EL CINE DE LOS AÑOS 60.
DULCES ENGAÑOS (1960)
REPARTO: CATHERINE SPAAK, CHRISTIAN MARQUAND, JEAN SOREL, MARILU TOLO, JUANITA FAUST, PATRIZIA BINI, SERENA VERGANO, MILLY
DIRECTOR: ALBERTO LATTUADA
MÚSICA: PIERO PICCIONI
PRODUCTORA: TITANUS
DURACIÓN: 91 min.
PAÍS: ITALIA
Entre las películas más delicadas y, al mismo tiempo, más incómodas del cine italiano de comienzos de los años sesenta se encuentra Dulces engaños (Dolci inganni), una obra dirigida por Alberto Lattuada que observa el tránsito de la adolescencia hacia la edad adulta con una sensibilidad poco común. Lejos de los grandes dramas o de las historias dominadas por acontecimientos extraordinarios, la película encuentra su fuerza en algo mucho más sutil: los cambios invisibles que transforman a una persona cuando descubre que la infancia está llegando a su fin.Lattuada sitúa al espectador junto a Francesca, una joven que atraviesa ese momento incierto en el que los sueños, los deseos y las emociones comienzan a adquirir una intensidad desconocida. La historia no avanza mediante grandes giros argumentales, sino a través de pequeñas experiencias, miradas, silencios y descubrimientos. Esa aparente sencillez es precisamente una de las mayores virtudes de la película.
Desde los primeros minutos se percibe una atmósfera de melancolía luminosa. Roma aparece retratada como un escenario lleno de vida y posibilidades, pero también como un espacio donde la protagonista empieza a comprender que la realidad rara vez coincide con las fantasías que construimos en nuestra imaginación. La ciudad no es solo un decorado; se convierte en una extensión de su estado emocional, un lugar donde cada calle parece conducir hacia una nueva emoción o una nueva decepción.
La dirección de Alberto Lattuada destaca por su extraordinaria capacidad para capturar la fragilidad de esos sentimientos. El cineasta evita cualquier exceso melodramático y apuesta por una observación cercana, casi íntima. La cámara parece acompañar a la protagonista en sus pensamientos más secretos, permitiendo al espectador experimentar la confusión, la curiosidad y la incertidumbre propias de la adolescencia.
Uno de los aspectos más interesantes de Dulces engaños es la honestidad con la que aborda el despertar sentimental y emocional. La película no juzga a su protagonista ni convierte sus inquietudes en algo trivial. Por el contrario, trata sus emociones con respeto, comprendiendo que, para quien las vive por primera vez, pueden resultar tan intensas como cualquier gran tragedia o historia de amor adulta.
Visualmente, la película posee una elegancia que sigue resultando cautivadora. La fotografía en blanco y negro envuelve la narración en una atmósfera de recuerdo, como si todo estuviera siendo contemplado desde la distancia del tiempo. Cada imagen transmite una mezcla de nostalgia y belleza que encaja perfectamente con la naturaleza de la historia.
Vista hoy, más de sesenta años después de su estreno, la película conserva una sorprendente frescura. Aunque pertenece a una época muy distinta, los sentimientos que retrata continúan siendo universales. La inseguridad ante el futuro, la idealización del amor, el deseo de ser comprendido y la pérdida gradual de la inocencia siguen formando parte de la experiencia humana.
Dulces engaños no busca impactar mediante el escándalo ni la provocación. Su poder reside en la delicadeza con la que retrata un momento irrepetible de la vida. Alberto Lattuada construye un relato lleno de sensibilidad que habla sobre el final de una etapa y el comienzo de otra. Cuando la película concluye, permanece la sensación de haber acompañado a alguien durante uno de los viajes más importantes de la existencia: aquel en el que los sueños infantiles empiezan a enfrentarse, por primera vez, con las complejidades del mundo real.


Lenta y por momentos tediosa pelicula en su obertura que retrata la edad del pavo, los amores pasajeros, pero también es una crónica de la decadencia de la aristocracia italiana. Buenas interpretaciones.
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