EL REMAKE QUE SE ATREVIÓ A MEJORAR UN CLÁSICO DEL WESTERN
En Hollywood existe una regla no escrita que rara vez admite excepciones: cuando una película clásica recibe un remake, lo habitual es que la nueva versión viva permanentemente a la sombra del original. Sin embargo, de vez en cuando surge una obra capaz de desafiar esa norma. Eso fue precisamente lo que ocurrió con El tren de las 3:10, el magnífico western dirigido por James Mangold en 2007.
Resulta curioso que una película protagonizada por dos figuras del calibre de Russell Crowe y Christian Bale pueda encontrarse hoy con relativa facilidad en varias plataformas de streaming. Más llamativo aún es que, pese a reunir semejante reparto y contar con el respaldo de una crítica prácticamente unánime, nunca llegara a convertirse en un gran fenómeno de taquilla. Quizá porque el western ya no ocupaba el lugar privilegiado de otras épocas o porque su propuesta estaba destinada a un público más específico. Sea cual sea la razón, el tiempo ha terminado colocándola donde merece.
La historia tenía un precedente formidable. Medio siglo antes, en 1957, el director Delmer Daves adaptó para la gran pantalla un relato corto de Elmore Leonard y construyó una de las obras más intensas del western clásico. Rodada en un expresivo blanco y negro, la película narraba la odisea de un humilde granjero que acepta escoltar a un peligroso forajido hasta el tren que debe conducirlo a la prisión de Yuma. El viaje apenas duraba unas horas, pero estaba cargado de tensión, amenazas y dilemas morales. Van Heflin y Glenn Ford dieron vida a aquel duelo psicológico que convertía la espera en una auténtica cuenta atrás hacia lo inevitable.
Cuando Lionsgate decidió recuperar la historia cincuenta años después, la elección de James Mangold resultó tan acertada como inesperada. El director ya había demostrado una notable habilidad para desenvolverse en géneros muy distintos gracias a títulos como Inocencia interrumpida, Cop Land o En la cuerda floja. Su mayor virtud era precisamente esa: una eficacia narrativa capaz de sacar el máximo partido a cualquier material.
La nueva versión adopta una mirada más sombría y áspera, propia del western contemporáneo. Los paisajes parecen más hostiles, la violencia resulta más seca y los personajes se alejan de cualquier simplificación moral. Nadie es completamente inocente y nadie está libre de contradicciones. Esa complejidad dramática aporta una profundidad que enriquece notablemente el relato.
Pero si existe un elemento que termina elevando la película por encima de su excelente predecesora es la extraordinaria labor de sus protagonistas. Russell Crowe construye un Ben Wade fascinante, un criminal tan inteligente como imprevisible, capaz de alternar el encanto con la brutalidad más despiadada. Frente a él, Christian Bale ofrece una interpretación conmovedora como Dan Evans, un hombre derrotado por las circunstancias que encuentra en esta misión la última oportunidad para recuperar su dignidad.
La química entre ambos actores es sencillamente extraordinaria. Cada conversación, cada mirada y cada enfrentamiento verbal alimentan una tensión que crece de forma constante hasta desembocar en un desenlace memorable. A ello se suman unas secuencias de acción impecablemente rodadas, una fotografía de gran fuerza visual y un ritmo que apenas concede respiro al espectador.
No es frecuente encontrar un remake que honre de forma tan brillante a la obra original y, al mismo tiempo, logre superarla. El tren de las 3:10 pertenece a ese reducido grupo de excepciones. Una película que recuperó la esencia más noble del western clásico y la reinterpretó para una nueva generación sin perder un ápice de intensidad, emoción ni grandeza cinematográfica.

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