después la relató ante un auditorio entregado, arrancando carcajadas continuas. Lo mejor llegó al final de la historia. Stewart explicó que efectivamente volvió a trabajar con Ford y que aquella cláusula apareció en su contrato tal y como el director había sugerido.

Sin embargo, el viejo maestro encontró la forma de salirse con la suya una vez más. La siguiente película que hicieron juntos fue El hombre que mató a Liberty Valance. Y aunque el contrato reconocía expresamente el derecho de Stewart a escoger su sombrero, Ford resolvió el problema de la manera más simple posible: en toda la película no le permitió llevar sombrero alguno.

Era una pequeña victoria para el director y una magnífica anécdota para la historia del cine. Porque a veces las leyendas de Hollywood no nacen de grandes discursos ni de complejas decisiones artísticas, sino de una discusión aparentemente insignificante sobre una prenda de vestir y del ingenio de dos gigantes que entendían perfectamente el valor del humor.



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